El Confital, una sinfonía de silencios

El Confital situado en La Isleta abre su extensa bahía como un pañuelo lleno de misterio. Su paisaje agreste y salvaje, salvo algunas huellas de arqueología urbana, se mantiene aún casi intacto a la vorágine urbanística. El nombre del Confital tiene su origen en ciertas algas calcáreas, que se amontonan y forman bolitas sueltas denominadas “confites” en el país

Aún cuando algunos se empeñan en un “domingueo” intenso con coches y asaderos, hay días que este rincón amanece con un aire de olvido y paraíso aún por descubrir. En esta época, cuando nos adentramos en la bahía, a través del camino de tierra, vemos cómo su montaña se cubre de un verdín esmeralda. Entonces toda la zona se vuelve una especie de tentación inalcanzable para el caminante. Así si sacudimos un poco el polvo de la rutina, el Confital es un mundo lleno de sensaciones dispuestas al alcance del visitante curioso.

Ruta

Lo recomendable es hacer una ruta a pie y tomárselo como una excursión playera. Por tanto hay que aprovisionarse con bañador, gafas y tubo, una mochila, agua, bocadillo, zapato cómodo, gorra y bolsa para llevarse la basura (Sólo hay un par de contenedores en la playa). Entrando desde la isleta la carretera es polvorienta con algún atajo que va bordeando las rocas. Hay que caminar atentos a los coches e irregularidades del terreno para no tropezar. Valga la recomendación para todo el resto de la ruta.

Con marea alta las olas más famosas de este lado del Atlántico tejen tubos perfectos y espumosos. Esta ola larga hace las delicias de amantes y campeones de surf de todo el mundo. Desde lo alto de la carretera distinguimos en la orilla una ancha franja de “rascas”marinas, arenisca calcárea peinada por la erosión y varias pozas. Al entrar en la playa a la izquierda encontramos una poza transparente y rocosa. Ideal para el baño. El pequeño brazo de mar que se adentra y permite nadar. Con el mar en calma, costear un poco con gafas y tubo. Si decidimos seguir por el camino, es casi imposible evitar la tentación de subir la montaña del Confital. Esta junto con Lomas Coloradas Montaña Colorada y un pequeño domo situado a su pie forman el conjunto de conos y volcánicos de la Isleta. A la derecha hay una construcción extraña que alude a un pasado de extracción de áridos y canteras situadas en las faldas de estos volcanes. Esperemos que estas huellas sólo queden como un mal recuerdo en el paisaje, que de seguir con las extracciones se hubiera arrasado uno de los más bellos paisajes de la costa. El Confital es uno de los pocos parques naturales que le quedan a la ciudad y así debería tratarse. Entre otras razones porque su riqueza alberga un secreto para los científicos y expertos vulcanólogos: ¿cómo nace y crece una isla volcánica?.

Hay un sendero que lleva hasta la cumbre donde hay una Cruz y un conjunto de cuevas, que hablan de un pasado aborigen. Son menos de cuatrocientos metros en pendiente suave, donde se va revelando la belleza de toda la bahía y a los lejos la playa de Las Canteras. A la izquierda la Piedra de la Tortuga en todo su esplendor; más allá las calas del paseo isletero, y Las Canteras con su barra también de “confites”. Si la marea está “echá” una nadadita hasta las cuevas de la derecha. Un conjunto de pequeñas cuevas que tienen forma de molares blanquecinos también es otra tentación. Cerramos los ojos y escuchamos el viento y el silencio. Los mismos elementos que han moldeado el lugar durante siglos. Volvemos al camino y decidimos adentrarnos en la costa norte. Nos encontramos que todo el paraje se ha hecho más agreste. A la izquierda podemos ver las antiguas ruinas de una fortificación militar. Y en zonas aledañas hay también restos de una salina que requiere una rehabilitación. El mar se hace más salvaje el Zoco, es un vértice en que se juntan fuertes corrientes que han hecho naufragar más de una embarcación. En la costa hay dos o tres pozas que según la marea son aptas para el baño. Después se ven a la derecha unas casas semi-abandonadas que tienen unos antiguos almacenes de pesca. Tienen un aspecto casi fantasmagórico que en los días nublados sugieren todo tipo de historias. En una época estuvieron habitadas y alguien asegura que todavía lo están. Al fondo la alambrada separando el risco con una alambrada oxidada de la zona militar en la que se prohíbe el paso. Sin embargo, la alambrada tiene un agujero y algunos aventurados suelen cruzar para novelear el terreno. Las formaciones rocosas llaman son espectaculares porque son como prismas, alargadas con el borde hexagonal. Parecidos a los órganos de La Gomera o los prismas de la Calzada de los Gigantes en Irlanda. Si el tiempo y las ganas lo permiten se puede escalar el risco y subir al barrio de Las Coloradas. La hilera de casas de colores desafía un horizonte imponente. Una vez en lo alto, echamos un último vistazo al horizonte encrespado. Y podemos empezar a bajar callejeando la Isleta con la mirada saturada de parajes indómitos. Tan cerca de nuestros sentidos que a veces olvidamos su sinfonía de silencios.

Montse Fillol

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