Entrevista a Elvireta Escobio:“Lo que es innegable es que el paisaje en el que creces, marca”

Foto portada: Manolo Millares, Elvireta Escobio, una joven sin identificar, Martín Chirino y Manuel Padorno

La obra de Millares contribuyó al nacimiento del grupo «El Paso» y hoy está considerado como uno de los artistas más destacados en el panorama creativo español de los últimos cincuenta años. Su informalismo singular sólo necesitó tres colores: el blanco, el negro y el rojo. Para Millares, el objeto de arte no se correspondía con una estética amable y decorativa, por tanto, se alejó de esa belleza formal que tan bien encajaba entre el color de los sillones y las cortinas de salón. Millares detestaba la banalidad, huyó del arte color de rosa, sus grafismos y dibujos a tinta china penetraron desesperadamente el espacio blanco buscando en el ser humano una profundidad y un abismamiento sin rescate. A nuestros ojos, sus preguntas, hoy igual que ayer, siguen esperando una respuesta apoyadas sobre un muro…

El arte de Millares goza de un reconocimiento internacional, sus exposiciones no se detienen, surcan todos los mares del mundo, viajan por Oriente y Occidente, en programas culturales de difusión de España a través de sus artistas plásticos contemporáneos. La obra de Millares se nutre del hombre mismo, tal cual es, y, llegada la hora, plasma su angustia y su rabia en la arpillera o en el papel con la firma de su creación. Cuando el acto creativo coge al artista por sorpresa, le toca con su dedo, es inútil resistirse. Millares utiliza lo que tiene y despierta al observador dormido con un grito de arenas, piedras, maderas, sacos, zapatos, cemento y látex. Convulsiones. Contracciones. Abre en canal al individuo. Lo disecciona en muerte y nacimiento. Y, como los niños de antaño, que inventaban sus juegos con los restos que encontraban en la playa, Millares encuentra las materias expresivas más inéditas por medio del arte. Así, intenta dar sentido al absurdo del naufragio humano, pero no es fácil. No es fácil convertir las mortajas en lienzos. Lienzos que caminan envueltos en una humilde arpillera como Lázaro hacia la luz. Un blanco final de luz.

Hoy pedimos a Elvireta Escobio, compañera y eco de la voz del artista Manolo Millares, que nos hable de los recuerdos de su infancia en Las Canteras. Nadie como ella podría hablarnos mejor del hombre y del niño que se escondía en el artista. Ellos conocieron juntos la magia del mar en su infancia y juventud, y este Atlántico sonoro y bravío, imposible de olvidar, se oye con fuerza en toda su obra. Sorprende la voz de Elvireta, tan joven, tan optimista y, a la vez, tan razonable… Hay en su timbre de voz un ritmo de cascabeles, hay alegría de olas, hay un canto que te lleva. Y, sin embargo, no hay duda de que en su vida habrá sufrido como cualquier ser humano sensible. ¿No será parte de ese carácter costero que tiene? ¿No será que la vida se asume mejor cuando se lleva el mar dentro?

Elvireta Escobio:

“Yo nací en la playa de Las Canteras. También Manolo nació allí, frente a esa barra que puedes sentir como una protección o como limitación de un horizonte. Un horizonte que, sin embargo, siempre fue para Manolo y para mí, no sólo una limitación de espacio, sino la llamada urgente a la escapada, el reto y la necesidad de otro mundo que existía más allá.

Lo que es innegable es que el paisaje en el que creces, marca. Yo tengo un poema que comienza diciendo: “Si tú hubieras amado las playas solitarias y el horizonte, habría navegado tus mismas coordenadas…”.

Hay sin duda universos y vivencias que misteriosamente te unen a otras personas, y quizás esas razones grabadas en la memoria profunda no las descubras nunca, o a lo mejor sí, y un día te dices: ¡Ah, era eso!

Cuando Manolo y yo nos casamos, tuvimos nuestra primera casa en la calle Galileo, y nuestra playa, consecuentemente, era la de la “Peña de la Vieja”, donde por otro lado Manolo había vivido una parte de su niñez, junto al “Muro Marrero”. Allí nos reuníamos cada mañana de verano con ese grupo de amigos que también vivían en las inmediaciones: Manolo Padorno, Tony y José Luis Gallardo, José María Benítez, Mela y su hermana Lolina, Héctor López, Martín Chirino…

Muchos han desaparecido ya, muy poco a poco, silenciosamente: “Cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando”, que diría nuestro gran Jorge Manrique.

Y me han dejado la playa mucho más vacía. Pero su recuerdo me sacude siempre cuando en mis largos paseos mañaneros paso por ese lugar de la playa. Y hasta hace muy poco tiempo, al pasar bajo las ventanas de la casa de Manolo Padorno, yo le buscaba tras los cristales y, cuando aún le encontraba allí, él me saludaba con la mano y una gran complicidad en la sonrisa.

Hubo otro tiempo en que en un extremo de la playa, en La Puntilla, pegando a La Isleta, se levantaba la fábrica de conservas de pescado de mi familia, fundada por mi abuelo en los primeros años del siglo pasado. Y es por eso que esa parte de la playa se llamó durante mucho tiempo la “Punta Escobio”. Ahora es un complejo turístico con restaurantes y música a todas horas. Pero aún hay gente que recuerda y me cuenta cómo los domingos por la mañana había alguien de la fábrica que sacaba a la plazoleta unos cajones vacíos y una rueda de atún en aceite, que disfrutaban los vecinos mientras jugaban a las cartas.

Más tarde, en los años cincuenta, Manolo Padorno trabajó por un tiempo en las oficinas… y luego todo eso pasó.

Ahora, cuando me escapo a Las Palmas desde este Madrid, ahora mi casa, una de las razones quizás sigue siendo la fascinación que esa playa ejerce en mí. Como una fuerza antigua, poderosa y constante, que me envuelve y me empuja siempre hacia delante, como si el tiempo allí no pasara nunca”.

Muchísimas gracias, Elvireta, por compartir con nosotros tus vivencias junto al mar. Este Mar de Las Canteras, este Mar de Manolo Millares, un canario universal del que todos nos sentimos muy orgullosos. Hasta siempre.

Teresa Iturriaga Osa

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