“En el mar no hay pasado, presente o futuro, sólo paz”. Jacques Cousteau

Sábado: aumentará la intensidad de la calima

EL Origen de los Arenales por Carlos Platero Fernández

1ºParte.

2ºParte

El curioso escritor canario y cronista local Isidoro Romero y Ceballos, que escribía por el año de 1775, facilitó diversas noticias y descripciones del paisaje del contorno de lo que luego iba a ser la Ciudad Alta, de Escaleritas, de esta guisa:

“El camino que hay desde aquí (La Isleta) a la ciudad es llano pero por medio de penosos arenales blancos, muy movedizos y llenos de montañas formadas de la misma arena, bien que ésta es como una faja que atraviesa a lo largo de la orilla del mar y a lo ancho como un tiro de mosquete y como casi desde el mismo puerto a una cadena de cerros que llegan hasta la ciudad cerca del mar; las faldas de éstos antes de unirse a las arenas ofrecen un espacio de tierra sin mezcla de arena, que por regarse con varias acequias y tener algunos árboles y casas de campo hacen muy divertido el camino. Los mencionados cerros son muy mal vistos, quebrados y llenos de tabaibas y piedras que suelen hacer mucho daño rodando a la llanura cuando hay aluviones”. … “Los arenales llegan hasta los mismos muros de la ciudad y muchas veces los han forzado, entrándose dentro no poca porción”.

Los arenales de Santa Catalina, ciertamente, llegaron a cubrir toda la zona comprendida entre la playa de Las Canteras, el istmo de unión de Las Isletas a tierra firme y la vega de Guanarteme hasta las lomas de los cerros del oeste y gran parte del páramo de Las Alcaravaneras, reduciendo el terreno ocupado por huertas y fincas de regadío y labradío y que se extendían entre las cercanas montañetas y el litoral del norte de la ciudad; llegando todo el conjunto a conformar un paisaje en cierto modo insólito e inhóspito que semejaba pequeño trozo de desierto africano, con dunas blanquecinas, cambiantes y movedizas al compás del viento. Aún a principios del presente siglo dichas dunas ocupaban una extensión de ocho kilómetros cuadrados.

Aquellos arenales, o “jable” en el lenguaje popular, persistentes hasta bien entrado el siglo XX en que al fin desaparecieron de forma definitiva al irse expandiendo las nuevas urbanizaciones que motivaban las crecientes actividades del ya en pleno funcionamiento recién creado Puerto de Refugio de La Luz, no siempre estuvieran allí.

En las más primitivas crónicas y descripciones que han informado acerca de la Gran Canaria apenas se menciona al trozo de paisaje, luego conocido comúnmente como de Los Arenales. Ni tampoco se suelen encontrar referencias al mismo en los tratados históricos, geográficos y descriptivos compuestos por los primeros historiadores canarios. Tan solo el padre José de Sosa dejó dicho que cuando Juan Rejón y sus huestes llegaron a Las Isletas en 1478, decidieran seguir la costa hacia el sur, porque no les pareció aquel sitio del primer desembarco a propósito para acampar. Y por observar la falta de agua y ofrecerse tan solo a su vista inmediata un terreno áspero y arenoso en donde poder enclavar su real. Pero el escritor grancanario escribía en el siglo XVII, cuando el paisaje ya había sufrido transformaciones.

Alguna que otra mención o referencia similares inciden en señalar la zona como de suelo pedregoso, arenoso y barrido por el viento; recubierto tan solo de alguna escasa vegetación de tipo desértico y tan escabroso de recorrer aún en el siglo XIX, invadida la parte norte completamente por los arenales y la restante hasta la ciudad ocupada por alguna finca de labranza que regaban las aguas intermitentes de los cercanos barranquillos, que se llegó a escribir que, “… Bordeando dichas fincas serpeaba una vereda, que era el camino viejo del Puerto, si bien los viajeros preferían la playa en las horas de la baja mar.”

Las abundantes arenas no procedían del desierto africano fronterizo a las islas por el este como popularmente se vino creyendo de generación en generación, sino de unas bajas marinas de más allá del norte de Las Isletas, erosionadas de forma continua por corrientes submarinas, según los geólogos. Así como de la misma ancha plataforma plutónica costera que, en las mareas bajas y a impulso de los vientos reinantes, permite la suspensión y el arrastre de las minúsculas partículas de arenisca caliza formadas de algas calcáreas y pólipos madrepóricos según los estudiosos y que antiguamente debieron de deslizarse libremente sobre el brazo de tierra o istmo de La Isleta; que, por otra parte, hasta finales del siglo XIX y tal como nos lo muestran las viejas fotografías, era cubierto del todo por las aguas en las mareas altas y fechas de vendaval, suponiéndose que ya sucedía desde los arcaicos tiempos de la formación geológica de la isla y tras los procesos previos de su configuración actual. Al tener libre circulación en su recorrido, aquellas abundantes arenas salían de nuevo al mar por la caleta de Santa Catalina y Las Alcaravaneras sin llegar a acumularse de manera ostensible sobre el terreno más bien calcáreo y de tierras de aluvión a las que sobrevolaban.

Sin embargo, la fisonomía del paisaje y hasta su morfología se vieron alteradas, según los estudios pertinentes lo han demostrado, como consecuencia de que a raíz de la conquista de la isla y su colonización con nuevos y numerosos asentamientos humanos, se comenzó a extraer gran cantidad de piedra arenisca en la zona costera del suroeste de Las Isletas, junto al puerto natural conocido como de El Arrecife y la prolongada barra pétrea allí formada, para la construcción de algunas de las edificaciones más señoriales que se levantaron dentro y alrededor del campamento o real creado por Juan Rejón en 1478 a las márgenes del barranco y riachuelo Guiniguada. Y, sobre todo para emplear los bloques extraídos como sillares en los basamentos, pilares y columnatas de la comenzada Catedral, así como en las fachadas, portadas, dinteles, etc., de las más nobles y antiguas mansiones de Vegueta, la Vegueta de Hernán de Porras. Aquellos trozos de roca singulares, de composición sedimentaria blanquecina, en tanto se conservaban húmedos resultaban de fácil labra debido a su especial estructura arenisca, que luego, una vez secos se endurecían y eran más fáciles de esculpir por los canteros. Historiadores y cronistas hay que insisten en que hubo allí una cantera, la que al final impuso el topónimo, famosa asimismo por suministrar el más adecuado material para confeccionar las pilas canarias destinadas a la destilación de las aguas para el consumo refrescante doméstico.

(1ª parte del capítulo V de la obra “ESCALERITAS” de Carlos Platero Fernández, inédita)

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