“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

2º Fragmento del capítulo Bahía del Confital por Olivia M. Stone

Introducción del libro “Tenerife y sus seis satélites” 📷

“Dado que el istmo es el único lugar adonde se puede ir en busca de aire fresco alejándose de la, al menos para mí, deprimente Las Palmas, normalmente pasamos allí varias horas. Aunque, a primera vista, el istmo de Guanarteme no parece interesante, si se le presta un poco de atención se descubrirá todo lo contrario. Un poco más allá del cuarto kilómetro hay un largo puente de piedra sobre una depresión en la arena, y el mar pasa bajo él cuando hay marea alta. Cerca de este puente han colocado los postes de telégrafo para conectar el cable de Santa Cruz con la ciudad. Hay una caseta metálica, para el tramo del cable que va en tierra, cerca de la playa de la bahía de El Confital, es decir, en la zona oeste del istmo.

Cogemos un “coche” y llegamos hasta los postes del telégrafo donde, tras apeamos, cruzamos las dunas de arena hasta la caseta del telégrafo. Caminamos muy relajados, cogiendo conchas y observando la vegetación. A primera vista, en esta zona de dunas no parece haber otra cosa que arena y unos cuantos arbustos achaparrados de tarajal. Sin embargo, al ver que las cabras están pastando, sabemos que debe haber algo verde. Una investigación más cuidadosa revela que, a intervalos, hay pequeñas plantas de dos o tres pulgadas de altura. Crecen de forma tan irregular y dispersa que la impresión general de la superficie es de arena amarilla y no de hierba verde. Las zonas blancas que nos vamos encontrando en determinados lugares, según avanzamos, revelan la existencia de una gran cantidad de conchas, aunque sólo de cuatro o cinco variedades diferentes.

Alzando la vista de la arena al cielo, cuando empezamos a descender por la pendiente hacia el mar, vemos el Teide, aunque sólo la punta del pico. Por debajo, se encuentra su escolta de nubes, esa franja continua, prácticamente inmóvil, que lo rodea perpetuamente. Más tarde, extendieron su poder más abajo, envolviendo la isla totalmente y dejando al cono flotando sobre un mar de blancas olas. El efecto visual que se produce, al quedar toda la tierra baja invisible, es el de elevar el propio pico hasta una altura casi imposible. En ese momento contemplamos totalmente anonadados esta maravilla del mundo, la calma invade nuestro espíritu y el pensamiento nos transporta hacia el cielo. No cabe duda de que las alturas geográficas producen sobre la mente un efecto trascendente.

Desde luego, estimulan la imaginación. Los habitantes de regiones montañosas tienden a ser más imaginativos y poéticos, son más pertinaces a la hora de conservar sus cuentos y supersticiones, y poseen una visión menos prosaica de éstos que los habitantes de las tierras bajas. Al llegar a la caseta, invadimos la soledad del Sr. Béchervaise y, tras aceptar la única silla que hay en aquel lugar, o más bien la única que cabe, me senté fuera para admirar el paisaje.

La vista desde la bahía de El Confital, sentados, sobre la arena, animados, refrescados y fortalecidos por la brisa, era de una serena belleza, con las montañas del interior nevadas a nuestra izquierda y, a la derecha, los picos de La Isleta, con casas blancas alrededor de las bases. El mar azul se extiende ante nosotros, delimitado al sur por una costa abrupta que termina en el Pico de Gáldar, y al fondo, como si fuera su reflejo en el aire, tal es su parecido, se encuentra el cono del Teide. A nuestros pies vemos la brillante playa amarilla, las rocas y los charcos y, mas allá, los barcos anclados que se mecen suavemente sobre la superficie atlántica “

Fragmento del libro “Tenerife y sus seis satélites”

Olivia M. Stone 1885

1ª parte

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