“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Sentir la arena.

Aún no hemos terminado de bajar la escalera, cuando el niño de tres años que se aferra a mi mano me apremia para que le quite los zapatos. Quiere pisar la arena. Al descalzarlo, emula el gesto de tocar el agua con un dedo de su pie, para comprobar la temperatura de la arena. “Quema”, me informa. “Pues corre…”. Antes de terminar la frase, su silueta se dibuja a contraluz mientras se dirige, a saltitos, a la orilla de la playa. Sobre la arena mojada, los pies aliviados corren tras sus huellas, hasta que una ola arisca se le cuela bajo la planta y borra la imagen, como una goma; mientras la arrastra hacia el fondo, el niño le reprocha con la mirada haber puesto fin al juego.

Bajo la sombrilla, dedica parte de la tarde a arañar la arena con un coche, levantando a su paso largas o sinuosas carreteras que las olas, felizmente, harán desaparecer. Una mala maniobra le hace perder el control, y su vehículo se accidenta en un hoyo inesperado. Para salir de él, me propone construir un túnel, y colabora en la ardua tarea de apuntalarlo lanzado con el cubo el agua que no ha quedado en el camino. Finalmente, el coche asoma unos instantes en el otro extremo de la oscuridad, antes del desplome. “No importa, hacemos otro”, sugiere comprensivo, pero lo cierto es que la complejidad de la obra le ha hecho perder el interés.

Tras el baño ha descubierto una pendiente, y ya son varias las veces que se ha lanzado al vacío desde lo alto de su cima. Acompaña cada caída con un incansable “mamá-mira” que martillea el aire. No se inmuta siquiera cuando la arena le llega al cuello, y sólo cuando algunos granos agresivos le saltan a los ojos da por concluido el descenso. La tarde declina, y las olas han retrocedidos varios metros. La charca ha quedado inmóvil. Ante ella, el niño juega a lanzar bolas de arena a los peces, antes de sumergirse tras ellos. En el último baño la arena se desprende de su cuerpo, excepto la de los pies, que lo acompañará hasta el final del camino. El niño y la arena se despiden, hasta mañana, en las escaleras.

Marta Cantero

Las Palmas de Gran Canaria, a 15 de abril de 2004

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