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Las colonias escolares de la República: cuando la playa de Las Canteras fue una escuela al aire libre

En el verano de 1932, la playa de Las Canteras dejó de ser únicamente un espacio de baño y ocio para convertirse en un escenario pedagógico. Bajo el impulso del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, en un contexto de profunda transformación educativa durante la Segunda República, un centenar de niños y niñas procedentes de los pueblos del interior de la isla fueron trasladados hasta la costa para participar en una experiencia singular: una colonia escolar concebida como una "escuela fuera de la escuela".
Almuerzo en el Parque de San Telmo de las Colonias Escolares antes de partir hacia la playa de Las Canteras y Moya. El presidente del Consejo Local de Primera Enseñanza, don Cristóbal González Cabrera, entusiasta organizador de las colonias, en unión del señor alcalde y los concejales. Diario de Las Palmas, agosto de 1932.

En 1932, en el marco de las políticas educativas impulsadas por la Segunda República, las autoridades decidieron introducir una innovación significativa en el funcionamiento de las colonias escolares que, hasta entonces, se venían celebrando principalmente en pueblos del interior de Gran Canaria. Por primera vez, se incorporó como destino veraniego «la magnífica playa de Las Canteras», un espacio natural que encajaba plenamente con los ideales higienistas y pedagógicos de la época, que defendían el contacto directo con el mar, el sol y el aire libre como elementos esenciales para la formación física y moral de la infancia.

Contexto histórico 

La iniciativa no surgía de la improvisación ni del entusiasmo aislado de un municipio. Formaba parte de un movimiento internacional que, desde finales del siglo XIX, había redefinido la relación entre educación, salud y naturaleza. Su punto de partida suele situarse en 1876, cuando el pastor suizo Walter Bion organizó en Zúrich una experiencia pionera: trasladó durante varias semanas a niños de familias humildes a zonas de montaña, donde recibieron alimentación adecuada, aire puro y cuidados básicos. Aquella experiencia, inicialmente asistencial, pronto se convirtió en un modelo pedagógico de alcance europeo.

En España, la primera experiencia se vincula precisamente a Cossío, que en 1887 organizó una colonia en San Vicente de la Barquera con niños de escuelas públicas madrileñas. A partir de ahí, el modelo se expandió de forma irregular, dependiendo en gran medida de la iniciativa privada, sociedades filantrópicas y apoyos locales. No sería hasta el primer tercio del siglo XX cuando el Estado comenzó a asumir un papel más activo en su financiación y organización.

En Canarias, este proceso llega con cierto retraso, pero con una intensidad notable en los años de la Segunda República. Las condiciones educativas del archipiélago eran entonces precarias: altos índices de absentismo escolar, escasez de infraestructuras y amplios sectores de la población infantil sin acceso regular a la escuela. En este contexto, las colonias escolares se convirtieron en una respuesta doble: pedagógica e higiénica.

Diario de Las Palmas


Playa de Las Canteras

La ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, gobernada en ese momento por un ayuntamiento de mayoría republicano-socialista, impulsó en 1932 dos experiencias paralelas: una en el municipio de Moya y otra en la playa de Las Canteras. El proyecto fue promovido por el concejal socialista Cristóbal González Cabrera, presidente del Consejo Local de Primera Enseñanza, que convirtió la iniciativa en una auténtica prioridad social y educativa.

Las jornadas comenzaban con el izado de la bandera en la arena de la playa, acompañado del himno de Riego, símbolo de la República. Este ritual cotidiano no era accesorio: formaba parte de una educación cívica que buscaba construir ciudadanía desde la infancia. La disciplina se combinaba con el juego, la convivencia y el contacto directo con el mar.

Para muchos de aquellos niños, procedentes de zonas rurales del interior de Gran Canaria, el encuentro con el océano fue una experiencia irrepetible. El primer baño en el Atlántico quedó grabado como un acontecimiento vital. «No se nos olvidará nunca la impresión del primer baño», recogían los informes, dejando constancia de la dimensión emocional de la experiencia.

«La falta de tres mil pesetas para organizar la colonia de Las Canteras movilizó al Diario de Las Palmas, que pronto organizó una suscripción popular. Las donaciones eran de dos tipos principalmente: dinero y mercancía. El 5 de agosto de 1932 se habían recaudado 1.895 pesetas, y entre la mercancía conseguida había arroz, garbanzos, judías, lentejas, plátanos, latas de petróleo, etc.»

Las Canteras funcionaba así como un espacio de aprendizaje total. El día se organizaba en torno a rutinas estrictas: higiene, alimentación, ejercicios físicos, lecturas, juegos, paseos y actividades culturales. El mar no era solo un escenario, sino un recurso pedagógico: servía para educar el cuerpo, estimular la curiosidad y reforzar hábitos de salud.

En el caso de la colonia de la playa de Las Canteras, el número total de niños fue de 120. Los establecimientos que los acogieron eran tres locales escuelas de la zona, que les daban los servicios de dormitorios, cocina, comedor y servicios de higiene personal para ambos sexos.

La colonia formaba parte, en realidad, de una tradición más amplia de «escuelas en la naturaleza» impulsadas por la pedagogía moderna europea. En Canarias, esta experiencia adquiría además un valor simbólico particular: por primera vez, la costa se convertía en aula, y la infancia más desfavorecida accedía a un entorno natural hasta entonces ajeno a su vida cotidiana.

El proyecto, sin embargo, tuvo una duración breve. Como tantas otras iniciativas de renovación social y educativa del periodo republicano, quedó truncado por el golpe de Estado de 1936 y el posterior estallido de la Guerra Civil. Aun así, las colonias escolares de Las Canteras permanecen como un testimonio excepcional de un momento en que educación, salud y utopía social se encontraron sobre la arena de una playa.

Existe un estudio específico sobre las colonias escolares en Gran Canaria entre 1922 y 1936 realizado por Antonio S. Almeida Aguiar, que recopiló abundante documentación, fotografías y textos sobre estas experiencias educativas.

Las memorias de las colonias escolares correspondientes a los veranos de 1932 y 1933 constituyen un valioso testimonio histórico no solo de la organización de estas experiencias educativas, sino también del contexto social en el que se desarrollaban. En dichos documentos se detalla con precisión el nombre de los ciudadanos, asociaciones y entidades que contribuyeron económicamente a sufragar los gastos del proyecto, lo que evidencia el carácter colectivo y solidario de la iniciativa. Asimismo, se registraban datos antropométricos de los participantes -como el peso y la talla de los niños y niñas- tanto a su llegada como a su regreso, con el objetivo de medir de forma empírica los efectos de la estancia en el campamento.

Fuentes: publicaciones de Antonio S. Almeida Aguiar y otras

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