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La playa de Las Canteras en 1936: una mirada al pasado a través de la prensa

Las Canteras y el istmo en 1935
Reseñas periodísticas en el año 1936 sobre la playa de Las Canteras en la prensa local.

30/06/1936. La playa de Las Canteras y su vigilancia (Diario de Las Palmas)

Queremos dejar constancia de la satisfacción con la que el público que acude a esta hermosa playa durante la presente temporada acoge el excelente servicio de vigilancia que presta en ella la Guardia Municipal.

Con frecuencia puede observarse que, en las horas de mayor concurrencia, el propio jefe de la guardia recorre la playa comprobando el correcto funcionamiento de los servicios y corrigiendo aquellas faltas que pudieran escapar a la atención de los agentes.

Es justo felicitar al Ayuntamiento de nuestra capital por la atención prestada a la playa de Las Canteras, que tan merecida es, y expresar el deseo de que se continúe trabajando en la misma línea, en beneficio del buen nombre de la ciudad y del progreso de la cultura ciudadana.

09/04/1936. La practica del desnudismo  (La Provincia)

En la tarde del martes, los vecinos Antonio Ramírez Carmona y Antolín Martín, de 24 y 21 años de edad, respectivamente, acordaron practicar el nudismo al aire libre y, para ello, escogieron la siempre abandonada playa de Las Canteras.

Aprovechando la ocasión en que en la playa se hallaban reunidas varias personas, entre ellas algunas señoras, los individuos, ni cortos ni perezosos, se desvistieron y, como tal vinieron al mundo, se lanzaron al agua. Las personas que presenciaron el hecho requirieron la presencia de un guardia municipal que, por cierto, se hallaba muy lejos de la playa, procediendo a la detención de los “desnudistas”.

Rogamos al señor Alcalde que se preste a un poco más de vigilancia en la playa de Las Canteras, con objeto de evitar que se repitan estos casos.

02/04/1936. Las casetas (La Provincia)

En un periódico local, cierto articulista se enfada porque las casetas, las antiestéticas y armatósticas casetas de la playa de Las Canteras, han sido condenadas a desaparecer.

La medida, según el articulista, nos envolverá “en el narcótico de la moda y la voluptuosidad mundana”. Pero yo, lectores míos, no estoy muy convencido de que, al día siguiente de desaparecer las casetas, los ciudadanos nos convirtamos en elegantes epicúreos o experimentemos los placeres del ardor más voluptuoso. No creo, os lo juro, que las feísimas casetas de Las Canteras despierten entusiasmo admirativo hasta tal punto que su contemplación provoque en nosotros un santo sentimiento de ascetismo y virtud; ni mucho menos creo en el poder taumatúrgico de las casetas, capaces de detenernos, por su sola presencia, en el camino de la moda y de la voluptuosidad.

Pero os suplico, lectores míos, que continuéis prestando atención al artículo que comento.

“¡Cuatro centurias —exclama el autor—, cuatro centurias, para venir a parar en el más descarado menosprecio de los dogmas fundamentales de la moral cristiana!”

Desde luego, los consabidos armatostes están en la playa, no sé si hace exactamente cuatro centurias, porque yo no soy Matusalén; pero sí sé que hace larguísimos años que andan por allí, cumpliendo a conciencia su misión de afear el panorama.

Ahora bien: lo que ya no puede admitirse es que la desaparición de las casetas signifique “un descarado menosprecio de los dogmas fundamentales de la moral cristiana”. Yo estoy seguro de que la moral cristiana no tiene nada que ver con las susodichas casetas. No he visto en ningún libro que las casetas de Las Canteras sean las columnas básicas de la moral cristiana.

Pero, por si lo fueran, conviene advertir a la Junta de Turismo. Es evidente que la Junta, cuando se dedique a arrancar de su sitio a las casetas, tendrá una impía misión: por cada tablón que desprenda, desprenderá, ¡ay!, un principio de moral cristiana…

¡Cuidado! La moral, sin duda, está en las casetas. Pero debe haberse quedado dentro, porque la verdad es que no es precisamente para cosas morales para lo que las casetas están sirviendo hoy en día… Y lo mejor es terminar con las inmoralidades. Si para ello se precisa el sacrificio de doña Caseta Moral, creo que el espíritu abnegado de esta señora se avendrá a la dolorosa prueba del exterminio.

Por lo demás, la moral admite muchas interpretaciones. Yo tenía una parienta, vieja señora de un gran espíritu moral. Y su preocupación por la moralidad era tanta, que cuando entraba en el cuarto de baño, tapaba con una toalla la jaula del canario para que no la viera meterse en el agua…

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