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1 comentario
Rafael Hernández Tristán
3 de mayo de 2026Soy profesor universitario, un canario largos años trasterrado de su patria chica, que intenta mantener intactos los lazos afectivos con sus raíces, quizás por ello he desarrollado una sensibilidad especial ante estas amenazas sobre el patrimonio cultural de nuestra tierra. Creo firmemente que los edificios singulares son parte insustituible del alma de una ciudad, que su destrucción arrebata a sus habitantes páginas irremplazables de la historia y la cultura que les pertenece, y por tanto limita su memoria y empobrece sus vidas. ¡Cuántas hermosas construcciones han desaparecido de Las Canteras, sacrificadas en aras de la especulación inmobiliaria! Esos bellos edificios derribados por la codicia humana son heridas que nunca deberían cicatrizar en nuestra memoria colectiva, un dolor necesario para mantenernos alerta frente a la perpetración de nuevos desmanes. Este sentimiento de agravio me lleva a sugerir que, si para algunos sectores inmobiliarios, la fiebre del derribo es inevitable ¿por qué no la emplean en echar abajo los numerosos adefesios que rompen la armonía visual y estética de Las Canteras? Debemos evitar que manos inescrupulosas se posen de nuevo sobre los escasos edificios singulares del maltratado Paseo de nuestra hermosa playa! Defendamos los edificios del Frente Ecléctico, esos valiosos testigos de la historia, que a duras penas han logrado sobrevivir a largos años de barbarie especulativa, o tendremos que dar la razón al poeta Alonso Quesada: «Una enorme bandada de cigarras con zapatos de becerro se extiende sobre la ciudad».