“Surfear es bailar con las olas”. Gerry López

El juego del clavo resiste en la Peña la Vieja

El juego del clavo fue parte de nuestros veranos adolescentes. Para los cincuentañeros de ahora y algunos de generaciones anteriores, las tardes de verano en Las Canteras estaban ligadas a la baraja, al perrito de los daneses, los primeros amores y seguramente también al juego del clavo.

¿Te acuerdas de los ingleses? ¿Y de los cuernos?; ¿del remendero, el zapatero o aquello de si cabe o no cabe?

Son mañas y expresiones de un juego hoy desaparecido que recupera cada víspera de San Juan un grupo de mujeres por iniciativa de la desaparecida Asociación de Vecinos Peña la Vieja, de la playa de Las Canteras.

Desde finales de los años 90, todos los 23 de junio antes de que comience el trajín de la noche de San Juan, unas 16 mujeres se reúnen para jugar al clavo por parejas.

Entre ellas están Rosa Delia Betancor, de 61 años, Alicia Vallecillo, de 56, y su hija, María Rodríguez, de 24.

“La tradición viene de niña, antes era el entretenimiento del verano: el clavo. Es un juego que ayuda a relacionarse y ahora también, una forma de recuperar la juventud”, explica Alicia.

El juego consiste en realizar una serie de figuras (mañas) con la enorme tacha y conseguir que termine clavado en la arena con la cabeza en el aire.

Basta con que la cabeza del clavo no roce la arena, de ahí lo de si cabe o no cabe. A menudo, el espacio es tan mínimo que el jugador debe tumbar su propia cabeza para averiguar si cabe o no cabe.

Si no falla, el jugador continúa el recorrido maña a maña hasta ganar la partida. El reglamento tiene su intríngulis: “Si pierdes en los cuernos, vuelves a empezar; pero si pierdes en la cabeza, regresas a los cuernos”, agrega Vallecillo.

La partida completa sin fallos se llama hacer “el zapatero” y vale 4 puntos. Si has perdido una vez, “el remendero” y cuenta 2 puntos, y así hasta “el chico”, que vale uno.

Calculan que hay una treintena de mañas, además de algunas en desuso “como la plancha”.

Para jugar se necesita, claro está, un clavo. Tiene unos 20 centímetros y hoy es difícil de conseguir. En tiempos costaba “medio duro” y no era raro encontrar alguno enterrado en la arena.

Las chicas tenían costumbre de marcarlos con laca de uñas para no perderlo y no era raro llevar arañazos en los muslos morenos como recuerdo de la partida.

Quien guarda un clavo de los de antes tiene “una reliquia”, en palabras de Rosa Delia Betancor, porque ya no se consiguen con el peso adecuado.

Los amigos de María Rodríguez, la más joven del grupo, ya saben que la noche de San Juan ella queda un poco más tarde porque antes tiene “lo del clavo”. Cuentan con que la gente se pare a mirarlas.

 

María Rodríguez
María Rodríguez



Alicia Vallecillo
Alicia Vallecillo
Rosa Delia Betancor
Rosa Delia Betancor

 

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