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“Vive bajo el sol, nada en el mar, bebe el aire salvaje”. Ralph Waldo Emerson

Se espera un martes con bastante nubosidad

El hilo de la cometa, un relato de Vicente Benítez Cabrera.

A mi Padre, que me enseño mis primeras letras.

El secreto para entretener y animar la conversación con Elisa, era el hilo, soltar el cordel hasta que mantuviera el vuelo por si sola. En caso contrario, el ánimo y la atención se marchitaban y se conseguía el efecto contrario al deseado.

Aunque el primer encuentro con ella fue más bien neutro y frío, con un papel un tanto invisible, con la llegada de la primavera, las citas se fueron haciendo cada vez más frecuentes, y así fue como me fui imaginando el vuelo de la cometa. Visualiza!!, en la expresión habitual empleada por nuestra protagonista: “Visualiza esa cometa como levanta el vuelo, y en ella encontrarás las respuestas”

Elisa estaba en un momento divino, con la suficiente experiencia vital como para saber manejar las situaciones y conversaciones conmigo, su espejo; y al mismo tiempo, mantenía la picardía de la aventura, de explorar un territorio nuevo, desconocido. Desde luego que no estaba poseída por el tedio y el aburrimiento, propio de haberlo vivido todo.

El adjetivo divino, no es un adorno superfluo o un calificativo sin más; Es el entorno que envuelve su forma de confianza al acercarse y saludar cuando conocía a un desconocido, o hacia las presentaciones, de rigor, en apariencia convencionales. Su confianza estaba depositada en el poder de la divinidad, sin duda femenina. Ella confiaba de forma alegre e inocente en esa Diosa, que la llevaba, la protegía, y la cuidaba. Todo esto bajo una forma de apariencia felina, trigueña, con su paso largo, latino.

Desde el comienzo de cada encuentro, sentados en una mesa de la terraza del Café Oliva, la conversación la tomaba ella, la dirigía, y a borbotones, casi sin pararse a respirar, retomaba aquel asunto que tanto la había herido, así hasta que después de un largo rato se iba calmando, perdía la ansiedad en la voz, y ese largo discurso, la iba llevando de nuevo a tierra. Aunque bien es cierto que, en apariencia, jamás perdía la calma, el control del hilo de su discurso. La mirada desviada de la mesa, un tanto ausente, la mantenía concentrada en la madeja de hilo que estaba desplegando, concentrada en su hilo de voz, ….

Esa cometa que llevaba en su pecho, necesitaba volar, con su discurso se levantaba contra el cielo, firme, oscilando, era su forma de expresar su sentir, y de afirmarse/convencerse de las decisiones que había tomado en los últimos tiempos: Quemar las naves y no regresar atrás.

Por mi parte, el papel que me había asignado era la mano que sostiene el hilo, mas bien el que mantiene la tensión necesaria durante el tiempo adecuado para obtener el resultado esperado; el alivio necesario para la ansiedad. Si bien es cierto, que tuve el palpito, que ese papel secundario, casi invisible tenia un carácter más necesario del que aparentaba.

El despliegue del discurso era necesariamente lineal, como el cordel, no cabían los atajos, no era un asunto que se pudiera despachar con algunas frases directas sobre la cuestión. A cada vuelta de más que le iba dando, …..hacía el repaso de aquello que requiere un minucioso convencimiento, racional, alejado de la emoción. Era la única y la mejor manera de asumirlo y encajarlo. Las emociones, la gestión de ellas, como podía sacar una a una, como si de un manojo de anzuelos con sus liñas se tratara, sin que salieran todos al mismo tiempo, con sus dolorosas y afiladas puntas, y alguna se volviera a clavar en la carne. Acaso no sangro cuando me pinchan, gritaba el mercader de Venecia (Shylock)….

Ese desarrollo de la conversación, del discurso de Elisa, conducía en cada ocasión, cuando alcanzaba el vuelo necesario, allá en lo alto, a la serenidad, a la calma. A partir de ese punto, ella se transformaba en un espíritu libre, y la conversación, la conexión con su estado emocional, se transformaba en un río, en un fluir, más bien en el devenir del agua, en el que flotando se mantenía, el tiempo y discurría. En ese punto, el ritmo cambiaba, y lo secundario pasaba a primera fila de la escena: Las risas, y el vaivén del pie delataban que ya, la cometa volaba en lo alto. De fondo se oía la melodía: ¿Silbaste flaca?

Vicente Benítez Cabrera

Las Palmas de Gran Canaria 2014

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