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“El mar no tiene caminos, el mar no tiene explicaciones”. Alessandro Baricco

Intervalos nubosos o nuboso. Algo ventoso. Precaución con el mar a marea llena.

“Tweed sobre verde” Una lectura para el verano.

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Cada mañana corría a la plazoleta para llegar a tiempo, y subirse a la guagua que lo llevaba a las afueras, a un nuevo espacio que había descubierto, por una extraña serie de coincidencias.

Las carreras de cada día, por las calles, para alcanzar a tiempo la parada, y ver llegar como se acercaban aquellos lentos, traqueteantes coches, llenos de estudiantes y obreros a primera hora, eran ya un clásico. Esos viejos coches verdes, con sus nubes de hollín, cruzaban el barrio de Guanarteme y dejaban atrás, su mundo conocido, serpenteando por la carretera de Chile, hasta su destino final: el estado libre, de la física y química, del arte y la literatura.

Durante el trayecto, en cada parada, subían y bajaban las mismas caras, que ya, empezaban a ser conocidas. Frente al viejo cine, subían las hermanas, tweed sobre verde, la alegría de la mañana, y hacían el viaje más corto, liviano, cortísimo.

El viaje de subida, por esa vía sinuosa, llena de vueltas, era lento, y a veces, se interrumpía con un reventón, una rotura del embrague; pero aquella mañana, el traqueteo, y las vibraciones en los asientos, hacían que la mañana fría y luminosa pareciera el anuncio de primavera.

La primeras luces de la mañana, entraban por las ventanas del coche, sucias, salpicadas de la lluvia, y el polvo sahariano, tan frecuente en las islas.

Su compañero Roberto, con su aire ausente, concentrado, repasaba los resúmenes de filosofía, esperando que ese día la suerte le sonriera.

Se sentaban al final del pasillo, en esos asientos todouno, y traían con ellas, el aroma del tostadero de café que perfumaba el aire, con una mezcla fuerte de salitre y mar. La chaqueta de tweed, entallaba su figura delgada, dándole un aire más rígido, quitándole un poco de esa gracia que tenia, con su pequeño caminar.

Agarraba con firmeza la carpeta con su mano, como si allí estuviera encerrada la ultima ciencia revelada, y al mismo tiempo, le servía de parapeto de las miradas curiosas de los chicos. Almudena y Marisa, el tweed y la lana verde, dos hermanas inseparables.

El saludo entre ellos, cada mañana, era breve, un buenos días, otras veces era solo un gesto con la mano agitada acompañado de una sonrisa, con una mirada rápida de sorpresa, como si hubieran pasado semanas desde la vez anterior.

Algunas veces, las menos, entre el jaleo de fondo de los compañeros y estudiantes, comentaban sobre el día que tenían por delante, las cosas cotidianas.

Las hermanas tenían gestos cómplices propios, miradas, aunque eran físicamente bien distintas. La menor, pelirroja, con su melena suelta zanahoria, desenfadada, de sonrisa picara, parecía la mas atrevida, echada adelante.

La mayor, la chica del tweed, soñaba con el amor juvenil, como esas nubes de pan recién hecho que conocía de su niñez, cálido, maternal.

Pablo soñaba con hacerlas reir, gastarle bromas de chicos, charlar de la fiesta que preparaban para ese viernes de febrero, el baile de carnaval. Por fin, habían conseguido el permiso del jefe de estudios, para celebrar una fiesta de disfraces. El aire era mas libre, y claro. Hasta los charcos dejados por la lluvia en el patio que rodeaba el centro, eran el marco ideal para la ocasión.

El fin de semana había sido como todos los anteriores, los amigos de la playa, las guitarras, las fugas al monte, perdiéndose en esa interminable sucesión de días y noches de juventud, que parecía nunca cambiar. Deseando crecer y escapar de esa adolescencia que parecía no terminar, y hacerse mayor. La impaciencia lo arrebataba, lo inquietaba hasta el punto, de soñar despierto con viajes, con rincones desconocidos. Quería saber que había más allá, de ese mar, ese muro azul que lo mantenía encogido. Solo cuando se sumergía en el mar, en su rincón favorito, del que conocía cada piedra, cada sombra, se sentía flotar, nadaba deslizándose recorriendo los fondos marinos, le parecía que todo lo que soñaba era posible, y que estaba al alcance de su mano.

Pero esta mañana de lunes tenia el despertar lento, sabia que le quedaban algunos flecos por atar; tenia esa sensación en el estomago, el nudo; me van a preguntar precisamente ese tema que no me mire. Aun no había descubierto el poder del café, la aceleración del disco cuando el licor negro entraba en las venas, y con él, llegaba la visión clara, la certeza: lo tengo empollado.

Hoy, tocaba aprender algo más sobre la lentitud, y su descubrimiento, sobre el salto espontáneo producido por el traqueteo del runrún de la guagua. Cómo esa energía se transformaba, y tenia unos efectos sorprendentes sobre la vitalidad de las chicas. Se despertaba su alegría, y la emoción del día las mantenía hablando entre risas.

El contrapunto de color, lo llevaba Marisa alrededor de su cuello. El collar de cuentas de coral, verde esmeralda, turquesa y aguamarina, que se había regalado por su cumpleaños, el verano pasado, se hacia visible, destacaba a pesar del abrigo y la pañoleta, y hacia que destacaran aun más el brillo juvenil de sus ojos. Un complemento perfecto para una chica playera, de toda la vida, que se había ganado unos cientos de duros, ayudando a su padre en el negocio familiar, madrugadas con aroma a pan recién hecho, repartiendo pedacitos de felicidad por el barrio de Guanarteme, calidez y sonrisas amables, desde el alba. Esa misma sonrisa la mantenía repartiendo el resto de la jornada, su presencia discreta.

¡ Qué importante es el pan crujiente por la mañana, y cuanta alegría repartían en cada casa!!

Después de la ultima curva, el coche se había detenido. El viaje estaba acabándose y la campana no tardaría mucho es dar el aviso: Llegábamos tarde, a clase de Química, pero esa es otra historia.

Vicente Benítez Cabrera.

Las Palmas de Gran Canaria, julio de 2014.

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