“Surfear es bailar con las olas”. Gerry López

Feliz Día de San Valentín.

La casa azul

Nadie sabe lo que duele el querer cuando se esconde, pero se escapa por la piel y la mirada. Beatriz amaba a Luis hasta el extremo durante las horas de oficina. Esperaba a la salida del trabajo para despedirse de él como una compañera más. Luis lo sabía, la química era evidente, podía tocarse, inundaba las estancias. Sus mensajes no estaban hechos de palabras, pero sí de un silencio que, al romperse aquel día de octubre, perfumó todo el ascensor.

– Reina, ven a darte un chapuzón esta noche a Las Canteras, nadie nos verá a esa hora, quiero desnudarte en el agua -explotó.

– Mira que si alguien nos ve juntos por ahí, amor -balbuceó ella, pegada a su oído.

A las diez en punto llegaron a su cita en el paseo. Bajaron a bañarse por separado. Como extasiada por la marea, Beatriz se dejó llevar por sus impulsos y olvidó la razón. Se desató el bikini y su melena le ocultó el pecho. Temblaba su desnudez, temerosa de que algún buceador furtivo apareciera bajo las sombras. Nadó más allá de la orilla y, a la sexta brazada, Luis se le acercó. Luego, las leyes del mar dictaron su sentencia y edificaron la pasión. Toda la inmensidad del salitre rodeó el abrazo de los amantes: selló la vida. La playa era el único lugar a salvo de las miradas, lejos de los edificios. La casa azul de los Naranjo reflejaba su envidia sobre el espejo, suspendida en el coral, cómplice del arrecife.

Teresa Iturriaga Osa

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