“En el mar no hay pasado, presente o futuro, sólo paz”. Jacques Cousteau

Gran relentada al amanecer

Las Canteras. Episodios de la ciudad

Si Las Palmas de Gran Canaria fuese un cuerpo humano, Las Canteras sería su corazón. Todo en su derredor se mueve gracias a su constante bombeo: su paseo, los barrios de Guanarteme, Santa Catalina y La Isleta; y el puerto de La Luz. Sociedad y economía de la ciudad son las venas y arterias por donde circula la sangre capitalina, que luego riega la playa, el cerebro donde se conciben los anhelos de 370.000 vecinos.

Por Las Canteras transcurre la vida de media ciudad y media historia de Las Palmas de Gran Canaria. Desde La Puntilla a El Rincón, entre el atolón y la primera línea de edificios, casi cada metro cuadrado de playa esconde un episodio distinto. Más que postales, la primera zona de baño de la capital poblacional de Canarias inspira capítulos de vida: una sucesión de acontecimientos, de momentos pequeños y grandes, pero siempre importantes, que marcan el pasado y el presente de un entorno y la forma de vida de unos cuantos centenares de miles de personas.

Las Canteras es corazón de ciudad desde los tiempos de la Conquista y de los sucesivos ataques piratas del siglo siguiente. Aunque aparentemente oscurecida por su vecina playa de Las Alcaravaneras, al abrigo de la bahía de La Isleta, la invasión definitiva de la ciudad hace más de 530 años no ignoró la otra parte del litoral. Al contrario, Juan Rejón lideró algunas incursiones a través del istmo, como también hiciera el holandés Van der Does durante los días en que asedió sin descanso Las Palmas de Gran Canaria hasta su definitiva expulsión tras la emboscada de Tafira.

Pero es, sobre todo, a finales del siglo XIX cuando Las Canteras se convierte en pieza epistolar de la ciudad. La construcción del Puerto de La Luz tuvo en el istmo y en su playa occidental sus mejores aliados. Cientos de jóvenes procedentes del interior de Gran Canaria, de algunos puntos de Fuerteventura y, sobre todo, de Lanzarote, arribaron al actual barrio de Guanarteme encandilados por las oportunidades laborales que representaban los nuevos muelles diseñados por León y Castillo.

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Sus barrios

Aquellos peones, carpinteros, albañiles y mocerío en general se establecieron a lo largo del istmo en pequeñas casetas de madera de autoconstrucción que formaron el germen del actual barrio de Guanarteme. Desde entonces, la vinculación con la playa de aquella primera generación del hoy renovado núcleo que se disputa con Santa Catalina la paternidad de Las Canteras ha sido constante.

Los vecinos de Guanarteme, incluso en mayor medida que los de Santa Catalina, más influenciados por los aires portuarios desde los tiempos del cambullón hasta los actuales del turismo de cruceros, siempre tuvieron en Las Canteras su gran parque natural, su punto de encuentro de familias, su pulmón y una forma de vida.

Algo muy parecido ocurre con La Isleta. Barrio de tradición marinera, pues fueron marinos y pescadores sus pobladores primigenios, Las Canteras ha sido para este núcleo de casas terreras, sorprendentemente aún en pie pese al casi ya medio siglo de fiebre especulativa, la referencia que les saca del aislamiento que, sin quererlo, forma parte de su nombre.

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El siglo XX

Así irrumpe Las Canteras en el siglo XX. Son los tiempos de la playa de todos, cuando de verdad se hace urbana. Es el lugar de encuentro de los ciudadanos para el baño reparador, el paseo acompasado, las largas sesiones de sol, el momento del baile y del copeteo, y el descubrimiento del turismo. Sus rincones los comparten por igual vecinos de Guanarteme y La Isleta, cada uno por sus territorios occidental y oriental; y las familias de clase media y alta de Vegueta y Triana, que pasan los tres meses de verano en sus casetas de madera bajo el primer paseo marítimo –años 50- y, los más pudientes, en sus apartamentos de temporada desparramados entre La Puntilla y Peña la Vieja en primera o segunda línea de playa, ya por entonces el muro de hormigón que rompió el istmo. Aún hoy, medio siglo después, sus herederos mantienen aquellas propiedades, ahora convertidas en residencias para terceras generaciones u oportunidades de alquiler.

Es en ese tiempo cuando se fragua Las Canteras actual. Lo más florido de la sociedad de Las Palmas de Gran Canaria convierte la playa y su entorno en su modo de vida. Por temporadas o todo el año. En los años 60 del siglo pasado, se convierte en la primera pasarela española del bikini. El turismo nórdico, especialmente sueco, aterriza en Las Palmas de Gran Canaria para inaugurar el Archipiélago como destino turístico.

El turismo no sólo dio vida a Las Canteras, que desde entonces se convirtió en lugar de parada y fonda obligada de los autóctonos, poco acostumbrados por lo general –sólo vecinos y familias acomodadas, exclusivamente en verano, la frecuentaban- a tomarse la playa como lo que es: sol y mar. Fue como una reafirmación para la ciudad: el puerto ya era el motor económico que movía los engranajes de los negocios de Santa Catalina, desde el comercio hindú hasta los bares y las salas de fiesta, primero atestadas de marineros sedientos tras largas travesías por el Atlántico y ahora, amenizados por las rubias y liberadas chicas del norte de Europa. Fue el gran lanzamiento de Santa Catalina.

La playa, pues, se convirtió en el polo de atención diurno de la ciudad, cubierta ya la franja de la noche por el parque Santa Catalina y sus aledaños. Los vecinos se animaron a bajarse a la arena y acercarse a La Puntilla, a cruzar la fachada de la clínica San José, a admirar la Peña de la Vieja, a trazar la curva del Muro de Marrero y a enfilar la Cícer todo el año. A frecuentar su paseo y a convertir Las Canteras en su gran referencia de ocio y esparcimiento. Por fin, de frente al mar. Transcurrieron los 70 y los 80 en la misma tónica hasta la saturación, que hacía estragos desde la orilla al muro y maltrataba las baldosas del viejo paseo.

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El nuevo paseo

Antes de que el Ayuntamiento, dueño de la playa, interviniese con un ambicioso proyecto de ampliación y repavimentación del paseo, ya a principios de los 90, un entusiasta médico y político grancanario, Gregorio Toledo, obligó a sanear las conciencias de los usuarios con aquella legendaria campaña de ‘Canario, cuida tu playa’. Todo un anticipo del celo medioambiental tan al uso en los prolegómenos del siglo siguiente.

Pero fue la construcción del nuevo paseo, que amplió el poder de la playa desde la Cícer a El Rincón, por el oeste, y desde La Puntilla a El Confital, por el este, lo que verdaderamente transformó la playa. Las Canteras se consolidaba como corazón de la ciudad, como lugar de encuentro diario de cientos de personajes y personalidades de la sociedad, la política y la cultura capitalina, residentes o compulsivos usuarios, algunos ya desaparecidos: Manolo Padorno, Roberto Góiriz, José Carlos Mauricio, Arcadio Díaz Tejera, José Miguel Alonso Fernández-Aceytuno.

Un día de hace diez años, una periodista por entonces fuera de circulación se preguntó si Las Canteras merecería una cita semanal con el periodismo. Así nació en el periódico La Provincia la sección sabatina ‘Las Canteras. Crónicas de la ciudad’, por donde se asomaron políticos, artistas, empresarios, surferos, vecinos, camareros, pescadores, jubilados, niños, turistas e inmigrantes para contar episodios de Las Palmas de Gran Canaria sólo vivibles entre el mar y la playa.

Miguel Guedes

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