“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Pregón de las Fiestas Anuales dedicadas a Santiago Apóstol, patrón de Galicia y de la Casa de Galicia

RESUMEN PREGÓN DE SANTIAGO 2008.

El pasado día 4 de julio, el profesor Maximiano Trapero, Catedrático de Filología de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, pronunció el pregón de las Fiestas Anuales dedicadas a Santiago Apóstol, patrón de Galicia y de esta Casa de Galicia en Gran Canaria. El profesor Trapero, conocido especialista en temas relacionados con las antigüedades de Canarias y principal estudioso de su toponimia, basó su pregón en la primera imagen de las Islas Canarias divulgada en Europa por parte de los primeros visitantes que llegaron a ellas.

La Casa de Galicia.

Pregón

PRIMERA IMAGEN DE LAS ISLAS CANARIAS

POR PARTE DE LOS PRIMEROS EUROPEOS QUE LLEGARON A ELLAS

Cuando en la Europa de la primera mitad del siglo XIV empezó a circular la noticia de que cercanas a la costa africana y a unos seis días de navegación al sur de Cádiz había unas islas habitadas por las “más extrañas gentes que en el mundo puedan hallarse”, y que los hombres iban “completamente desnudos, salvo un manto por detrás hasta las corvas”, la sorpresa debió ser paralela a la que casi dos siglos más tarde se produjo cuando Colón y los españoles descubrieron el Nuevo Mundo. Sólo que la noticia de América corrió como la pólvora porque en su divulgación intervinieron las fuerzas más poderosas, mientras que la noticia de las Canarias quedó contenida en los relatos de marineros y en unas pequeñas crónicas de alcance menor.

Los primeros marineros y comerciantes genoveses, portugueses, catalanes y mallorquines que arribaron a sus costas nada sabían de ellas, ni por qué clases de gente estaban pobladas, ni de dónde habían venido, ni en qué tiempo, ni qué extraña lengua era aquella que hablaban. Los intereses de estos marineros se centraban en lo meramente comercial, recabando de las islas las pocas fuentes de riqueza que tenían, sin olvidar lo que más negocio les proporcionaba, cual era la captura de nativos para venderlos en los mercados esclavistas de la Península, por lo que poco se preocuparon en indagar tales cuestiones. Sólo un pequeño relato debido al italiano Nicoloso da Recco, divulgado por Bocaccio hacia mitad del siglo XIV, da cuenta de las cosas que más les llamaron su atención: la desnudez con que andaban sus hombres y mujeres “sin sentir vergüenza”; lo “grosero de su trato y costumbres”; las extrañas y diferentes lenguas que hablaban en hasta el punto que no se entendían entre islas; la elementalidad de su comida a base de “trigo y cereales a manera de las aves o reduciéndole a harina”; el “admirable artificio” con que tenían construidas algunas casas con piedras cuadradas y “cubiertas con grandes y hermosos maderos”; la falta de interés que mostraban los nativos por las monedas de plata y oro, así como el desconocimiento que tenían de las armas; lo “membrudos, muy atrevidos, fuertes y de mucha inteligencia” que eran sus hombres; la agilidad con que subían y bajaban por los riscos y la extraordinaria habilidad que tenían en el manejo de las piedras, tanto para usarlas como arma ofensiva como para evitarlas.

Será con la conquista de las Islas que inician los franco-normandos en 1402 al mando de Jean de Bethencourt y de Gadifer de la Salle cuando se tenga ya una noticia mucho más amplia y minuciosa de las Canarias y de los canarios aborígenes a partir de la crónica conocida como Le Canarien que escriben los dos capellanes de la expedición. En ella se dicen cosas como ésta:

«Son el lugar más sano que se puede encontrar, en ellas no vive ningún animal venenoso, especialmente en las Canarias en las que llevamos dos años y medio sin que ninguno de nosotros se haya enfermado nunca».

Y de La Palma llegan a decir que «tiene un aire excelente, en la que de ordinario nunca se enferma uno y la gente vive muchos años».

Esta imagen de bienestar que se respira en las Islas será la que fructificará en las primeras verdaderas Historias que se escriben sobre Canarias, una vez finalizada la conquista castellana, haciendo coincidir en ellas el Paraíso. El franciscano Abreu Galindo escribirá de Gran Canaria que

“Tiene grandes frescuras, fuentes, árboles y espesura, que, estando dentro de ella, apenas se ve el sol ni cielo. Hay en ella gran diversidad de aves, que hacen suave y concertada melodía con su canto. Por que tuvieron justa ocasión los antiguos, de escribir ser los Campos Elíseos”.

Y el ingeniero Leonardo Torriani cree que el poeta latino Ovidio parece que estaba pensando en nuestras islas cuando dice:

“Era eterna primavera, y los plácidos céfiros suspiraban en el aire templado. Las flores nacían sin simiente, la tierra producía de repente sus frutos, sin necesidad de labrar, y al mismo tiempo el campo se doraba con pesadas espigas”.

Y será también en este tiempo, a finales del siglo XVI, cuando empiezan a conocerse las primeras referencias históricas sobre el poblamiento de las Islas, a partir del relato que Plinio el Viejo ofrece en su Historia Natural, en la segunda mitad del siglo I d.C., de la expedición que el rey Juba de Mauritania había mandado hacer a las Afortunadas alrededor de unos 75 años antes.

De estas breves noticias, entre históricas y legendarias, surgió el mito de que las Canarias eran las verdaderas Islas Afortunadas que se cantaban en la antigüedad clásica, el lugar en que estaban enclavados los Campos Elíseos y el Jardín de las Hespérides, la tierra en que Dios puso El Paraíso.

Maximiano Trapero.

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