“Cuando dos caminos se separan… toma aquel que se dirija a la playa”. Hannah McKinnon

Miércoles de playa

“El Cabozo volador”

I

Se llama Playa de Las Canteras y está en Las Palmas de Gran Canaria. Allí se vive muy bien. Hay calma, mucha calma. El agua es azul y transparente como el mismo cielo. Hay rocas donde los animales hacen sus moradas y arena rubia donde tenderse. Así que los peces que la habitan pasan sus días colmados de felicidad. Ni siquiera se preocupan por la comida. Los vegetarianos se alimentan de una flora variada muy rica en vitaminas. El resto se las arregla alimentándose de los trocitos de maná que la naturaleza les aporta y también de las migas de pan que los bañistas les van donando.

En el mar, la fauna es copiosa. Hay peces de diferentes familias que mantienen sus modos de vida. Los hay quienes les gusta estar solos. Aún así son sociables, pues saludan con cortesía a los que pasan por sus cuevas. Otros, sin embargo, nadan en grupo. Se divierten bailando al son de las olas, aunque, a decir verdad, estas sean pocas, pues una gran muralla de rocas, a la que los humanos llaman La Barra, les ampare de la fuerza del mar y del peligro. Así que todas las familias de pobladores, conocedoras del riesgo que corren al cruzarla, advierten a sus pequeños:

-¡A La Barra ni acercarse, y cruzarla mucho menos, es más: está terminantemente prohibido! ¡Es una orden!

Pero, como casi siempre pasa, no todos los pequeños obedecen. La familia de don Cabozo de las Charcas y doña Caboza de las Grietas ha tenido prole. Dicen los vecinos que han visto pulular entre las rocas de La Peña de la Vieja -que es donde tienen su hogar-, una docena de cabocitos. Todos son muy obedientes y conocen las reglas. Bueno, es verdad que todos las conocen, pero entre ellos hay uno que sin dejar de ser obediente lo es menos, pues la sangre le borbotea y le hace ser más atrevido. Así que a los pocos días de su nacimiento ya nadaba fuera de la visión de sus padres que sufrían por mantenerlo bajo control.

-Cabocito, chiquitito no te alejes, por favor- le decían sus progenitores continuamente.

Pero a él lo que le encantaba era ir de aventuras. Se quedaba en los charcos cuando bajaba la marea, aunque fuera lejos de su hogar. Allí se ilusionaba pensando en sus cosas. Un día vio como las gaviotas movían las alas manteniendo sus cuerpos en lo alto. Pensó, entonces, que el mundo era injusto y que a él también le gustaría ver el mar desde arriba. Por eso, se prometió buscar la forma de aprender a volar. Luego, cuando el ciclo cambió y el agua cubrió todas las rocas, regresó a casa donde recibió una nueva reprimenda. Pero a él no le importaba, pues volvía una y otra vez, ya que estaba en juego lograr su sueño más preciado. Quería volar. Lo había decidido y no cambiaría su opinión, por muy arriesgada que pudiera parecer tal idea.

II

Un día llegó una calma chicha que modificó las costumbres de los peces. Ya los saludos no eran tan usuales ni los bailes tan continuos. Había menos alegría. Extrañados fueron a consultar al viejo mero de los labios caídos sobre lo que estaba ocurriendo:

-Recomiendo tranquilidad y aclaro que a veces el dios de los vientos y de los mares también se toma un descanso. Algo así como una siesta de los hombres que van a la playa a quedarse dormidos bajo los rayos del sol –les dijo sin más.

Aquellas palabras llenaron de tranquilidad a los habitantes de la playa. Lo cierto es que el espectáculo tampoco estaba mal. Los más pequeños, sobre todo, jamás habían gozado de tanta roca asomando sobre el nivel del mar y de tanto charco donde chapotear. Y como no, para el joven cabozo aventurero también llegó el delirio. Entre juegos y carreras se fue alejando y casi sin darse cuenta se plantó sobre La Barra, aquella muralla natural que separaba el sosiego de la inquietud. Se metió en un charco muy calentito y tan a gusto y relajado estaba que se quedó dormido en un hueco que había en la roca y donde entraba un haz de luz delicioso.

Luego despertó de su letargo y pasó la tarde observando. No se perdía un detalle. Y en esa tarea se hizo muy oscuro, tan oscuro que ya no pudo volver. Pero él no se asustó. Ni siquiera se inquietó cuando una morena muy negra, tan negra como la noche, con dos ojos rojizos y saltones, metió su cara la cueva y enseñándole sus afilados dientes le preguntó:

-¿Qué haces aquí tan solo, pequeñajo?

-Iba de paseo, me quedé muy a gusto en este charco dormido y se me ha hecho tarde para regresar –le contestó sin mostrar temor- ¿Y tú quién eres?

-¿No has oído hablar de mí? –le miró extrañado-. Soy Morena Terrible. El más fiero de todas las morenas que hay en esta playa.

-Pues, la verdad es que no había oído hablar de ti– le dijo con franqueza.

-Porque eres un cabocito insignificante -dijo la morena con suficiencia, para luego continuar con sus preguntas:

-¿No te han dicho tus padres que es muy peligroso acercarse por estos parajes?

-Sí, pero yo soy así de inquieto y quería ver a las gaviotas, pues me gustaría aprender a volar como ellas.

-¿Cómo?, ¿volar?, ¿has dicho volar cómo las gaviotas? –repetía impresionado-. Los peces no volamos. Bueno…, algunos sí. Pero viven muy lejos de aquí y tienen alas. Nosotros no tenemos alas. Ni tu especie, ni la mía.

-Sí, pero a mí eso no me importa. Yo quiero aprender a volar –repitió con energía tratando de convencer a la morena.

-¿Y cómo crees que vas a aprender, si no tienes alas? –le preguntó Morena Terrible con sorna-: «este cabozo no está bien de la cabeza. El sol le habrá hecho daño», pensó mientras esperaba la respuesta.

-Todo llegará. Espero que el futuro me vaya bien y algún día pueda volar –le contestó mostrando abiertamente sus pensamientos.

-Esperemos. De todas formas, -prosiguió la morena-, te deseo lo mejor, si bien tengo que decirte que aunque no tienes una carne muy preciada y tu apariencia tampoco te ayuda, vete por estos lugares con mucho cuidado, pues debes saber que las gaviotas no son escrupulosas para comer. Yo diría que más bien son tragonas y si tienen la oportunidad, no se lo pensarán dos veces para llevarte a algún estómago. Tú verás lo que haces. Yo me ocuparía de volver con mi familia. Bueno, ya he terminado y no te digo nada más. Ahora, me voy de caza a ver si encuentro algún rejo de pulpo que echarme a la boca.

-¿Y por qué te alimentas de tus semejantes? –le preguntó el pececito sin dejarlo que abandonara el lugar.

-Los animales somos así, nos comemos unos a otros. Y tú deberías saberlo ya. Y no te como porque eres poca cosa y no me gusta perder el tiempo –realmente se había enojado. -Yo soy muy feroz y cuando me sacan de mis casillas muerdo. Te lo advierto, no hagas más preguntas que me incomoden.

-Es que me resulta terrible… –quería seguir mostrando su parecer, cuando la morena se le echó casi encima mostrándole los dientes afilados.

-¡Ni una pregunta más!, te dije. Me cansas con tantas cuestiones extrañas. Me voy por no escucharte. Regresa a casa, antes de que te coma yo, u otro.

De esa forma terminó la conversación mientras se retiraba nadando hacia atrás, una forma que el pececito jamás había visto hacer a nadie:

-¡Adiós Cabozo volador! Y aunque me hayas enfadado mucho, deseo que tengas mucha suerte, pues con lo testarudo que eres seguro que no volverás con los tuyos –le dijo como despedida, lo que interpretó el cabozo como un signo de aprecio.

Lo había bautizado como Cabozo volador y a él le agradó. Se sintió importante y prometió desde entonces que no volvería a llamarse cabocito pequeñito, ya que le parecía demasiado cursi. Incluso le perdonó la descripción que de él había hecho, teniendo en cuenta que su cuerpo de culebra no era precisamente un modelo de belleza. Al fin no le había caído tan mal y estaba seguro de que tampoco era tan fiero como quería aparentar.

La noche se hacía muy larga y no podía echar una cabezadita. El saber que estaba en La Barra desobedeciendo a sus padres le preocupó. Escuchaba, sólo a unos metros, el romper de las olas con fuerza. También los consejos de la morena le zumbaban en su cabeza y él era el primero que sabía que no lo estaba haciendo bien, pero bueno…

Así iba pasando el tiempo y sus ojos permanecían abiertos, sólo cuando comenzó a amanecer quedó embelesado con la belleza del entorno y fue perdiendo la noción de dónde estaba.

Primeros capítulos del libro infantil “ El Cabozo volador” del escritor y periodista Joaquín Nieto Reguera editado por Anroart Ediciones

Anroart Ediciones, SL

c/ Santa Juana de Arco, 46

35004 Las Palmas de Gran Canaria

Islas Canarias-España

Telf. (+34) 928 339021

Fax (+34) 928 249436

www.anroart.com

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