“En el mar no hay pasado, presente o futuro, sólo paz”. Jacques Cousteau

Lunes: continuará la calima

Murmullos de mar

La playa tiene su murmullo. Las roquitas ensartándose unas con otras cuando baja la ola. Un chascarrillo de gotas susurrando. Y todos esos pasos susurrantes contando historias. Un diario de historias cotidianas despertando y adormecidas entre algas y cangrejos. Me siento a escuchar ya que las olas vienen y van con rumores de unas y otras orillas. Hay piedras que hablan en el Lloret.

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Diálogos efímeros de espuma y sal.

El otro día al borde de un mar agitado alguien colocó callaos de distintos tamaños simulando aves posadas en las rocas. Era una fila de aves-callaos que miraban a los viandantes. Alguien pensó en buscar un par de alas, un pico y lo más parecido a un cuerpo de ave. Jugando con la naturaleza rehizo una escena posible. Quizás no en ese lugar pero sí en otros. Imitó y copió su fila de aves-callao sin romperlas, sin quebrar su esencia. Así de estáticas y dignas parecían las aves de piedra como si siempre hubiesen estado allí. ¿Quién puede negar que un ave de piedra no puede mirar el horizonte?. ¿Hacía dónde migraría un ave de piedra?.

En esos mismos días unos queridos amigos contemplaron un Menhir en un pueblo de Alemania. Y sucedió de nuevo. Las piedras hablaron en otra latitud. Esta fue su descripción: “Blieskastel, tiene una colina despejada (posiblemente la colina con mejor visibilidad de la zona) donde se alza allí solito, sin mas ni mas, el Menhir mas alto de Europa. Allí solo (o no tan solo), desde hace 4000 años. Esa mirada al Menhir daba pie a miles de fantasías, miles de hipótesis, miles de cuadros. Allí, no encontrábamos delante de ese Menhir que tiene mas de 7 metros de altura, sin saber exactamente que quería decirnos”. Hablar con un Menhir o con unas piedras-ave colocarlas de manera singular y entablar un diálogo con las fuerzas telúricas. Su profundidad está ahí para emocionar.

Una escritora me recordó cuánto le gustaba sentarse a escuchar los murmullos del mar. Lola Campos decía que le llegaban los susurros de conversaciones racheadas. Líneas adormecidas que despertaban a su vez otras historias como la del amante que no se puede despedir. “Me he dejado llevar por tu silencio. Lo he hecho después de agotarme con las olas. Estuve a punto de la asfixia cuando decidí que esa era mi mejor respuesta. Había resistido durante un tiempo. Luego pensé en dejarme ir. Mantuve esa cordura, la memoria alerta. Algo tuyo ínfimo y luminoso se había quedado conmigo. Mientras descanso en una roca frente a tu orilla. Todo me pasa mientras cierro los ojos, incluso tú pasas con el delta diminuto que se extiende sobre las peñas. Dejé que fluyeran esas imágenes hasta tu abrazo cansado. Imágenes preciosas de flores estelares, y huellas arenosas. Dejé que todo eso llegara a tu orilla reposara sin saber bien porqué. Nada escondían tus ojos. Y entonces lo que fueron paisajes del alma se transformaron en silencio. Nada de eso comprendí hasta ahora mientras escucho tu eco. Nada, tan sólo mostraste que todo aquello podía acontecer”.

Conversaciones a veces imaginarias, a veces familiares que se completan con algunos silencios intercalados. Por eso algunos diálogos en la playa son difíciles de recordar. Parecen hechos con el mismísimo material de los sueños.

-Archimboldo se fue a París a buscar a Claudel.

-¿Tanto la amaba?.

– Tanto…había esperado aquel encuentro que sus manos se habían acartonado. Sus pies no sudaban. Cruzó los Montes y venció a las sombras. Nadó por un instante en la pesadilla de perderla. Por su espera discurrieron todos los ríos. Ciudades enteras con sus columnas y caballos azules. Un delta le hizo recordar las venas de la amada. Había incluso perdido sus lágrimas cuando apoyó su ser en la balaustrada. En aquella escalinata de la Rue de Víctor Hugo a sus cabellos le salieron hojas.

– ¿Recuerdas su torso de nadador ?.

– Claro que lo recuerdo. Su torso se infló con todas las palabras de amor que le había susurrado en sueños. Mostró a los viandantes su costillar maltrecho por batallas y anhelos. Claudel al verlo se acercó a besarle. Entonces notó que aquel corazón emplumado, suave como la espuma, se había petrificado al verla.

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Conectados a la espuma.

Las tecnologías del hipo, móvil y toda las formas de conexiones hacen que mucha gente baje a la playa “conectada”. Así lo que se podría suponer como pasar un rato escuchando lo que la marea, se convierte en otro rato de “conexión”. Mientras que para otros se cultiva la posibilidad de recibir algún mensaje del horizonte. Un mensaje desde un atardecer o desde la extraña incertidumbre del viento. Es último cuenta extrañas situaciones surrealistas salidas de algún cuadro de Francis Bacon o de las mismísimas nubes. Las nubes en forma de manada me hablaron así:

“Me invitaron a una reunión de elefantes. El ambiente era tenso. Se debatía el próximo destino de la manada. Un ejemplar curtido y de colmillos imponentes sugirió bordear el río. Pese sobre la sensatez de la propuesta, la manada votó por adentrarse en la estepa. Nada pudo hacer el elefante para evitar la catástrofe. La sequía empezaba a cuartear el aire. Los miembros más jóvenes empezaron a ver un prado donde sólo revoloteaba el polvo.

La primera en caer fue una elefanta gris con el vientre dilatado. Mientras se apagaba una nube se deshacía en hilachas. Al otro lado de una loma poblada de acacias, encontraron la sombra de árboles cenicientos. Allí junto a unas rocas se amontonaban huesos y costillares centenarios, y sobre todo colmillos. Un silencio movía los pasos. Las patas como troncos movieron, amontonaron y juguetearon el cielo sin poder rehacerlo”.

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Montse Fillol

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