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Cambios culturales en el uso de las playas para baños de mar. Las Canteras en Las Palmas de Gran Canaria, un caso paradigmático. (2ª Parte)

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Ya desde los años noventa del siglo XIX, en la playa de Las Canteras, se habían comenzado a levantar las primeras residencias veraniegas de familias de Las Palmas o edificaciones de instituciones sanitarias para el aprovechamiento salutífero de los aires de la playa y su mar (desde 1894 el hospital de San José, privado, para atención de la población obrera del puerto o el Queen Victoria Hospital for Seamen al servicio de los marinos y ciudadanos británicos, fundado en 1891 y con edificio nuevo inaugurado en 1905).

Las Canteras de la belle époque, antes y después de la I Guerra Mundial, intentó ser una playa-balneario para turistas europeos, en unas islas exóticas vistas por el foráneo; situadas frente a África. Hasta aquí también llegó aquella moda del désir de rivage (“él deseo de la orilla”) que inundaba Europa y la mejor playa de Las Palmas pasó a habitarse urbanamente con intensidad. En los años diez, veinte y treinta del siglo pasado Las Canteras, como otras muchas playas urbanas de moda entonces en Europa, fue también para la sociedad burguesa local una prolongación de la vida de salón; Una buena parte de la extensión de sus arenas se convertía, durante la estación veraniega, en el escenario ciudadano de las mundanerías, pasear, charlar, jugar, divertirse, tomar el fresco, estar de copas, “dejarse ver”, etc. Ahora los baños se practicaban de forma mixta. La playa de Las Canteras, todavía sin un paseo marítimo a imitación del famoso Promenade des Anglais de Niza, se convirtió en el espacio favorito de reunión y encuentro de familias y niños de la burguesía de la distante Las Palmas, así como de grupos de amigos, juventud, caballeros y señoras, viajeros y marinos transeúntes, etc. Se pasó a vivir intensamente la playa en la temporada, que abarcaba sólo los meses de verano entre el 24 de junio o el 16 de julio —festividades de San Juan Bautista o de la Virgen del Carmen en que según la tradición las aguas del mar quedaban bendecidas y en consecuencia se daban condiciones de seguridad para el baño— y finales de septiembre —con su día límite, el 29 de dicho mes festividad de los Ángeles Custodios los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, desde cuya fecha el diablo volvía a andar suelto y hacer de sus travesuras en la mar con lo que los bañistas quedaban expuestos—, en que la temporada se cerraba y la playa quedaba desierta o casi hasta el siguiente año. La costumbre por entonces era, como en buena parte de Europa, que la playa se usaba tanto como lugar de estancia y ocasión de paseo sobre sus arenas —en condición de habitantes vestidos— que como práctica para baños de mar. Algunas damas a la moda iban ataviadas con traje veraniego de falda larga, en tejido ligero y blanco, con sombrilla o quitasol y sombrero a la francesa. Los caballeros galanteadores, trajeados, encorbatados y con cannotier y bastón a veces. Todos vestidos y calzados deambulando por la arena. Entre nosotros, y con tales atuendos, la zona de uso preferida era la orilla de la playa en busca del frescor de las olas.

Para entonces el vestuario para el remojón había evolucionado a traje de baño con pantalón abullonado y camisa de manga corta unificados por un fajín, además de una cofia o bonete de baño con el que cubrir el cabello en el caso de la féminas. Se podían usar los accesorios de sandalias de playa y tissus de baño para secarse el sudor corporal. En los caballeros el bañador era enterizo con camisilla de tiros y pantalón hasta las rodillas.

En aquellos años treinta —en víspera de iniciarse la construcción del paseo sobre la playa, emprendido en 1936 por un ayuntamiento republicano bajo la presidencia de D. José Ramírez Bethencourt, del Partido Radical— Las Canteras exhibía ejemplos de arquitectura de estación-balneario a base de villas o chalés y casas de playa al borde de la misma. Sobre la arena además, y diseminadas, cierta cantidad de casetas familiares en madera y con cubierta en forma de tejado con la utilidad de servir para el cambio de vestuario y de estancia en la playa. Un hito en ese paisaje fue la afamada Caseta de Galán, de grandes dimensiones, que se hallaba a la altura del actual hotel Meliá, antes Reina Cristina, y que como balneario para el cambio de ropa y restaurante producía una viva animación en sus proximidades. Otro era The Tower Hotel con fachada hacia la playa y el mar (proyecto de Fernando Navarro de 1913 y del que en otros momentos tenemos noticia que pudo denominarse hotel Fargers o Alhambra), abrió sus puertas tras la I Guerra Mundial y posteriormente a la guerra civil pasó a alojar las dependencias de la Capitanía de Marina. Este edificio, por fortuna conservado hoy, lo podemos contemplar entre las calles Hierro y Pedro Westerling del Castillo y el paseo de Las Canteras.

De Las Canteras de la época de entreguerras se pasó a la del franquismo y del nacional-catolicismo de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Preocupó en el uso de la playa especialmente las costumbres en público de los bañistas, el mantenimiento del decoro personal y las buenas conductas morales, tal como se entendían en la España de la dictadura del Generalísimo Franco. La playa como cualquier vía pública era objeto de normas sociales rígidas. Así en 1951 el alcalde de la ciudad, don Francisco Hernández González, publicó un bando por el que se daban instrucciones para el comportamiento de los bañistas en las playas de Las Canteras y de Las Alcaravaneras y que los agentes municipales se encargarían de velar su cumplimiento. Así sólo se autorizaba cambiarse de ropa para el baño usando caseta o “establecimiento de acuerdo a tal fin”; o que los bañistas que accedieran al paseo marítimo o a sus bares y restaurantes deberían hacerlo con albornoz o prendas análogas… Las abundantes fotografías conocidas de aquel tiempo reflejan fielmente las costumbres impuestas a golpe de bando. Poco a poco la moda fue dando paso a que las mujeres entrasen al mar con bañador de nylon enterizo y ceñido a la figura de su cuerpo y los hombres con pantalón de baño hasta las rodillas.

Del libro ” El mar, la ciudad y el urbanismo” de Fernando Martín Galán. Editado por la Fundación Puertos de Las Palmas.

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