“En el mar no hay pasado, presente o futuro, sólo paz”. Jacques Cousteau

Lunes: continuará la calima

El vuelo de la mantelina de La Peña

Foto Rafael Rodríguez.

Sus aletas habían trazado un triángulo oscuro en la arena. Así camuflada sólo parecía un dibujo más del fondo. Ya habíamos escuchado que un chucho de gran tamaño estaba por las proximidades de La Peña, que era su época de desove. Pero era difícil de creer y de ver. Desde finales de agosto he estado esperando la posibilidad de ver al magnífico animal. Me lo había imaginado con toda su parsimonia, allí enterrado y después levantando vuelo a la mínima. La fantasía de contemplar una mantelina en pleno vuelo, me viene de lejos. Porque siempre por esta época me asomo al charcón y me quedo mirando el agua. Me aseguraban que se podían verse a simple vista. Durante siete años he estado mirando detenidamente cada palmo de arena. Día y noche a la espera del desove masivo o escaso de chuchos. Cualquier sacudida de la arena durante esos instantes de fijación me hacían pensar en sus movimientos, e incluso que podía estar pisando sus crías. De alguna manera el Charcón se convirtió en un lugar de peregrinaje secreto, con mucho tiento pero sin ningún resultado. De hecho no puedo evitar caminar de puntillas dentro del agua en esa zona. Tengo la sensación de que en octubre, los chuchos y sus crías pueblan el fondo arenoso. Nada más lejano a ello.

Sin embargo, ayer la realidad superó toda la fantasía. Tanto que todavía no me creo que el curioso animal levantó vuelo frente a mis ojos. Y mientras se alejaba no me resistía a abandonarlo surtiendo como una suerte de encantamiento. Un amigo nos avisó que estaba el chucho casi en la orilla. Y allí entramos con calma dispuestos, en principio tan sólo verlo sepultado cual alfombra mágica. Nos acercamos a unas rocas y vimos cómo se dibujada el triángulo del animal. Más o menos del tamaño del semicírculo de una sombrilla. A mi compañero de buceo se le ocurrió acariciarle ligeramente la aleta, entonces abrió y cerró sus orificios frontales. Y fue cómo si se levantará un trozo de arena. La manta ni siquiera se sacudió toda aquella capa que iba soltando como si fuese la estela de un cometa que recorría el cielo. Era tan majestuoso su vuelo que fue acariciando rocas, rozando el fondo, subiendo arriba y abajo como si todo aquel trozo de mar le perteneciera. Nosotros casi asfixiados la seguíamos armando un rebumbio de espuma y enturbiando el agua. Mi compañero, fotografió al chucho en su vuelo. Pero lo cierto, es que queríamos seguirlo a dónde quiera que fuera. Nadamos rápido y nos llevo por un periplo de rocas, luego fue directamente hacia unos bañistas y después se alejó hacia nadie sabe dónde. Todo con una calma crepuscular y moviendo sus aletas con un movimiento acompasado y lento. Finalmente, nos dejó atrás y siguió su vuelo fantástico. Por un instante, creí en la posibilidad de seguirle y de tener la seguridad que allí donde nos llevara estaríamos a buen recaudo. Cualquier sitio sería bueno. Por un instante, quise afianzarme a su aleta y cerrar los ojos. No saber si estaba en el agua o en el aire. Tener la sensación de flotar y volar a la vez. Pero fue imposible. El magnífico chucho sólo nos estaba mostrando que era inalcanzable, y que su vuelo era en solitario. Llegamos a la orilla en silencio. El día estaba luminoso y el agua transparente. La marea estaba “echá” sin rastro aparente del aviador marino.

Montse Fillol

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