“Cuando dos caminos se separan… toma aquel que se dirija a la playa”. Hannah McKinnon

Viernes: con la brisa del norte llegan las nubes

Estancia y caminata en el Islote de Alegranza, con visita explorativa a un jameo

En una de mis visitas a la isla de La Graciosa, en el Archipiélago Chinijo, al Norte de Lanzarote, tuve ocasión de ir al islote de Alegranza. Se programó una estancia de un día -no se permite pernoctar- y allá nos fuimos en una embarcación, capitaneada por Federico Romero, de Líneas Marítimas Romero. Fueron diez o doce kilómetros de recorrido y una hora y cuarto, más o menos, de singladura. Zarpamos de La Graciosa sobre las 09.00 horas. Acompañados por los graznidos de gaviotas y pardelas, enfilamos rumbo a Alegranza. El día se nos ofrecía precioso. Una ligera brisa empujaba hacia el sur a unas nubes, que con su blancura hacían resaltar más el límpido azul del cielo. Nuestra embarcación cortaba las azules aguas levantando abanicos de blanca espuma, que se trasformaban en multicolores gotas al recibir los generosos rayos del sol. Arribamos sin novedad al Islote. No había muelle ni espigón ni nada parecido. A Dios gracias y que por muchos años sea. Se fondeó cerca de la costa y bajamos a un bote que nos transportó hasta un saliente rocoso que formaba una pequeña plataforma. Las olas rompían mansamente y facilitaron el abordaje. Uno a uno, ayudados por manos amigas, fuimos saltando del bote y pisamos roca sin novedad. Una vez en tierra propuse hacer una pequeña caminata. Fue aceptada la sugerencia y decidimos llegar hasta el cráter, punto más alto con 269 metros, y sus alrededores. Este pequeño y dormido volcán tiene poco más de un kilómetro de diámetro y aproximadamente 50 metros de profundidad. Desde nuestra atalaya, con el cráter a nuestros pies, tuvimos ocasión de gozar de un hermoso y amplísimo horizonte, paisaje imposible de abarcar con una sola mirada. Bajamos por su ladera exterior y nos llegamos hasta una pequeña llanada, donde había una semiderruida edificación. En este islote al instalarse el faro en Punta Delgada, segunda mitad del siglo XIX, se produce el primer asentamiento permanente por el farero y su familia, acondicionando zonas llanas para el cultivo de cebada y maíz. En la actualidad está despoblado como sucede con Montaña Clara y los Roques. La vegetación, como en el resto del archipiélago, es escasa y de especies endémicas. Caminamos un poco más hacia el Norte hasta vislumbrar el otro extremo del Islote. Iniciamos el regreso y, casi se me olvida, contaré una pequeña anécdota que nos sucedió cuando caminábamos monte arriba. Es corta. En el transcurso de la marcha, nuestro amigo Paco Reyes, tenor aficionado, hoy día debe tener contrato en algún archipiélago sideral. Me resisto a poner q.e.p.d., pues hay personas con las cuales hemos compartido tantas y tantas vivencias que, creo, siempre estarán con nosotros en nuestras aficiones comunes. ¿ De acuerdo Paco?. De acuerdo Wiso?. Sigamos. Como iba diciendo, a medio camino de la subida, nuestro amigo Paco comenzó a cantar un aria de ópera a todo pulmón. Le acompañaron los graznidos de unas pardelas y algún que otro murmullo del viento. Para nuestra sorpresa, detrás de unas reverberantes rocas y de unos deshidratados matos, surgieron unas voces mandando a callar. ¿Quien tendría la ignorante osadía de acallar tal expresión de afinada y culta alegría?. Muy sencillo. Personal de Medio Ambiente. Ginés se llamaba uno de ellos. Eran del Grupo Ecologista” El Guincho”. Solían ir por allí a controlar a los visitantes. Explicación que nos dieron al requerimiento de no “gritar“; resulta que era época de anidar halcones o pardelas, y las aves no se acercarían a sus nidos ante tal decibélica explosión de bel canto. Guardamos un respetuoso silencio, como debe ser, y seguimos nuestra andadura. Nos costó trabajo consolar a nuestro frustrado cantante, que después se desquitó con creces en una cueva volcánica. A Ginés, para que viera que no guardábamos rencor, le invitamos más tarde a una paella. Ese mismo día nos acercamos en una embarcación a visitar un Jameo. Un Jameo, como casi todo el mundo sabe, es una cueva de origen volcánico. Cuando discurre la ardiente lava, a veces se forman galerías, que cuando se solidifica la derretida piedra, se producen unas cuevas que terminan en la costa, en el mar. Se forma una boca de entrada por la que se puede acceder a su interior, nadando o en bote, dependiendo de sus dimensiones. En este caso el bote nos dejó a la entrada del Jameo. Asesorados por Federico Romero, experto en las mareas de la zona, nos lanzamos al agua e iniciamos nuestra aventura. El túnel tendría uno 18 o 20 metros de largo por unos 3 metros de ancho. De nuestras cabezas al techo, unos 2 metros. Mientras nos adentrábamos nadando era posible, previa parada, ver la luz del día en la boca de entrada y la que se vislumbraba al final del Jameo, luz que penetraba por un cráter a cielo abierto. Los laterales y techo del Jameo eran de colores entremezclados; canelo, verde oscuro y negros. Tardamos unos 10 minutos en el recorrido. Tengo en mente la sensación que sentí mientras nadaba. Era como estar en brazos de un gigantesco animal que, con su tranquila respiración, nos elevaba y descendía con suavidad. Al ser un túnel no muy ancho, el flujo y reflujo del mar, nos subía y bajaba de manera notoria. Creo que de forma sutil este Chinijo Mar nos daba a entender su poderosa fuerza y que, por hoy, teníamos licencia para entrar en sus dominios. Yo, de todas formas, no las tenía muy claras. No hacíamos pié, y el fondo era negro, negro. Seguimos nadando y llegamos al final del Jameo. Nos encontramos con un recinto casi circular de unos 35 o 40 metros. Un cráter a cielo abierto, con nosotros chapoteando en su fondo. Un hermoso y sorprendente lugar. Cuando la Naturaleza se desparrama, mi amigo, no hay arquitecto que la iguale. Después del oscuro recorrido, encontrarnos con aquella catarata de luz, fue una impresión, que no se olvida así como así. Queda indeleble en nuestro archivo mental. Aquí si hacíamos pié y pisamos fondo con erizos incluidos. Creo que hubo un poco de “ chirguete “ general durante el recorrido. Se notó porque al subir a una especie de anfiteatro escénico, con base arenosa, de unos 10 metros de lado por unos 3 o 4 de fondo, nos pusimos a cantar a grito pelado, como para echar fuera la tensión acumulada durante el oscuro trayecto. Aquí se desquitó nuestro amigo Paco, cantando a placer y sin Ginés que le interrumpiera. Madre mía, fuerte escandalera. A los erizos se le pusieron los pelos de punta y los grandes cangrejos en las rocas quedaron petrificados sin dar ni un paso atrás. Después de una media hora regresamos por el mismo camino, y una vez en el bote todo fueron risas y fiestas. Volvimos al embarcadero donde nos esperaba una provocativa paella, a la cual dimos un buen tiento. Allá por la tardecita regresamos a la Graciosa. El islote se fue quedando en la lejanía envuelto en una ligera bruma. Creo que algo de nosotros se quedó por allí. Según nos alejábamos me vino a la memoria un hecho sucedido en el mismo lugar que habíamos visitado. No hace mucho de esto, un grupo de personas entró en el Jameo, con relativo y aparente buen tiempo y se vieron obligados a pasar la noche en su interior, sentados en el pequeño anfiteatro que he descrito anteriormente. El mar se les reviró, de ahora para después, y fue imposible salir pues las olas llegaban al techo del túnel. Tuvieron que esperar a las claras del día siguiente, en que el tiempo mejoró, para poder regresar. Imaginemos la escena. Noche interminable. En bañador. Tembliqueo y castañeo de dientes. Todos engruñados y apretujados para combatir el frío, al oscuro y solo oyendo el batir de las olas a su alrededor.

Hace años, bastantes, que tengo contacto frecuente y directo con la mar oceana y cada vez la respeto más. Reflexionando un poco, por mi experiencia en el trato con ella, he sacado algunas conclusiones. A veces se comporta como un niño chico…cariñoso, bueno, tranquilo, encantador…cuando quiere. De buenas a primeras, sin motivo aparente, se revuelve, se pone violento y no hay quien lo aguante. Te deja molido como un zurrón. Por otro lado, creo, que también ésta bendita mar que nos rodea tiene su lado femenino. A veces nos recibe apaciblemente, nos acomoda en los senos de sus olas, verdes, azules…podemos nadar, margullar, jugar con ella, hacerle perrerías. Pero hay ocasiones, que sin venir a cuento-yo que te lo digo- se enrabisca y nos sacude con violentas marejadas. Se nos muestra indomable y agresiva. Con olas de repetición que no hay quien las meta a camino. Gocemos de ella y de sus dominios, pero siempre atentos a su comportamiento. No digamos nada cuando viene con mar de fondo. Agüita con la señora. Se nos ofrece mansita y ondulante. De repente se hincha, saca pecho en forma de ola, algo parecido a una enorme mano, que si te coge en una peña cercana o en la orilla, arranca por ti y “ojos que te vieron dir por esos mares adentro”. También tiene su punto de presumida. Sabe que es hermosa, que la necesitamos. Cuando está de buenas se queda echadita en las playas, murmullando a las morenas o rubias arenas. A veces se pone de acuerdo con el Sol, el Cielo y las Nubes y nos ofrece unos atardeceres que no hay fotógrafo ni pintor que le llegue a la altura de la orilla.

Nuestro barco, indiferente a mis reflexiones seguía su rumbo, cortando los mares que se le ponían por delante, dejando una blanca estela que se fundía con los verdes y azules de este Chinijo Mar. Llegamos a Caleta del Sebo cuando el Sol, despacito, ya nos iba diciendo adiós…hasta mañana, hasta siempre.

Texto y dibujo: Vicente García Rodríguez

Verano de 2007

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