Comienza un año más con la ilusión del Festival de Música de Canarias, y ya van veintitrés. Es el gran acontecimiento cultural que nos lleva de la Navidad hasta el Carnaval. El mejor festival de música clásica europeo de invierno, según los entendidos.
El Festival de Música de Canarias, sufragado con dinero público y privado, es, a nuestro entender, todo un éxito de cultura, imagen turística y relación interinsular; sin embargo, tiene una asignatura pendiente: su implantación popular.
En efecto, el Festival no ha salido aún de los espacios cerrados; no ha pisado la calle. El Auditorio Alfredo Kraus, sede grancanaria, se convierte en un «búnker» donde los melómanos de las clases acomodadas disfrutan la música de los grandes intérpretes y orquestas del mundo, mientras el pueblo llano – a pesar de los precios “populares”- permanece al margen. No puede decirse que Las Palmas de Gran Canaria ni Santa Cruz de Tenerife (ni el resto del Archipiélago) viven el Festival, como viven, por ejemplo, la Navidad o el Carnaval.
Por eso, entiendo que sería bueno ganar la calle con algún concierto gratuito al aire libre aunque el sonido pierda calidad (¿Por qué no la Filarmónica de Berlín en el escenario de Santa Catalina?), con conciertos infantiles y escolares que fomenten el gusto por la música, con el pasacalle de bandas municipales y, sobre todo, con un mercadillo que fuera referencia y punto de encuentro donde poder contactar con los protagonistas, comprar música y otros objetos alusivos.
Para que este gran Festival de Música de Canarias, con su ya buena historia, perdure, como es nuestro deseo, necesita encontrar el equilibrio entre inversión y disfrute popular. Mientras tanto el canario de a pie que pasea por la playa Las Canteras puede deleitarse escuchando la eterna sinfonía del Atlántico, que es el origen de la gran afición a la música en estas islas.
Luis del Río García
Jardines del Atlántico, 7 de enero de 2007