2ª parte
Llegó el verano, inundando la playa de chiquillos que asustaban a las gaviotas con su vitalidad y alegría.
Fiel a su cita de todos los años, acudió el grupo de primos y amigos, dispuestos a pasárselo en grande. Todos menos Federico, que había tenido la polio y andaba con muletas.
Los niños tenían un amigo en la playa: Antonio, el viejo pescador que les contaba historias. Su mujer también contaba historias; pero no de sufragios ni sucedidos maravillosos. Ella hablaba del mar: conocía las mareas, el viento, la vida y costumbres de cada bicho que anduviera por allí. A los niños les gustaba mucho escucharla, mientras se asombraban con las tonalidades de sus ojos verdes, que parecían llenos de mar y de misterios.
Por su parte, los mayores hacían comentarios acerca de la mujer de Antonio, no muy agraciada pero con unos ojos extraordinarios.
A causa de su impedimento, Federico permanecía solo la mayor parte del tiempo, sentado en la arena, mientras los otros chicos correteaban o se iban a explorar las peñas.
Aquella tarde, Federico estaba especialmente deprimido; rumiaba sus penas, viéndose solo e inmóvil durante días, meses enteros….
Antonio, el pescador, vino a sentarse a su lado.
– ¿Te gusta el chocolate bien espeso?
Claro que a Federico le gustaba el chocolate bien espeso.
– Pues vamos a mi casa -, dijo Antonio.
Vivía en una choza frente al mar, al otro lado del lugar conocido como La Puntilla. Y allá se fueron los dos, pasito a pasito. Después de merendar, Federico esperaba oír alguna historia de la mujer de Antonio. Pero no fue una historia como las que solían contar, del mar y sus habitantes.
“Hace muchos años vivía en este lugar una viuda joven con sus dos hijos, Manuel y Carmen. Un día, la madre conoció a un marinero con nombre de vikingo, que huía de los fríos mares del Norte. Y por allí encontró sol y familia, casándose con la viuda. Fue un buen padre para Manuel y Carmen, y vivían felices. Al año siguiente nació otro niño, que los llenó de alegría. El pequeño Gunnar era el retrato de su padre: blanco y rubio como un dios nórdico. Con el tiempo, se hicieron inevitables los comentarios de amigos y vecinos: comparados con Gunnar, Manuel y Carmen, de piel muy morena, eran “renegríos” y “feúchos”.
Crecían los tres hermanos, y el gran deseo de Carmen era tener los ojos como los de Gunnar, claros y azules como algunas partes del mar. Quería mucho a su hermano pequeño, pero se había convertido en una niña solitaria siempre a su sombra, convencida de su fealdad.
Con el tiempo, Manuel y Gunnar dejaron la choza familiar y se fueron en busca de mejores trabajos. Los padres murieron y Carmen se quedó sola en la choza, entregada a su gran pasión: el mar.
– ¿Por qué no te casas, Carmen? -, era la frase cotidiana de los vecinos.
– Todavía eres joven, y puedes pensar en tener tu propia familia -, añadían otros.
Pero ella permanecía en su choza, observando el mar y todo lo que contenía.
Con el tiempo, los ojos de Carmen empezaron a cambiar de color; tanto miraba el mar, que el mar la miró a ella, reflejando en sus ojos sus tonalidades verdes y azules. Así le agradecía el viejo mar el amor y devoción que siempre le había demostrado”.
La mujer de Antonio calló, y Federico, que la escuchaba en silencio, pensaba en la historia. Por fin preguntó:
– ¿Y que fue de Carmen? ¿Se casó?
– Sí, sí se casó -, respondió ella, mirando a Antonio con sus ojos verdes, que de pura alegría se llenaron de chispitas doradas, como los rayos de sol en el mar.
Aquella noche, en su casa, Federico preguntó a su madre si sabía cómo se llamaba la mujer de Antonio, el pescador.
– Pues no me acuerdo, la verdad… Roberto -, dijo dirigiéndose al padre -, ¿sabes cómo se llama la mujer de Antonio, el de la playa?
– Carmen, me parece -, contestó el padre -. Sí, se llama Carmen.
Mª del Carmen Vallejo de la Fé
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