Una ventana al mar

(Foto: la Peña de los Perros)

A principios del pasado siglo, del brillante y terrible siglo veinte, existía la creencia de que las mujeres embarazadas debían embelesarse en jardines amables y en pinturas suavemente decorativas para que el recién nacido flotara lo más plácidamente posible en un líquido amniótico de lujo.

Igual que la música podía amansar a las fieras era posible lograr recién nacido orondos y futuras criaturas equilibradas, por el sencillo método de darles suaves alimentos para el espíritu. Papilla selecta, bastante antes de llegar a este mundo.

No soy yo quien para avalar o desmentir estas tesis, que imagino que tienen también su paralelo contemporáneo, pero esa estrategia neo natal me sugiere otras posibilidades.

Me digo que las cosas nos resultarían más fáciles si tuviéramos siempre a nuestro alcance una ventana al mar.

Un pequeño rectángulo desde el que aspirar el caliente olor de la marea cuando hay pleamar y el acre sabor de las sebas cuando la orilla parece dispuesta a retirarse hasta casi los dominios de la barra.

No es difícil cansarse de palabras huecas, pero el viejo soplido del viento en el paseo de las Canteras, a mí siempre me parece nuevo. Es la oración que consigue ponerme en paz conmigo misma, con los otros y el mundo.

Y es que la vida se ve de otra manera cuando se ve desde la barandilla de la playa.

Contra la tristeza, el estrés o los agobios, nada como una ventana imaginaria desde la que contemplar horizontes de sal.

La peña de los perros y otras peñas

Encuentro sumamente literarios los nombres de las múltiples peñas que recorren el espinazo de la playa de las Canteras. Imaginemos esta playa como un enorme animal prehistórico, salpicado de manchas.

Entre esos antojos, enormes lunares pétreos, nos encontramos con los lisos del Charcón, los piquitos de la playa Chica, la peña de la Palangana.

Una geografía  rocosa, mitad sumergida, mitad visible, que un montón de amigos se aprestan a explicarme.

Uno me sugiere que la peña de los perros toma ese nombre por su forma, igual que la peña de la Camella. Otro me asegura que su cercanía a la orilla facilitaba que los más pequeños llegaran hasta ella nadando de esa forma peculiar que tienen en común los cachorros de la especie humana y los cachorros de los canes.

Hay también explicaciones con tintes sombríos porque me cuentan que pudiera ser que, desde esa peña, la de los perros, ahogasen a los chuchos cazadores, considerados sobrantes.

Un cruento control demográfico de la población animal, en tiempos menos compasivos.

La mejor información me la regala la amiga que imagina a los guardianes de la plaza de Santa Ana fugándose de su triste destino de inmovilidad, para venir a darse un largo chapuzón en esta playa.

Ella me cuenta que hay otras peñas. Por ejemplo, la que llaman del Balcón.

La que a mí más me gusta es la del Peligro. A sus expensas se han creado, de forma natural, unas especies de cuevitas por las que las morenas viven a sus anchas.

El paraíso de las morenas termina cuando los pescadores nocturnos vienen a por ellas.

No sabemos si los pescadores cantan y las hipnotizan, como las sirenas hicieron con Ulises y sus marineros. O si salen atraídas por el reflejo de la luna en el agua.

Lo único cierto es que las morenas salen de su guarida. Mientras, allí, siguen encerradas y a salvo otras especies más silenciosas y menos codiciadas.

En el interior de las infinitas peñas de la playa hay toda una vida secreta y subterránea.

Anónimo 

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