“Surfear es bailar con las olas”. Gerry López

Gumidafe, pastorcillo de Ayacata (Cuento Canario de Navidad).

Era el tiempo en que las retamas se engalanaban de flores amarillas. Gumidafe, pastorcillo de Ayacata, había salido muy temprano, antes que Magec vistiera de colores la cumbre; y a los primeros rayos del día ya se encontraba en la falda del Roque Nublo.

Vestido con humildes ropas y cubierto con un tamarco, descansaba pensativo sentado sobre una roca al tiempo que vigilaba su guanil.

A Gumidafe le encantaba aquel lugar. Desde allí podía divisar todo el circo central de la Isla: a la izquierda el Roque sagrado del Bentaiga y el Pinar de Pajonales, al fondo Tejeda, a su derecha el Pinar de Los Llanos de la Pez, y en la parte más elevada, en el Pozo de Las Nieves, erguida y orgullosa, La Gañifa, altura máxima de Gran Canaria, a su espalda los roques de La Rana y La Muela y más abajo, Ayacata.

Las cabras pacían tranquilamente, comiendo matas o aprovechaban la sombra de pequeños mocanes y se tendían perezosas a rumiar las jugosas hierbas que habían comido.

Gumidafe dando un fuerte silbido avisó a Guan, su perro, para que obligara a un baifito, que se acercaba peligrosamente a un saliente de la plataforma del Nublo, a regresar junto al resto del guanil.

El pastorcillo llevaba una vida sencilla, metódica. Todos los días se levantaba muy temprano , y después de recoger las cabras de los distintos cabrero, las llevaba a pastar.

No siempre iba al mismo lugar. Durante los siete días de la semana llevaba el guanil a otros tantos lugares, pero cuando tenía alguna preocupación rompía la regla e iba a aquel paraje donde ahora se encontraba, pues la belleza, la paz y la extraña quietud que allí reinaba, parecía acercarle más a Acorán.

Este era uno de esos días en que su corazón había sufrido un duro golpe; hubiese querido quedarse en casa, pero su familia dependía de su trabajo, para sustentar a sus cuatro hermanos menores. Su padre había muerto hacia mucho tiempo, tanto que él ya había olvidado como era su rostro, y por mucho que lo intentaba no conseguía recordarle.

Lo que motivaba su preocupación fue la súbita enfermedad de su hermano pequeño, Guadarfía; desde hacía algún tiempo lo notaba triste. Luego perdió las ganas de comer.

Esa mañana, al despertarse, lo oyó llorar. Gumidafe se levantó rápidamente y se acercó a su lecho. Al mirarlo, un fuerte grito quiso salir de su garganta, pero su natural instinto hizo que se ahogara en su pecho para no asustar a su hermano. Todo el rostro del niño estaba cubierto de sangre, una gran palidez en su rostro y leves convulsiones no presagiaban nada bueno. Gumidafe cerró los ojos, como para tomar fuerza; luego ayudado por su madre limpio la cara de Guadarfía; la sangre le salía por la nariz. Su madre le dijo que no podía ser nada malo, pues ella sabía de otro caso que se había curado con jugo de las hojas de unos veroles machacados. Pero Gumidafe también sabía de otros casos donde la muerte había hecho su aparición a los pocos días de ver esto síntomas.

Gumidafe trataba de no dejarse llevar de la desesperación; pero no pudo evitar que su estómago se pusiera tenso y su respiración se entrecortara cuando recordaba a su hermano, para terminar saliendo de sus ojos, convertidos ahora en diminutos manantiales, pequeñas gotas de lágrimas que caían monótonas en la roca; al mismo tiempo apretaba con fuerza una tabona y con ella golpeaba con rabia el suelo. Esto hizo que descargara la tensión a que estaba sometido.

Luego, ya más tranquilo, ordeñó una cabra. Recogió la aho en un gánigo y acercándose al pie del Roque Nublo, lo levantó en alto; dejó caer el líquido sobre la tierra al tiempo que oraba:

– Acorán dios único, tú que amas a los hombres, tú que ordenas a Magec salir cada día y dominas sobre Gabiot, acepta esta humilde ofrenda de lo único que poseo: La aho de mis cabras, y haz tú que lo puedes que Guadarfía no muera ya que él te ama y nosotros le queremos.

Luego, el silencio, sólo roto por el canto de un pájaro. En el cielo, una nube solitaria parecía querer orientarse hacia donde ir. Magec calentaba más fuerte y no corría nada de viento. Guan ladró y las cabras se movieron. A los pies del Roque, un niño echado en tierra oraba repitiendo una y otra vez la misma súplica desde su corazón.

Pasaron algunas horas. Gumidafe se levantó del suelo; pero su rostro ahora aparecía sereno, tranquilo, con esa serenidad y tranquilidad que sólo la fe es capaz de dar. Se estregó los ojos, llamó a Guan con un silbido y abriendo su morral, sacó algo de comida que ambos compartieron.

Después de comer miro a su perro y le dijo:

– Guan, ¿tú crees que Guadarfía sanará?. El perro le miraba levantando las orejas.

– Yo creo que sí; tiene que sanar, él es muy niño y os niños no deben morir ¿verdad?. Yo he visto morir mucha gente y son siempre hombre o mujeres viejos. Di, Guan, ¿tú crees que sanará?. Guan no se movía miraba a su amo fijamente, con sus grandes ojos negros.

– Cuando un baifito se enferma, la madre le lame su cuerpo y el animal sana. Mamá y yo también, hemos limpiado a Guadarfía, y además he hecho ofrenda a Acorán y sé que él me oirá. No ves que sin hacer ofrendas los baifitos de las cabras sanan… ¿Cómo no va a salvarse mi hermano, si yo le he ofrecido a Acorán aho fresca de la mejor de las cabras que cuido?. Guan seguía mirándole sin moverse.

– ¡Vamos Guan!, Reúne el guanil.

El perro obedeció y corrió ladrándole a las cabras hasta reunirlas a todas.

La tarde empezaba a caer. Un viento suave y fresco soplaba desde el norte. Gumidafe recibió con agrado este cambio de la naturaleza, pues le haría menos fatigoso el regreso a Ayacata.

Las cabras comenzaron a bajar por la parte trasera del Nublo. Guan corría de un lado a otro, ladrando y procurando mantenerlas reunidas. Un conejillo saltó saliendo del centro de un grupo de retamas. Gumidafe cogía piedras y las lanzaba suavemente a las cabras para ir más deprisa.

Según se iba acercando a su casa, su corazón latía más fuertemente. Llegó al pueblo. Sin darse cuenta ya había repartido el guanil y se encontraba en la puerta de su hogar. Respiró profundamente. Entró. Su hermano le miró desde su lecho, su madre le sonreía.

Gumidafe no supo el tiempo que tardó abrazado a su hermano. Su madre seguía sonriendo. Salió fuera y mirando hacia el Nublo, ahora cubierto de nubes, le pareció ver un rostro. En lo profundo de su ser, sintió que Acorán habitaba en las montañas. Después entró de nuevo en la casa. Guan se tendió cerca de la puerta. La noche llegó.

Al siguiente día, veinticinco de diciembre, un pastorcillo saldría de nuevo con su guanil a las montañas. Su rostro reflejaba una alegría infinita.

Ayúdanos a seguir informando día a día sobre nuestra playa: dona

He visto un error 🚨

Comparte

Comenta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

error: Este contenido está protegido con derechos de autor