“Cuando dos caminos se separan… toma aquel que se dirija a la playa”. Hannah McKinnon

Domingo de ambiente primaveral: intervalos nubosos

El próspero istmo de ayer, el polemico de hoy

Viví en el Istmo de las Isletas durante veinte años, desde los cuatro de edad en que me trasladé de Vegueta, barrio en el que nací, al Puerto de La Luz. Y digo de las Isletas porque como ustedes saben, los conquistadores, al acercarse a Gran Canaria por mar, cómo si no, creían divisar varios islotes, que no eran otra cosa que roquedos próximos. También podríamos decir Istmo de Santa Catalina, que es la denominación oficial de este tómbolo geográfico, o de Guanarteme incluso. Mis padres y parte de mi familia lo hizo por cerca de cuarenta años, en nuestra gran casona de la calle Tenerife, semiesquina a la de Albareda, a un tiro de piedra de la playa de Las Canteras. Desde el balcón de casa podía divisarse tanto el mar del puerto como el de la playa, el mismo sonoro atlántico que inspirara a Tomás Morales. Aquella calle, ayer de una anchura habitual en nuestra ciudad y hoy ensanchada por derribo de los inmuebles del lado sur, y entre ellos el nuestro, en cuyo solar y anexos se edifican hoy modernas viviendas, fue la cuna que meció mis sueños infantiles y juveniles, aunque más que cuna fue nave encallada entre dos mares que me brindaban su olor a brisa limpia y roca marina en noches de verano calurosas, plácidas e inolvidables, y el bramido de las olas en días de reboso que llegaban hasta mi cama que ubiqué, ya adolescente, en una gran estancia en la azotea que mi padre utilizaba para pintar sus magníficos cuadros en ratos de ocio. Él se quedó sin su cuartel general y yo inauguré el mío que no abandoné hasta que dejé la casa para contraer matrimonio a los veinticinco años. Alta atalaya, se alzaban majestuosas ante mí las montañas de La Isleta al frente, la playa de Las Canteras a la izquierda, el puerto de La Luz a la derecha, y en el lado sur la prolongación del Istmo.

La calle Tenerife no era la más estrecha, pero sí la parte más angosta del Istmo, la que el mar cubría antaño e impedía el paso hacia y desde La Isleta. Participaba, además, al estar situada casi en el centro de la gran “tirijala” que formaban la calle Juan Rejón y Albareda, la Triana del Puerto, como un día vine en llamarla. Allí había vida, abundantísima actividad comercial, tránsito de gente y trasiego de mercaderías en el hermoso recinto del mercado municipal, de arquitectura singular. Desde el castillo de La Luz hasía el final del parque de Santa Catalina no había rincón que no registrase actividad mercantil. Posteriormente, con la llegada del turismo, se unieron a estas dos calles la de La Naval, preferida por los comerciantes hindúes y pakistaníes; la de Ferreras, que albergaba el cine más elegante del Puerto, el Teatro Hermanos Millares, cuyos propietarios emparentaron con mi familia, hoy el Hotel Imperial Playa, y frente a él, mirando a la misma playa, el definitivo edificio del centenario Real Club Victoria; que acogió en su primera planta la popular sala de fiestas “Costa Bella”; la calle de Sagasta se colmó de residencias que acogieron a los numerosos turistas nórdicos que primero nos visitaron y, en fin, todo el Istmo bullía de vida y actividad.

¿Quiénes no recuerdan el cine más popular de la zona como era el Teatro Cine del Puerto, el apodado “cine viejo”, en la confluencia de la calle Ferreras con las antes mencionadas Juan Rejón y Albareda, que trajo a su cartelera la polémica película “Arroz Amargo”, motivo de una escandalera social que propició la venida al barrio del inefable Obispo Pildain, concretamente a la parroquia de Nuestra Señora de La Luz para tirar de las orejas a los que se atrevieran a ver la “pecaminosa” película y a condenarlos al fuego eterno del infierno en una acalorada homilía dominguera? ¿Y la Librería “Patria” en la que compramos nuestras primeros cuadernos, lápices y gomas de borrar, después de desechar la pizarra y el. pizarrín? ¿Y el colegio Ramiro de Maeztu, el tostadero de café “El Gato”, la Casa Várela, la farmacia de López Socas y de Puig la funeraria de los Parrilla y la panadería de los Jorge, la churrería del mercado, los puestos de flores y de chucherías, los de ropa nueva y usada, el primer establecimiento de ultramarinos, en la esquina de mi calle, el de D. Pedro Cruz Naranjo, mas tarde «’Almacenes Timagada-en la calle Secretario Artiles? ¿Y el negocio de efectos navales, líder en el archipiélago, de Don Mateo González y hermanos, y los calzados Bata “La Luna” y el bazar “Colón” donde comprábamos los juguetes del día de Reyes, la droguería “La Nueva”, y la Casa de Socorro, único lugar en el Puerto a donde acudir si sufrías un percance? ¿Y la elegante tienda de ropa de caballeros “Man”, regentada por el Sr Cárdenes, la no tan distinguida pero muy frecuentada ferretena-droguería y de todo un poco del inefable Sr. Macías, el bazar Atamán, la heladería “Los Polos”, varias tiendas hindúes en la calle de Albareda como “Flor de la India , la tienda de la Sra Viuda de Gumersindo Acosta y Mentado, Dña. Juana, más tarde “Casa Joaquina”, la Bolera, los almacenes de “Walter Sauermann”, de “Cory Hermanos” las oficinas de “Fred Olsen Lines”, el hospital inglés, hoy hotel Cristina de la cadena Melián en cuyos bajos montó y regentó mi padre una tienda de confecciones que llamo “Tirma”, la bodega de los Limiñana, los bares y tiendas del Sanapú y del Refugio, la instaladora “Miranda”, tiendas de comestibles casi en cada esquina…, y así hasta llegar a aquel precioso y simpar parque de Santa Catalina, que ponía películas los fines de semana en una gran telón que se colocaba en la azotea del bar “América”, parque en el que a partir de los años sesenta tomaba el sol, copas y café media Europa.

Hoy el Istmo de La Isleta, depauperado, comienza su rehabilitación para recuperar lo que nunca tuvo que perder: el vigor y la pujanza que un emplazamiento singular ha de atesorar como patrimonio valioso y generador de belleza y de riqueza en bien de toda la comunidad. Da pena leer los titulares de la prensa local acerca de supuestas especulaciones, tramas municipales, portuarias o gubernamentales, y e enfrentamiento de los profesionales de la arquitectura contra lo que consideran una vulneración de su derechos y una aberración urbanística. Parece que ya Europa ha tomado cartas en el asunto -que Bruselas pone reparos al procedimiento que se ha seguido. Personalmente opinamos que no es malo que firmas de profesionales mundialmente reconocidas en la actividad arquitectónica y urbanística, dejen su huella, su impronta, en nuestras ciudades. Pero no siempre todo lo que viene de fuera es mejor; desde aquí también hay cosas que decir y, por supuesto, habilidades, conocimientos y profesionalidad para inventar y levantar maravillas.

Que la verdad, que solo es una y que la luz se abran paso entre las tinieblas de hoy y se haga lo que mas convenga a la ciudad y a sus habitantes. Si no es así habrá que echarse ala calle y en unánime clamor, exigir decisiones y rectificaciones, o detener desmanes y disparates Tal y como hicimos cuando nos hartamos de no tener universidad propia.

Remitido

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