“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Octopus (Cuento)

Los mediodías de verano, los agostos calcinantes, cuando en la playa parece no caber un cuerpo más, yo suelo levantarme de mi estera amarilla. Me sacudo la arena y el polvo de las sandalias y, con paso gimnástico, me pierdo mar adentro.

Entonces nadie me ve, como si en el centro de esa luz cegadora pudiera llegar a volverme invisible.

Más allá de las ruedas negras neumáticas que hacen de salvavidas. De las niñas flacuchas que chapotean y de los galletones deslenguados que compiten entre sí, hay un país de agua que me promete ternuras.

Nado con vigor y me llego hasta esa peña que, en la bajamar, se queda al descubierto.

La segunda peña, la llaman algunos para distinguirla del primer pináculo rocoso que te encuentras si avanzas rectamente desde la orilla.

Esta ladera petrificada en mitad del océano también recibe el nombre de peña del diablo, pero no me pidan que les explique por qué.

Cuando se llega a la peña diabólica se ve la playa distante; como si estuvieras en otra vida.

Hay un ordenado movimiento de gente diminuta; gente que se levanta, que se sienta o camina en un tropel disciplinado. Son los bañistas del sábado.

Una multitud que agobia.

Tampoco en la peña del diablo estarás sola…

Por entre las rocas caminan hacia atrás algunos cangrejos rosados que caben en la palma de una mano; moluscos que disimulan su torpeza y sopor; corazones de medusas; pequeños peces que se mueven nerviosos en los repentinos charcos cristalinos.

Hay también algas pegajosas de diversos tamaños y texturas.

A veces el esfuerzo de nadar me deja un impulso furioso; una salvaje ansia de comida. Y entonces, los inofensivos cangrejos rosáceos empiezan a perder sus patas que crujen como cáscaras de nueces entre mis dientes voraces.

Arrojo lejos los caparazones mutilados y se forman en el mar caprichosas ondas como cuando tiras al agua el anillo de una pasión olvidada.

En la peña, además, hay una roca mucho más lisa que las otras.

Un lecho que parece esperarme.

No me hago de rogar. Me tiendo con ese gesto lento, elegante y resignado de las vestales que acuden al encuentro de su destino: a la piedra sagrada de los sacrificios.

En la piedra lisa de la peña del diablo ofrezco mi piel lustrosa. El sol del mediodía me toma. Y, entonces, las cosas, todas, parecen alcanzar esa armonía necesaria.

Pero la dulce caricia tibia es únicamente un preámbulo. Porque después el cuerpo gigantesco de un pulpo me oscurece y me abraza.

Y vuelvo a pensar lo de siempre que las descargas eléctricas apenas se parecen a las caricias.

Otra vez ha llegado provocando maremotos, presumiendo de su fuerza abisal. Gigantesco. Monstruoso. Pobre bestia marina.

Si giro un poco la cabeza, en dirección a la arena distante, veo un montón de hormigas que huyen despavoridas. La playa volverá a quedarse desierta…

En cuanto a mí, sé cómo tratar a Octopus.

Sé cómo desasirme de sus ocho tentáculos melancólicos. Tiene tantos brazos como alguna diosa sagrada y su deseo de agradarme, no por brutal, es menos sobrehumano…

(1) Del libro Fieras y ángeles. Un bestiario doméstico, publicado por el Centro de la Cultura Popular Canaria

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