“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

La playa viva

Caminos largos, anchos, llanos o a veces ligeramente ondulados. Pero caminos que van y vienen siempre cambiando en algo. La arena brillante lanza el sol hasta mis labios y arden tenuemente. Más adelante o más tarde esa misma arena se vuelve blanda y húmeda por la visita habitual de la marea que llega casi sin verse, sin oírse, como una desconocida deslizada sobre la bruma que mana del océano.

Pareciera que aquellas arenas resecas al calor hostigador del mediodía nunca hubieran conocido el mar. Y sin embargo, puntual, el agua enjuga los granos cada tarde y cada mañana, y en cada visita trae una novedad. Aquí deja hoy un montículo y mañana será hondonada.

Esta noche el mar ha llenado la orilla de baldosines de lejanas conchas. ¿En qué otras playas habrán brillado antes? Relucen como lentejuelas a la luz amarilla de las farolas del paseo, que sinuosa, sin convicción, llega hasta el agua somera de la línea de marea.

El viento ayuda siempre en este juego de creación perpetua. Puede abatir con su fuerza la duna más orgullosa; esa que por el hecho de haber pervivido dos días ya cree en la eternidad. Pero otras veces muestra un carácter menos violento, su personalidad de brisa; y si te recuestas en la arena y miras a ras de suelo, puedes ver como ruedan, saltan, aparecen y desaparecen los granos de más fulgor. Quizá sea igual el acontecer frenético de una galaxia que nace.

El camino por la playa, ¡cuánto lo habré hecho! Y nunca he pasado por él en dos ocasiones iguales.

El sol y las nubes vienen cada hora del día en cada día distinto del año a dar su toque personal. A veces, el sol enorme se desploma en un derrumbe lento de llamarada en la línea final del mar; la misma por donde comienza el cielo (¿acaba el mar? ¿Empieza el cielo?) Esas veces, el agua se tiñe de cobre reverberante y toda la bahía parece un lago de líquidas llamas. Las barcas, la gente, las montañas, se vuelven entonces de oro rojo.

Otras veces los habitantes marinos cambian el sendero de la playa y las algas ponen una alfombra en ocasiones verde, otras encarnada, otras amarilla…

El mar, la arena, el sol, la bruma, el viento, las algas, las conchas viajeras … dan vida a los caminos innumerables de mi playa… De nuestra playa viva.

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