“Cuando dos caminos se separan… toma aquel que se dirija a la playa”. Hannah McKinnon

Domingo de ambiente primaveral: intervalos nubosos

Entrevista al escritor J.J. Armas Marcelo: ” Toda la ciudad, por sus cuatro costados, se mira en el espejo del mar”

Juan Jesús Armas Marcelo nace en Las Palmas de Gran Canaria en 1946 y vive aquí su infancia y adolescencia. Se traslada a estudiar a Madrid, donde se licencia en Filología Clásica por la Universidad Complutense en 1968. Vuelve a su ciudad natal para fundar Inventarios Provisionales Editores y publica obras de poetas españoles y latinoamericanos. En 1978 regresa a Madrid como colaborador literario y periodístico en medios de comunicación de ámbito nacional e internacional. Su actividad como novelista despunta en 1974 con El camaleón sobre la alfombra (Premio Galdós, 1975), y, en 1976, Estado de coma. A su tercera novela, Calima (1978), le siguen Las naves quemadas (1982) y el relato corto Fantasía del caminante (Premio Puerta de Oro de cuentos). Otros títulos como El árbol del bien y del mal (1985), Tirios, troyanos y contemporáneos (1987), El otro archipiélago (1988), Vargas Llosa. El vicio de escribir (1991, y reed. 2002), Madrid, Distrito Federal (1994), Los años que fuimos Marilyn (1995), Los dioses de sí mismos (1996), Así en La Habana como en el cielo (1998), El niño de luto y el cocinero del Papa (2001), La Orden del Tigre (2003) y Casi todas las mujeres (II Premio de Novela “Ciudad de Torrevieja”, 2003), le sitúan entre los novelistas y ensayistas de habla hispana más reconocidos.

Su interés por todos los géneros le ha llevado a formar parte de diversos jurados como el del Premio Príncipe de Asturias de las Letras; el Premio Alfonso García-Ramos de Novela; el Premio Nacional Fomento de la Lectura a través de los Medios de Comunicación; o el Premio González-Ruano de Periodismo, que él recibió en 1998 por su artículo de ABC “Relevo en el imperio del leopardo”, dedicado a la caída del régimen de Mobutu en el antiguo Zaire.

Este “canario por los cinco costados” –“¿Cuál es el quinto?”, le preguntó en una ocasión Luis del Olmo; y él contestó sin mucho esfuerzo: “El del alma”-, regresa a las islas con frecuencia y, durante años, ha formado parte del Comité Asesor del Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria. También ejerce su labor periodística semanalmente en Canarias 7 a través de sus columnas de opinión sobre temas de actualidad. Sin embargo, esta mañana no iremos a buscarle al teso, hoy seguiremos sus pisadas en la arena de Las Canteras y le preguntaremos por el alma de la Ciudad del Mar.

– T.- Buenos días, Juancho, ¿cómo estás? Me gustaría que nos hablaras de este lugar al que regresas cíclicamente a descansar. ¿Por qué esta playa? ¿Tu vida de viaje encuentra algo especial en esta esquina del mar?

– J. J.- El paisaje de la memoria no es un tópico. Nos habita y reaviva los recuerdos más nítidos de la infancia. Durante años viví pegado al Muro Marrero, en la calle Sargento Llagas. Así que Las Canteras es sustancial en ese paisaje y en mi memoria. Por eso regreso cada vez que puedo a escuchar de cerca esa exacta orilla de la mar, a recorrerla en todas sus esquinas, a sentirla e imaginarla siempre de nuevo.

– T.- Cuando nos ponemos a hablar del tiempo en esta playa eterna, quiero decir, de los años que han pasado, de los recuerdos que llegan al galope del viento con sólo respirar el olor de las sebas… ¿tú no crees que eso del tiempo no fue una invención? ¿No te parece que aquí no hay pasado ni futuro? ¿No crees que cerrar los ojos al sol de este mar es volver a tener la edad que uno quiera recreando la memoria?

– J. J.- Cualquier concepto está ya lleno de tópicos. Imagínate lo que es el tiempo. Dicen que el tiempo pone a cada uno en su lugar. Semejante disparate, salvo que signifique que todos acabamos en el mismo sitio -cosa que es verdad-, es digno de estudio psiquiátrico. Pero el estereotipo del tiempo tiene un arraigo y un prestigio que todo cuando se diga de él resulta ver, sin añadir análisis alguno. Es verdad que, al hablar de Las Canteras, puede decirse que el pasado y el futuro se asientan en su presente. Ojalá siempre sea así. Hemos destruido mucho y no soy muy optimista. Hubiera querido ver siempre la playa como la conocí de niño, pero en su defecto me gustaría recordarla siempre como está ahora. Sigue tan esplendorosa como la llevo en la memoria.

– T.- A ver… respira y dime: ¿hasta dónde te has ido?

– J. J.- Ahora, frente a esa pregunta, con la vista de la imaginación, hasta el corazón de El Confital. Desde la arena, desde Las Canteras, cada vez que voy, escribo unas líneas de un relato interminable, con el sol arriba de la playa, el ruido suave de la orilla y el yodo de la mar recordándome el silencio.

– T.- Tú dijiste una vez que “toda la ciudad, por sus cuatro costados, se mira en el espejo del mar”, y es cierto, porque la playa de Las Canteras es un símbolo sagrado para todos los que vivimos en Las Palmas de Gran Canaria. Es algo muy importante que no queremos perder. Se trata de conservar cosas esenciales que tienen que ver con nuestro equilibrio. ¿Cómo ves tú el futuro de esta playa? ¿Tú crees que seguirá el mismo camino de destrucción de otros paraísos?

– J. J.- No soy muy optimista con respecto a Canarias. Y lo siento mucho. Me hubiera gustado ser muy, muy, muy optimista. Creo que para eso tendría que haberme dedicado a ganar dinero con la especulación y la construcción, por ejemplo, y no a ser escritor y a tener a flor de piel el espíritu siempre dispuesto a la crítica. Lo siento, de verdad.

– T.- Un día te leí también una curiosa metáfora para la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria: “… navega aquietada como un lento caimán que jamás se mueve de su lugar exacto”. Confiésame una cosa: ¿tú piensas que aquí existe una mentalidad que quiera desarrollar este paisaje que día a día se desvanece?

– J. J.- Creo que no. Desgraciadamente, no. No sabes cuánto me gustaría equivocarme, pero los hechos son tozudos. Para ciertas clases dirigentes, con excepciones, desde luego, el verbo “desarrollar” lleva implícito el enriquecimiento económico aunque sea a costa de la destrucción del paisaje. César Manrique lo expresó con una intuición estética y un conocimiento de causa que no dejan lugar a dudas.

– T.- Te estoy escuchando y me vienen a la memoria las palabras de un libro de Anton Shammas: “Arabescos”. Amira cuenta que se podían sentir los olores de la playa de Alejandría flotando tras las palabras de su padre, también el olor de la cocina de su madre… Creo que algo parecido le ocurre al que ha vivido como tú su infancia en Las Canteras. Llevas el mar a flor de piel. Muchísimas gracias, Juancho, por compartir con nosotros este ratito de charla. Buen viaje y hasta la próxima.

Teresa iturriaga Osa

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