“En el mar no hay pasado, presente o futuro, sólo paz”. Jacques Cousteau

Calor. Ambiente tranquilo. Calimoso

Memorias playeras con Luis García de Vegueta (VII). El Sensat

(Documentos extraídos del diario de navegación de Sensat)

– ¿En qué parte de la playa de Las Canteras fue tomada esa foto?

– En esa foto, estamos muy cerca del antiguo Balneario de Galán. Era una caseta pintada de verde, bueno, más que una caseta, era un casetón, porque era enorme, ya que se fueron añadiendo casetas y otras dependencias a una unidad central. Surgieron, poco a poco, alrededor, en la parte del restaurante. Allí se desnudaban los turistas o la gente del país que venía a la playa y se cambiaban de ropa, para ponerse el traje de baño. Y, claro, era el sitio -podíamos decir- de reunión, de la gente que venía a pasar un día a la playa y se iba a comer a ese restaurante porque tenía fama de que ofrecían un gastronomía bastante selecta. En una época, en los años veintitantos, tenían en frente un barco que se llamaba “Sensat”, cuando Josefina de la Torre -que el año pasado murió de 93 ó 94 años- tendría 23, 24 ó 25 años, y fue elegida la presidenta del que se llamó Club de Natación Gran Canaria. Ese “Sensat” era un barco velero que fue de varias compañías, entre ellos, de la familia Bosch, y de otros, también del país. Fue pasando de mano en mano y era de los que hacían la carrera de La Habana, del Caribe, en general. Iban a La Habana o a Veracruz, por ahí cerca, en Méjico. Y hay un célebre soneto de un marino que lo dirigió, que era procedente de Lanzarote, y que habla de las grandes aventuras que corrió a bordo de ese navío. Ese barco era de un tonelaje importante para la época, es decir, yo no sé… pero, seguramente, sería de unas 80 toneladas o así. Fue, como si dijéramos, recompuesto, arreglado, pintado, etc. y se le cortaron los palos. De uno de ellos, por cierto, existe una factura que demuestra que se vendió por 500 pesetas -el mástil principal que era altísimo-, porque el barco había sido adquirido por 3.000 pesetas a los últimos propietarios. Y decía que, entonces, se hizo muy célebre el Club de Natación de Gran Canaria que presidía Josefina de la Torre. El gerente de la entidad era el cónsul de Uruguay, que se llamaba don Silvio Montero, y que fue definido -porque se acostumbraba a bañar por los alrededores del barco- como “un ballenato”.

 

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– Porque estaba muy grueso…

– ¡Un ballenato flotante! Sí, sí, porque estaba muy grueso y era un individuo de una fuerte personalidad. Y que… en fin, estaba presente en todos los actos sociales que se hacían entonces. Y hacia 1928, cuando la división de la provincia, vino a la ciudad el que entonces era el dictador de la célebre “dictablanda”, para diferenciarla de la otra nefasta “dictadura”; éste era Miguel Primo de Rivera y fue hasta ese barco. Había un muellecito de madera en la zona, más bien, de La Puntilla, es decir, tirando de la Casa de Galán hacia La Puntilla, y ahí, montó en una falúa que tenían preparada para llevarle al barco. Entonces, el general quedó tan entusiasmado con Josefina de la Torre, la joven poetisa, cantante y una belleza en su época, que al día siguiente -o a los 2 ó 3 días-, en el Ayuntamiento de Las Palmas, en el Salón Dorado, le dieron un banquete a Primo de Rivera como acogida de la ciudad y agradecimiento por la separación de la provincia en las dos actuales provincias. Y, entonces, las autoridades competentes o, mejor dicho, el jefe de protocolo de aquella época, quiso sentar al lado de Primo de Rivera al obispo de la diócesis, pero, claro, Primo de Rivera, que era un estratega militar, hizo las correspondientes maniobras para que, en lugar de que le sentaran al obispo, le sentaran a…

– ¡A Josefina!

– A Josefina, sí, a Josefina de la Torre.

– Tonto no era…

– No… y al obispo… (nos reímos) lo sentó por otro lado. En fin… eso fue una época en la que todo el mundo disfrutaba esa larga temporada de la playa de Las Canteras. Y era esa época en la que, en todo su esplendor, brillaba el sol rara vez, porque entonces lo ocultaba la llamada “panza de burro” que era -desgraciadamente, ahora se ha dado cuenta el público- la principal colaboradora de la naturaleza para que la gente disfrutara de un verano agradable, fresco…

– Sí, ¡y sin quemarse!

– Y sin quemarse demasiado, era una especie de filtro…

– Sí, porque, en aquella época, no había bronceadores, ¿no?

– No, me imagino que no.

– A lo mejor les daba su madre algún aceite o algo…

– No, no sé… que yo recuerde, no.

 

Teresa Iturriaga Osa

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