“Cuando dos caminos se separan… toma aquel que se dirija a la playa”. Hannah McKinnon

Viernes: con la brisa del norte llegan las nubes

Memorias playeras con Luis García de Vegueta (V)

(Foto: Pandilla de Luis García de Vegueta-colecc. Esther Suárez)

– Vamos a hablar de esta fotografía con su pandilla en la playa… ¿Qué recuerdos tiene de ella?

– Bueno, esta foto en la que estoy yo aquí, a la derecha -yo soy el que está aquí con gafas tendido-, veo que los tres chicos, los tres varones -porque los demás son niñas-, tenemos gafas. Mi hermano Pepe está a la izquierda, después Antonio Rodríguez García –hermano de Leoncio, el abogado, y tío de Jorge Rodríguez, el que fue concejal de Urbanismo-, desaparecido en la Guerra Civil, la nefasta Guerra Civil… Bueno, es un grupo de chicos y chicas que estamos en la playa de Las Canteras y, como pueden observar, todos estamos –los varones, sobre todo, porque unas chicas están en traje de baño y otras no- con albornoz, que era obligado en aquel tiempo. El albornoz no se podía quitar si no era en la orilla del mar para el baño.

– ¿Y quién puso esa norma del albornoz?

– Era curioso porque era la época del obispo Pildain, en aquellos apocalípticos discursos en que condenaba la promiscuidad que se veía en la playa. Incluso, llegó a pensar en poner una soga, una línea divisoria para que estuvieran los varones, por un lado, y las chicas, por otro. Y, en fin, una época que, incluso, los guardias municipales tomaban por su cuenta la preservación de las buenas costumbres y, cuando llegaban ante un bañista que estaba tendido tomando el sol sin albornoz, le indicaban: “Cuídese… tápese la moral”. Es decir, que se pusiera una toalla o un albornoz o lo que sea, pero por lo menos tenía que taparse la moral, una extraña definición de lo que ustedes ya pueden imaginar. Bueno, era una época en que los chicos empezaban a salir con las chicas. Como ven ustedes aquí, estamos todos en un grupo porque antes había que contar con la gente mayor, es decir, no se imaginaba nunca una pareja de novios hablando entre sí sin que estuviera presente una persona mayor de la familia. Aquí, por cierto, había una curiosa costumbre que era “los noviazgos de balcón”.

– ¿De balcón?

– De balcón. Es decir, en la parte antigua, yendo de la playa a Vegueta o Triana, era normal que a las seis o siete de la tarde, se viera a una chica asomada a un balcón, como es natural, del piso alto. Allí, entonces, las casas rara vez pasaban de dos niveles, es decir, en planta baja y planta alta, incluso se tenían por rascacielos las casas de 3 ó 4 pisos, y cuando se hizo el Hotel Parque, todo el mundo decía que era el no va más, era como un rascacielos, ¿no?, ¿sabes el Hotel Parque?

– Sí, sí, en San Telmo.

– Y, como decía, era costumbre que en los noviazgos estuvieran el chico en la calle, mirando para arriba, hablando con la novia y, claro, tenían que interrumpir la conversación cuando pasaba una tartana o un automóvil y volverla a reanudar.

– ¿Pero aquí también?, ¿en la zona del Puerto también era costumbre el noviazgo de balcón?

– Bueno, eso era en todas partes, pero por aquí todas las casas eran terreras y era más difícil encontrar dos personas hablando de…

– Sin embargo, en esta foto, yo no veo a ninguna persona mayor… Aquí estaban ustedes solos…

– Noooo… porque estamos en la playa.

– ¿Ahí sí se podía?

– Claro.

– ¿Ahí no hacía falta que bajara una persona mayor?

– No. Yo te hablaba de las personas mayores cuando había un noviazgo y, entonces, hacía falta el ojo avizor de alguien de la familia.

– Bueno, pero aquí en la playa, también podían perderse…

– Noooo. Quiero decir, para que no hubieran tocamientos…

– Sí, sí, pero en la playa también podían irse a La Barra y allí estar juntos…

– Hombre, claro, sí, pero…

– Ahí no había vigilancia…

– ¡Claro que sí! Pero ya digo, era más…

– ¿Más difícil?

– Más relajada… más difícil… o lo que fuera.

Teresa Iturriaga Osa

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