Memorias playeras con Luis García de Vegueta (I)

(Foto: Don Luis en su casa de la calle Sagasta)

T.- En su infancia, usted pasaba los veranos en Las Canteras, ¿no? Cuéntenos alguna cosa de aquella época, de cuando era niño… los juegos… la playa…

G. V.- Bueno, aquí delante de casa, donde estamos ahora, estaba el Balneario Galán. Eran unas casetas enormes… ocupaba ahí lo menos 200 ó 300 metros cuadrados, porque había empezado a crecer como a eso que le añaden células… Hubo una célula matriz, pero luego empezaron a salir al lado, y total, ocupaba un montón de espacio. Entonces, este señor, es decir, Antonio, Antonio Galán, tenía un hijo que era epiléptico, pero que era muy aficionado a margullar –aquí, como tú sabes, margullar le llamamos a bucear o sumergirse en el mar-, entonces, este chico tuvo en aquel tiempo unas fiebres de cuarenta grados y él se escapó. Él hablaba un poco a borbotones… El chico se escapó, se fue al mar, se sumergió y fue nadando bajo el agua, buceando, margullando, hasta cerca de la barra, porque tenía una potencia tremenda, para batir el récord, ahora le hubieran dado medalla de oro… de buceo. Y, entonces, contaba él: “Desapareció gripe, desapareció fiebre, desapareció temperatura y aquí me tienen”. Eso le sirvió para curarse.

T.- ¿Ustedes bajaban a la playa desde la mañana?

G. V.- Bueno, estábamos metidos en la playa, en el mar… ¿te acuerdas…? Si tú has estado mucho tiempo en el mar, se te ponen los dedos arrugados y eso. Nosotros estábamos desde que amanecía hasta la noche metidos en el agua.

T.- O sea, desayunaban y ya salían corriendo para la playa…

G. V.- Corriendo a la playa. Digo de chiquitillos…

T.- ¿Subían a comer a casa?

G. V.- Sí, comíamos en la casa, como es natural.

T.- Y, luego, otra vez a la playa.

G. V.- Otra vez a la playa.

T.- ¿Y guardaban dos horas de digestión para bañarse después de comer o cómo era eso?

G. V.- Oh… yo me acuerdo de que una vez me puse ahí al sol y cogí una insolación, porque, claro, después de comer, sale el sol fuerte y todo eso. Pero para bañarse no, estábamos todo el día metidos en el agua en traje de baño, saliendo y entrando…

T.- ¿Y qué hacían? ¿Mariscaban?

G. V.- No, de todo, ir a pescar a la barra chica. La barra chica es la que estaba delante del muro Marrero, y ahí, pues a coger gueldes y fulas, esos pescaditos pequeños… Íbamos al mercado, había allí a una tienda de un tal Pepito Pérez, que era lo que llamamos aquí… era buena persona, pero era un “calentón”, y, entonces, íbamos allí y el hombre cogía unos enfados terribles… Dice: “Me vienen a comprar los anzuelos -los decíamos de mosquilla-, y, después, vienen los pescadores y no encuentran anzuelos”. Digo: “Demonio, pero si usted es comerciante y los vende… mejor… sea quién sea… sea pescador o no sea”. Bueno, y nos gustaban mucho las cometas, las hacíamos nosotros, y, entonces, íbamos a comprar allí y entrábamos tímidamente, fíjate tú… chiquillos de siete, ocho años, y decíamos: “Pepito, deme un papel encarnao y otro verde”. Él metía la mano y decía: “¡El que salga!” ¡Pum! Y había que aguantarse… si salía verde o amarillo o lo que fuera… no teníamos ni opción de elegir el color.

T.- ¿Y cómo aprendieron a nadar? ¿Quién les enseñó?

G. V.- Uy… eso sí que es un mal recuerdo para mí, porque… estábamos un día en un bote y estaba mi madre y una hermana suya gemela, que, por cierto, eran diferentes, no eran mellizas de ésas que son dos gotas de agua iguales, ¿no? Era completamente diferente. Mi madre era rubia, de ojos azules, y mi tía era morena y de ojos castaños. Bueno, y estábamos allí… yo debía de tener cinco años o… seis… En lo alto, mi tía Carmen me pega un empujón y dice: “¡Al agua! Porque tú eres el único niño de tu edad que no sabe nadar”. Y me empuja al agua… claro, yo no hacía… era cerca de la orilla, yo nadaba estilo perro o lo que fuera… hasta que…

T.- ¿Y así aprendió?

G. V.- Siiii…

T.- Sin flotador…

G. V.- Aprendí, aprendí entonces. Sin flotador ni nada… nada, qué va. Claro que habría flotadores, pero eso… estábamos en el bote, en traje de baño… estábamos muy cerca de la orilla… yo no hacía pie. Además… ja, ja, ja, estuve a punto de ahogarme allí.

T.- ¿Y qué tipo de juegos se hacían en la playa?

G. V.- Bueno, ahí ponían, a unos diez metros de la playa, un flotador que le llamábamos “tabladillo”, que era un pavimento –podríamos llamarle- de madera, una especie de balsa con unos toneles, tres toneles por cada lado… seis toneles o no sé cuántos… que flotaba. Pero eso era puesto oficialmente por el ayuntamiento. No era particular ni nada. Y era la estación de descanso entre la orilla y la barra. Llegábamos hasta ese tabladillo, y, después, el que se atrevía, seguía nadando para la barra. Yo nunca tuve valor porque yo tenía mucho miedo, porque mientras iba por la arena, pues… estaba más o menos tranquilo, pero desde que iba por una zona que había sebas, es decir, algas, fondo oscuro, fondo negro –le llamábamos nosotros-, tenía miedo porque había visto por aquel tiempo… me acuerdo de niño, unos chuchos… ¿sabes lo que son? Mantas, pero pequeñitas…

T.- Sí, pero ésas no hacen nada, ¿no?

G. V.- No harán nada, sí, pero tienen… es como el torpedo y eso. Tienen un rabito urticante que puede picar. Pero yo, por lo que fuera, tenía un miedo a los bichos esos… y, claro, en la oscuridad, se había visto alguno por ahí. Uy… cuando veía aquello, el fondo negro…

Teresa Iturriaga Osa

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