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Canarias en la obra de Agatha Christie (II) por Carlos Platero Fernández

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En el año 1977, ya en la cúspide de su fama, conocida en casi todo el mundo también como “la reina del crimen” con sus numerosas obras entre novelas policíacas y recopilaciones de relatos cortos traducidos a diversos idiomas con millones de ventas de ejemplares, publicó Agatha Christie su “An Autobiography”, en español “Autobiografía”, en 1978. Y entre sus recuerdos volvió la genial escritora a rememorar a las islas Canarias, sin duda a las que conoció en 1927 y que describió diciendo que, entonces, “Orotava era un lugar encantador, con la gran montaña que lo dominaba todo y las maravillosas flores que crecían por todas partes. Había, sin embargo, dos cosas que me molestaban: la bruma que descendía de la montaña al mediodía y que convertía lo que había sido una espléndida mañana en un día completamente gris, a veces incluso llovía; y los baños de mar, que para los aficionados a nadar resultaban horribles: tenías que tumbarte boca arriba en una playa volcánica en pendiente, enterrar los dedos en la arena y esperar que las olas te cubrieran. Pero tenías que ir con cuidado para que no te cubrieran demasiado pues se habían ahogado ya muchas personas. Resultaba imposible meterse en el mar y empezar a nadar; solo lo hacían los dos o tres nadadores más fuertes de la isla e, incluso, uno de ellos se había ahogado el año anterior. Por eso, al cabo de una semana nos trasladamos a Las Palmas de Gran Canaria”.

“Las Palmas me parece aún un lugar ideal de descanso en los meses de invierno. Pero creo que hoy día se ha convertido en un gran centro turístico que ya ha perdido su encanto de entonces. En aquel tiempo era un lugar tranquilo y lleno de paz. Iba muy poca gente, salvo los que se quedaban uno o dos meses y lo preferían a Madeira. Tenía dos playas perfectas; la temperatura también lo era; la media era de 21 grados, que para mí es la temperatura ideal del verano. La mayor parte del día soplaba una brisa estupenda y las noches eran lo suficientemente cálidas para sentarse al aire libre”.

Y Agatha Christie terminó aquella parte de sus memorias relatando un determinado episodio en el que enfatiza un tanto sobre la particular idiosincrasia del español, del canario en este caso:

“Solo ocurrió un incidente digno de mención cuando salimos de Las Palmas hacia Inglaterra. Llegamos al Puerto de la Luz para coger el “Castle” y, entonces, descubrimos que el Osito Azul se había quedado en tierra. El rostro de Rosalind empalideció inmediatamente: “¡No me marcharé sin Osito Azul!” , dijo, llorosa. “Nos acercamos al conductor del autobús que nos había llevado hasta allí y tratamos de convencerle para que fuera a buscarlo al hotel, dándole una generosa propina que no pareció interesarle. Por supuesto que iría a buscar el pequeño osito azul y, además, regresaría tan rápido como el viento. Nos aseguró que, mientras tanto, los marineros no dejarían que el barco zarpara, no sin el juguete favorito de una niña. Yo no estaba de acuerdo con él porque se trataba de un barco inglés que procedía de África del Sur. Si hubiera sido español, no hay duda que esperaría el tiempo necesario, pero éste no. Sin embargo, todo fue bien. Justo cuando empezaron a sonar las sirenas y se comunicaba a los visitantes que abandonaran el barco, apareció el autobús envuelto en una nube de polvo. El conductor corrió y saltó hacia la pasarela. Osito Azul pasó a brazos de Rosalind en cuestión de segundos y ella lo estrechó contra su corazón, emocionada. Un final feliz para nuestra estancia en Canarias”.

Carlos Platero Fernández

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