El hombre del helado. (Serie-Cuentos, estampas y leyendas canarias)

Sí, fue un día muy emocionante, aquel en que llegó a Las Palmas el helado. Con el siglo XX, llegó la luz eléctrica, y en 1901 se instaló la primera fábrica de hielo en la isla.

Al decir que llegó el helado, queremos decir que, democráticamente, ahora era asequible a todos los bolsillos por humildes que estos fueran; lo había de todos los precios, desde la modesta galleta de “perra chica” a la respetable y oronda de “dos perras gordas”, y de ahí para arriba la cantidad que cada bolsillo pudiera soportar. Antes, tan sólo había sido manjar de gente adinerada y mesas opulentas, para las que también el poderlo conseguir era toda una aventura, por lo que tan sólo hacía su aparición en contadas ocasiones o fiestas de mucha campanilla.

Bien es verdad que en las postrimerías del siglo XIX, ya había una pequeña heladora en la ciudad; se llamaba “Mar Fea”. Con tan sonoro e hiperbólico nombre, estaba situada a orillas del Guiniguada, en la esquina de la calle Muro y la Plaza del Príncipe Alfonso (hoy Plazuela), en una casucha vieja y destartalada, que siempre se inundaba cuando en los inviernos lluviosos corría el barranco Guiniguada. En ella se servían deliciosos sorbetes y helados. Para poderlos hacer había que traer la nieve de los profundos pozos de la Cumbre, donde se guardaba envuelta en paja, y así, entre esa paja y recubierta con mantas, se trasladaba en mulas hasta la Vega de San Mateo y desde allí a Las Palmas. Otras veces, se importaba desde la vecina isla de Tenerife, de donde llegaba en pequeños veleros.

Ni qué decir tiene que la llegada del helado vendido por las calles fue toda una novedad que conmovió a toda Las Palmas, ciudad tranquila, amodorrada al sol, con sus calles estrechas y empedradas, sus carros, sus tartanas y sus bellas mujeres envueltas en mantillas que airosamente lucían cruzadas sobre el pecho mientras le sombreaban los ojos llenándolos de misterio.

En toda la ciudad no se hablaba de otra cosa; mientras, el hombre del helado, con su trompeta chillona y la garrafa del rico postre cargada al hombro, un “paisa” venido de un lejano rincón de la Península, con sus blancas alpargatas de esparto, pantalón de pana verde, su negra faja que le servía de cobijo al monedero, y hacía contrastar más la blancura de la arremangada camisa, el negro chaleco abierto, el rojo pañuelo al cuello, todo ello rematado por una negra boina, voceaba, cantaba en sonoro recitado su rica mercancía.

Al conjuro de su trompeta se conmovía la ciudad, se abrían las puertas de las casas, las calles se llenaban de chiquillos y, cual otro “Flautista de Hamelin”, los hacía correr a su encuentro.

Por las mañanas, hombre astuto para los negocios, con andar pausado se paseaba frente a la Plaza del Mercado y allí empezaba lo que bien pudiéramos llamar “ceremonio de venta”.

Primero era el prolongado y estridente grito de la trompeta:

Pupuuuu…, pupuuuu…, pupuuuu…

Y luego, con una voz chillona y un poco gangosa, gritaba:

¡Al helaoooo!…, ¡al ricoo mantecaooooo!…

La mujer que va a la Plaza

y se toma un rico helao,

cuando regresa a su casa

y da al niño de mamar,

éste pregunta asombrao…

¡¡ay qué rico, mamaíta!!,

¿qué “más” dao?

Mantecao, hijo mío, mantecao

de la Plaza del Mercao…

¡Pupuuuu… pupuuuuu… pupuuuu…!

¡Al rico helao…!, ¡al rico mantecaoooo…!

Ni qué decir tiene que, al conjuro de toda esta salmodia, y a la llamada de la trompeta, pronto quedaba el cacharro, corazón de latón de la garrafa, vacío, y no era extraño el oír los comentarios del goloso “¡ay, qué rico!”, o el del que, glotón, por apurarlo deprisa, al sufrir las consecuencias, con la mano en la boca se quejara… “¡ay mis muelitas! ¡ay mis muelitas!”

Luego, la chiquillería insaciable, por “cortesía” del hombre del helado, daba fin a lo que quedaba, el salado hielo que había ayudado a mantener endurecida la dulce crema. Así que se oía:

-Ande, cristiano, deme un cachito de “yelo”…

Y el hombre del helado, magnánimo, sin hacerse rogar mucho, les iba repartiendo los fríos cristales, que hacían las delicias de los chiquillos, y vaciando en la calle el agua sobrante, cargaba de nuevo la garrafa con una sonrisa feliz en sus labios por lo magnífico del negocio, y se iba para volver de nuevo con su heladora llena, su embrujada trompeta y su eterno estribillo.

Pupuuu… pupuuuu… pupuuuu…

¡Al helaoooo!… ¡al rico mantecaoooo!

La mujer que va a la Plaza…

(Josefina Mujica, en “Cuentos, estampas y leyendas canarias”. Las Palmas de Gran Canaria, Edirca, 1982, pp. 131-134)

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