“Cuando dos caminos se separan… toma aquel que se dirija a la playa”. Hannah McKinnon

Domingo de ambiente primaveral: intervalos nubosos

Monólogo de un hombre triste (II) (Serie-Cuentos, estampas y leyendas canarias)

(…)

Cuando oí que tocaban a la puerta de la habitación donde vivía, con voz apagada dije que pasaran, pero nadie entró; entonces recordé que estaba echada la llave y me levanté con el cuerpo dolorido del camastro donde dormía; la habitación, una habitación alquilada en una casucha vieja, se veía a la débil luz del quinqué ahumado que sobre una mesilla tenía todo lo abandonada y mísera que era. Abrí la puerta y allí estaba un hombre alto, fornido… Con mucha cortesía me preguntó si era el canario que estaba buscando trabajo. Un rayo de alegría me inundó y desapareció mi cansancio y mi desánimo. Fue entonces cuando me dijo que en su finca, que estaba muy cercana, había tenido un accidente con un muro que se había derrumbado y que necesitaba un albañil enseguida. Le dije que me diera su dirección, que al día siguiente iría… él me contestó que peligraba una vida humana y que tenía que ir “ahora” o “nunca”. ¿Cómo no pude sospechar nada?… Lo intempestivo de la hora, aquel hombre con el que estaba hablando sin verle la cara y que ahora sé que se la protegía en la sombra… Pero ¿qué podía temer yo, si nada tenía? Por eso le dije que iría con él…

En la puerta nos esperaba un coche. No bien entré en él, vi en un lado del sillón otra persona; me senté y de pronto sentí sobre uno de mis costados posarse el duro cañón de una pistola. Una voz autoritaria me ordenó, mientras me tendía un pañuelo, que me lo atara sobre los ojos. Asombrado, miré a mi acompañante y entonces me di cuenta que la cara se la cubría un negro antifaz. Aún me parece oír la conversación que sostuvimos:

– Yo creo que usted me confunde; soy muy pobre, no tengo un céntimo –dije pensando en un rapto o algo por el estilo.

– Átese el pañuelo. Sé quién es usted, tranquilícese que a usted no le va a ocurrir nada, no tema. Le pagaré por su servicio más dinero del que usted haya visto jamás. Pero obedézcame si estima en algo su vida.

El primer hombre se acomodó en el pescante del coche y, fustigando los caballos, partieron como rayos, perdiéndose a lo largo de la calle…

Cuando pienso en esto, siempre parece que vivo aquel largo viaje entre el sobresalto y el miedo; el olor del campo, de los árboles, de la tierra húmeda y las guayabas en flor. Quizás duró el viaje más de dos horas o quizá a mí me lo pareció, nunca lo he podido saber… Luego el coche se paró, el cochero bajó y oí cómo abría unas puertas y, después de entrar en el coche, cómo las volvía a cerrar, y luego el chirrido de las ruedas al deslizarse sobre la grava de un camino; el olor inconfundible, el intenso perfume de las flores en la noche, me hizo saber que estaba en un jardín. El coche siguió andando un rato hasta que paró y el hombre que estaba a mi lado me ayudó a bajar. Después de ajustarme bien el pañuelo, dijo:

– ¡Camine!

Pegado a mi espalda sentía el cañón de la pistola. Oí abrir una puerta que pasamos y oí cómo se cerraba a nuestras espaldas, y creí entrar en un amplio vestíbulo o salón. Después empezamos a subir una escalera, que era, me pareció, de las anchas redondeadas; luego caminamos por un pasillo y de pronto nos detuvimos y oí cómo alguien metía la llave en una cerradura y una puerta se abría. Todos pasamos por ella. Las piernas me temblaban y aún no sabía los momentos horribles que iba a pasar en aquella habitación.

… Siento la humedad de la noche, empieza a hacer un poco de frío. Me sentaré dentro e intentaré leer algo hasta que llegue Martina y me prepare la cena; la verdad es que no tengo ganas de tomar nada; pero quien oye a Martina si rechazo la cena, es capaz de traerme el médico. ¡Estas viejas sirvientas!, ¡es que se toman unas atribuciones!… Hoy se fue a ver a su hermana; cuando me traiga la cena irá comentando todas las novedades y hasta los chismes del barrio donde vive ésta, y yo, sin oírla, iré comiendo y la dejaré desahogarse porque la pobre es buena y mucho hace con cuidar y atender a un viejo triste y amargado como yo… Ya hace tiempo, muchos años, que ella está en la casa, y también en mi testamento quiero asegurarle su bienestar en los años de vida que Dios le dé después que yo muera; también le he pedido a Luis que vele por ella… A él irá la mayor parte de mi fortuna; tampoco me he olvidado de Juan y de Matilde, también son ellos mis hermanos, aunque no estemos tan unidos… ¡Claro!, esto es normal, pero, ¿quién es capaz de aguantar a la mujer de Juan? A veces pienso que ni él la aguanta… es falsa, con su sonrisa de conejo y su voz campanuda. ¡Yo no la soporto! La tolero porque Juan es mi hermano… ¿Y el otro, Adolfo, el marido de Matilde?… Este es un caso de ambición y constante espera de que yo estire la pata… Sé que lo que una parte en las bodegas y la otra en las manos de cualquier chiquilla avispada. ¡Será tenorio el vejestorio! ¡Pero será desgraciado! ¿Cuándo se convencerá que después de los cincuenta el amor es sólo cartera…?

Para Maripí quiero que sea esta casa con todo lo que tiene dentro…, ¡a ella le gusta todo lo que hay aquí!… y su dote de dinero… Tampoco me he olvidado de que una buena suma sea para obras benéficas, sí, creo que no me he olvidado de nadie…, no, de nadie.

Estoy cansado…, siempre que me siento solo, recuerdo y recuerdo, cuando tanto quiero olvidar, cuando daría todo lo que poseo porque mi memoria fuera como un gran encerado por el que pudiera pasar una esponja húmeda y borrar hasta la más ligera huella de lo escrito… Sí, recuerdo que cuando me quitaron el pañuelo que me cubría los ojos, estos se me cerraron deslumbrados por la luz de la enorme araña de cristal que colgaba del techo y se multiplicaba en los amplios espejos que cubrían las paredes. Era un salón suntuoso, con muebles de caoba tapizados en raso de un color claro, como la cáscara del huevo. Grandes cortinones de terciopelo azul estaban corridos tapando los huecos de balcones y ventanas. Todo era precioso, yo nunca había visto tanto lujo en ninguna otra casa. Paseé mis ojos por todo ello, hasta que descubrí a un lado tirada como un fardo sobre la alfombra, a una mujer. Estaba en camisa de dormir, con las manos y pies atados. Una ancha mordaza le oprimía la boca. La miré asombrado; más aún, cuando reparé que bajo la larga camisa de noche se adivinaba que iba a ser madre. Tenía unos ojos inmensos, una soberbia y revuelta cabellera negra que le llegaría a la cintura… A mi lado estaban los dos hombres que me habían llevado hasta allí. Ambos tenían los rostros cubiertos por negros antifaces, tan sólo por un estrecho agujero se les veían los ojos. Cada uno empuñaba una pistola… La sangre se me heló en las venas cuando oí decir, al que por su parte y autoridad al hablar, parecía el amo: “Quiero que levante una pared delante de esta mujer, en aquel rincón. Aquí tiene todo lo que necesita”.

(continuará…)

(Josefina Mujica, en “Cuentos, estampas y leyendas canarias”. Las Palmas de Gran Canaria, Edirca, 1982, pp. 147-150.)

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