“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Monólogo de un hombre triste (I) (Serie-Cuentos, estampas y leyendas canarias)

Aquí estoy en mi pobre cuerpo,

Frente al crepúsculo que

Entinta de oros rojos

El cielo de la tarde…

Pablo Neruda

La tarde está terminando. Todo se va tiñendo de púrpura mientras que el mar luce sobre su azul oscuro los reflejos de fuego del cielo… Ya se ve el Teide…, ya se ve como un dios sobre encendidas nubes, todo iluminado y con su cima blanca de nieve. ¡Imponente!, sí, ése es el nombre: ¡imponente!

Pienso que en otras épocas los canarios lo adorarían… Pienso que quizás vieran en él la representación de Alcorac, y cuando por su cráter contemplaran cómo arrojaba la lava encendida o el humo espeso y negro, o tal vez cuando sintieran temblar la tierra de miedo, creerían de verdad que era su Dios…

Siempre en estas horas me impresiona Las Canteras, es cuando la siento más inmensa y profunda, cuando sus arenas están limpias de bañistas y la inunda el silencio; es septiembre el mes de esta playa… A veces pienso que quizás sea en él, cuando tiene todo su embrujo y toda su belleza, cuando sus aguas están más transparentes y tranquilas y cuando se aleja el mar dejando parte de sus mariscos al aire, por ellos andando, se puede llegar hasta la Barra, en un largo camino alfombrado de musgo y algas verdes…

… Amo el mar, amo esta llanura infinita que a veces ruge encrespada con la fuerza de mil demonios y otras, mansamente, se acerca a la orilla con sus olas blancas a depositarlas suavemente sobre las arenas, como una ofrenda…

… Recuerdo cuando era pequeño, y aprovechaba para mariscar, estas mareas del Pino, que así llamábamos a las de este mes de septiembre, por ser en él cuando se celebraba la Fiesta de Nuestra Señora del Pino; buscaba entre sus mariscos lapas, caracoles, cangrejos, todo lo que pudiera encontrar… Luego, mi madre, que en gloria esté, los cocinaba y nos hacía con ellos una sopa muy rica; cuando mi hermano Luis era mayorcillo, me lo llevaba siempre conmigo; claro, esto era los domingos, porque los otros días yo trabajaba… Éramos tan pobres, que desde los catorce años yo ayudaba en mi casa con todo el poco dinero que lograba conseguir en las pequeñas faenas que me caían; y lo que son las cosas, era tan feliz como nunca he logrado serlo ahora que tanto dinero tengo…; bien es verdad que aún no me había pasado “aquello”. Aquello me marcó, me marcó para siempre, dejándome una enorme cicatriz en el alma tan honda, tan desgarrada, como la huella que un hierro al rojo vivo puede dejar sobre la dolorida piel… Hoy no ha venido Luis, me prometió que me traería a Maripí. Más tarde me dijo martina que la niña estaba acatarrada y por eso no vendrían… Para Maripí, el venir a la playa es chapotear con sus pies desnudos en la orilla y ponerse perdida la ropa, por eso siempre hay que traerle una o dos mudas…

Maripí es como una luz en estas tinieblas de soledad, que es mi vida; con sus tres añitos, cuando viene me ilumina de dicha la casa, parece que todo brilla… ¡Cuánta suerte ha tenido Luis!… Primero por haber encontrado a Elena, su mujer, y ahora por la pequeña, ¡Cómo me hubiese gustado haber podido formar un hogar! y que Maripí fuera mi nieta…; pero, bueno, es igual, ella me quiere y me hace tantas carantoñas como al abuelo… ¡Es tan graciosa! Habitualmente soy “tío Carlos”, pero otras, cuando va a mi sillón y no me encuentra en él, empieza a llamarme por toda la casa: “Carlos, querido, ¿dónde estás?”, y cuando me encuentra parlotea conmigo y me enseña su traje nuevo, o sus zapatos, o su muñeca. Su cola de caballo, inquieta, campea en su coronilla, y cuando le pregunto quién la ha puesto tan guapa, me dice que su “Bela”, así llama siempre a Elena… ¡Cómo se ve que es mujer! Aquella figurilla que no levanta tres palmos del suelo y ya presume de trapos y peinados; ¡es tan linda! Luis no la puede querer más que la quiero yo… ¡Qué diferente hubiese sido mi vida si “aquello” no hubiese pasado!

A veces ocurren las cosas…; parece que no va a pasar nada y de pronto ¡zás!, ¡ahí te va! y te amargan para siempre. No podía pensar yo, a mi llegada a La Habana, ni remotamente que fuera yo quien tuviera que pasar tan triste experiencia…

Parece que ya empiezan a refrescar las tardes, pasado mañana empezará el otoño… El otoño es una estación triste, pero me gusta mucho. Antes, cuando mi corazón marchaba mejor que ahora, me gustaba pasear por el campo, caminar bajo los árboles sobre una espesa alfombra dorada y sentir el chasquido de las hojas muertas y resecas al pisarlas… o verlas envejecer en los árboles, admirar el dorado, el rojo, los verdes en todos sus matices, de las hojas que aún no se habían desprendido. Hay árboles que son como algunas mujeres, que de jóvenes no han valido gran cosa, pero luego los años le dan un encanto, un esplendor, un “bouquet” que las distingue de las otras; así son también ellos, verdes, tan sólo verdes en primavera y verano; luego, en otoño, tienen esa gama de colores que le dan ese encanto, esa belleza que le hace diferentes de los demás…

Sí, recuerdo mi deambular día a día, de un sitio para otro, lo que me hacía perder la cuenta de las calles que andaba; estaba rendido, ¡ya no sabía a dónde volverme!… me quedaba tan poco dinero, tan poco, casi nada… Todas las tierras extrañas son hostiles sin dinero… Yo era albañil. De muy jovencito estuve en una carpintería revolviendo el engrudo, alcanzando las tablas, haciendo mandados… ¡Qué desgracia es ser pobre! Nunca me di cuenta de la magnitud de esto, hasta que vi morir a mi padre y a mi pobre madre cargar sobre sus hombros el peso de una casa y de cuatro hijos, de los cuales yo, con mis catorce años, era el mayor, y Luis, el pequeñín, contaba solamente dos… Yo creo que desde aquellos días, a pesar de mi juventud, dejó de ser mi hermano para ser mi hijo, porque así lo he querido y lo he tratado siempre… y creo que él también vio en mí el padre que no pudo tener. Fue entonces cuando entré a trabajar en la carpintería, ¡pero se ganaba tan poco!… Más tarde fui peón de albañil, ganaba más, y aunque era un trabajo más duro, no me importó; pronto aprendí el oficio y empecé a ganarlo mejor. Un día alguien me habló de lo bien que se estaba en Cuba y lo que yo con mi trabajo podía ganar en ella… Cuando me fui mi madre se apenó mucho, pero no sé si ella pudo saber nunca la pena inmensa que yo sentía al dejarlos, sobre todo a ella y a Luis… Yo tan sólo quería estar unos años y poder volver con suficiente dinero para mejorar un poco nuestra situación… ¡Era tan joven! Estaba en esa edad que tan sólo con quererlo, parece que se puede conquistar el mundo; acababa de cumplir veintitrés años, pero pensaba como un viejo, y me fui a Cuba. Fue cuando el dinero se me terminaba y no lograba conseguir trabajo, cuando ocurrió “aquello”; aún hoy, cuando pienso en aquel día, en mi desánimo, en mi desesperanza, en mi cansancio, siento el mismo desaliento que sentí entonces…

(continuará…)

(Josefina Mujica, en “Cuentos, estampas y leyendas canarias”. Las Palmas de Gran Canaria, Edirca, 1982, pp. 143-147.)

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