“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Conversaciones con la hija de Alonso Quesada

Ahora que se nos van los poetas es tiempo de recuperar no sólo lo que nos dejaron como legado literario, sino también de conocerlos a través de sus afectos cotidianos. No es fácil tener todos los días sentada frente a ti a la hija de uno de los grandes poetas y prosistas de esta tierra canaria: Amalia Romero Suárez, hija de Alonso Quesada. Su padre, el tejedor de “El lino de los sueños”, deshizo definitivamente sus madejas de poesía al enamorarse de su madre, Rita Suárez Morales, cuando al fin hubo encontrado su “perla negra”.

T.-¿Es verdad que su madre y su padre se conocieron al ensayar una obra de teatro?

A.-Sí, en “Llanura”. Ella tenía más o menos dieciséis años. Él la vio y dijo: “Con esa me caso yo”. Saulo (refiriéndose a Saulo Torón) le dijo: “Chacho, tú estás loco, pero si es una niña chica…”. Ella tenía dieciocho, y él treinta y tres, y con ese sueldo misterioso que tenían, se casaron.

T.-Eso fue un flechazo ¿no?

A.-Por lo visto. En esos tiempos no sé cómo se llamaría…

T.-Su madre, Rita Suárez, vivía en una casa a orillas de la playa de Las Canteras. Parece ser que sus padres en este paisaje se amaron con gestos y palabras. ¿Cree que el mar favoreció ese noviazgo? ¿Qué magia hay en esta playa donde se juntan la vida y los sueños?

A.-Que es la playa más linda del mundo, porque, mira, no me puedo quejar de todo lo que he visto y viajado, pero no hay cosa más bonita que esta playa de Las Canteras.

T.-Entonces, estará usted de acuerdo en que embellecer esta playa es algo que cualquier poeta de hoy seguiría reivindicando, no sólo como una viñeta de propaganda turística, sino como un compromiso con la belleza. Me explico, como una forma de ver el mundo en proceso de creación, con mayúsculas. Y eso atraería a un turismo de calidad con otro ímpetu cultural…

A.-Yo creo que le daría un patatús. Él siempre estaba queriendo que la isla progresara. La gente dice que todo lo veía negro, pero otros que lo conocieron bien, dicen que era un hombre divertido.

T.-Fuera de la leyenda y del mito que suele crearse en torno a la vida de los poetas, ¿puede decirnos, desde su experiencia de niña, qué imágenes y sensaciones conserva de ese padre que murió cuando usted sólo tenía dos años y medio?

A.-Pues mira, si quieres que te diga que me acuerdo del día de la muerte, del entierro… Yo siempre tenía esa visión: todo señores con un sombrero en una esquina. Todo lo veo como ramalazos. De niña, pasaba el tiempo y aquello lo seguía viendo, hasta que un día, hacia los doce años, pregunté a mi madre y ella me lo contó. Pero tengo una pena tremenda de dos cosas: no tengo ninguna foto con él ni me escribió (dice riéndose a carcajadas) un solo verso, el malcriado…

T.-A pesar de las dificultades económicas y el agotamiento físico y moral al que le sometía su trabajo, su padre siempre permaneció fiel a la pasión literaria. Su padre abarcó todos los géneros: poesía, teatro, prosa de ficción, artículos periodísticos… ¿Cree que se le ha valorado lo suficiente ese esfuerzo por el arte universal que hizo desde Canarias?

A.-Bueno, tardaron años y siglos en hacer “Las obras completas”, pero yo te voy a ser sincera: yo creo que sí. Aquí, todos los años del mundo se hacen cosas de él, porque en los colegios y en los institutos, a los chiquillos les encantan las cosas de mi padre, se chiflan con sus obras de teatro.

T.-Su hija Rita es socia y colaboradora de esta Asociación de amigos de La Peña la Vieja y la Barra del Centro, ¿Podría sugerirnos alguna actividad para la playa o para la ciudad que pudiera cumplir con la voluntad de su abuelo?

A.-La gente dice que se aburre ¡ con todo lo que hay que hacer, que leer, que pasear ! La amistad, eso me lo dejó de herencia mi padre. Si yo soy amiga, soy amiga de verdad y para siempre.

VUELVE A VER A SU AMIGO EL MAR

Hermano mar, he vuelto… ¡Tantos días

de soledad en el hogar enfermo!

¡Qué lentitud la de las horas! Este

reloj del comedor ¡tan viejo! Apenas

andaba, y luego el vaso del remedio

sobre la mesa sin vaciarse nunca…

Y ante nosotros el ropero obscuro,

donde guardamos nuestra pobre veste,

era, a la media noche, como un trasgo

que aguardaba un instante decisivo…

¿Cómo estará mi mar?… Y tus rumores

llegaron a mi lecho suplicantes,

y el infinito de tu azul sonoro

tenaz me reclamó… ¡Mas no podía,

que el corazón andaba por senderos

remotos, en un viaje aventurado,

y tuve miedo, hermano mar, de hallarme

cerca de la llanura subterránea!…

Mas hoy ya torno sin las fuerzas viejas,

único amigo, a confortar mi alma:

tú sabes que yo soy un pobre niño

de muy poca salud, y es necesario

que me prestes la ayuda de tus vientos

para llenar mi corazón vacío…

Hermano mar: tú cuidarás mi vida,

tú me devolverás la salud buena

y pondrás en mis ojos la luz fuerte

para los horizontes y los llanos…

Tú me darás del sol las fuentes rojas

en estas horas matinales, cuando

el viejo padre nos ofrece todo…

Y yo tendré la sangre primitiva…

(Alonso Quesada, Obra completa, Tomo I. Poesía)

Teresa Iturriaga Osa

Entrevista publicada en el nº 4 del boletín Reboso, primer trimestre año 2002.

 

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