Los deportistas y el público en general se apelotonan en La Cícer, a marea llena, para presenciar la disputa de un campeonato de surf en pleno cambio de siglo.
Por aquellos años, el litoral de Guanarteme iniciaba su mayor transformación urbanística de su historia: un nuevo paseo con su correspondiente retranqueo, un nuevo muro de piedra para la playa y una profunda remodelación de todo el frente marítimo. Un proyecto que mejoró notablemente el entorno, pero que también dejó muchas sombras.
No todas las reglas se aplicaron por igual. El edificio que aparece en la imagen, El Emperador, se levantó antes que el resto. Siempre se ha dicho que su construcción fue posible gracias al uso de información privilegiada. Además, mientras numerosos propietarios tuvieron que ceder terreno por el retranqueo del paseo hasta la calle Numancia, algunas parcelas de primera línea quedaron al margen de esa obligación. Un trato desigual que aún hoy sigue generando preguntas.

La nueva Cícer ganó en imagen y calidad urbana, nadie lo discute. Pero aquella renovación también abrió la puerta a una intensa presión inmobiliaria. Lo que hasta entonces era un barrio popular y tranquilo pasó a convertirse en uno de los enclaves más codiciados de la ciudad. El precio del suelo se disparó, llegaron las promociones de mayor valor y la especulación encontró en el nuevo frente marítimo un escenario perfecto.
Todo ocurrió en el cambio de siglo. Hoy basta con pasear por Guanarteme para comprobar cómo la revalorización del barrio, la presión urbanística y el encarecimiento de la vivienda han transformado para siempre la identidad de La Cícer.
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