A la playa de Las Canteras en estos tiempos difíciles

Por Maria A. Bethencourt Benítez

A lo largo de mi vida la playa de Las Canteras ha estado presente en todas las vivencias que me han hecho disfrutar, ser feliz y crecer en relaciones humanas.

De niña iba con la chica que nos cuidaba y la prole de mis hermanos vestidos de domingo, dábamos un paseo desde el balneario a La Puntilla, era el recorrido más frecuentado.

Del balneario a Punta Brava era un recorrido para la grandes ocasiones. Lo más grandioso cuando nos daban permiso para saltar desde la avenida a la arena, repetías una y otra vez este salto y siempre tenías nuevas sensaciones al caer sobre la arena mullida unas veces y otras sobre la arena más dura. ¡Qué risas! ¡Qué alboroto! y siempre probando nuevas formas retando a los que conmigo jugaban.

No me podré olvidar nunca de los días de playa en la Peña de la Vieja donde mi padre y mi madre también iban. Desde muy temprano llegábamos como una tropa cargados de miles de bolsos con comida para todo el día, toallas, albornoz, ropa para cambiarnos, palas, baldes y la cámara de una rueda de camión que nos servía de salvavidas. Mi padre le tejía con soga un asiento y cabíamos sentado hasta tres hermanos.

Lo más espectacular era la caseta hecha de tela blanca y palos inclinados. ¡Cuántas siestas dentro de ella, porque había que cumplir rigurosamente lo de las tres horas después de comer!

Con un poco más de edad las partidas al clavo ¡qué grandiosas!, podíamos jugar a veces hasta 13 y 14 niñas y duraban toda una tarde. El sitio donde nos gustaba estar era frente al Hospital San José.  Aprendí a perder, a ganar, a esperar turno, a resolver conflictos, a saber disculpar y comprender a las que eran tramposas o se enfadaban porque no ganaban siempre, en definitiva  a querer a las amigas.

Llegó la época de estar en pandilla y la playa se convirtió en el lugar de los primeros amores, charlas con los varones, empezar a coquetear y con un bocadillo y una coca cola o agua nos pasábamos la tarde.

Desafiante fue el tiempo en que empezaron a venir las suecas con sus bikinis, que se cambiaban de ropa sin observar las estrictas normas de moral de aquel tiempo. Éstas se cumplían rigurosamente enfundándote en metros y metros de tela que colgaban con un elástico desde el cuello.  ¿Cuántos mirones! ¿Cuántas críticas y habladurías! ¡El mundo se iba a acabar por tanta corrupción! pero estos comportamientos calaron rápido entre los más jóvenes.

Así podría seguir describiendo cómo a lo largo de mi vida la playa ha estado ligada a mi crecimiento. Y… ahora a la edad madura cuando el coronavirus inmunda al mundo Las Canteras es un lugar de sueño y felicidad para mí. Iré a visitarla cuando pueda y me recrearé en sus hermosos atardeceres, sus diversos colores marinos, su aire limpio y refrescante, su actividad, sus helados de Peña la Vieja, su mar de sombrillas y toallas… 

Playa de las Canteras cuantos cambios has sufrido a lo largo de la historia pero siempre has sido un lugar que acoge a todas las personas sin tener en cuenta sexo, edad, raza, religión, o condición social.  Gracias por seguir ahí y me comprometo a cuidarte siempre.

 

Maria A. Bethencourt Benítez en brazos de su madre Elisa Benítez Marrero

 

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