En la imagen de los años treinta del siglo pasado vemos la desaparecida CICER —la Compañía Insular Colonial de Electricidad y Riegos— en medio de los llanos de Guanarteme, un paisaje todavía casi desierto frente al mar. Por entonces ni siquiera se había producido la explosión demográfica que caracterizaría después al barrio, con asentamientos de ciudadanos de clase media y obrera, muchos de ellos trabajadores del Puerto de La Luz o llegados de otras islas.
La zona, apenas poblada, fue elegida precisamente por su lejanía de la ciudad consolidada, terreno llano, cercano al mar y sin viviendas, lo que facilitó su instalación sin molestar a los vecinos de capital.
La Compañía Insular Colonial de Electricidad y Riegos (CICER) se constituyó a mediados de los años veinte bajo iniciativa de capital extranjero y se instaló en la costa en 1928, cuando la capital grancanaria aún no había urbanizado ese tramo de playa. La central eléctrica, oficialmente bautizada como Alfonso XIII y construida con una arquitectura imponente —dos cuerpos simétricos con chimeneas y grandes ventanales—, fue inaugurada el 21 de octubre de 1928 con la presencia del general Primo de Rivera como símbolo del progreso técnico de la época.
Durante décadas esta planta —equipada inicialmente con turbinas de vapor alimentadas con carbón y posteriormente adaptada a fuel‑oil y gasoil— fue un punto neurálgico en el suministro de energía eléctrica de la capital y de buena parte de la isla. Con una potencia que superaba los 9 000–12 500 kW, la CICER no sólo proporcionaba luz a los hogares y negocios de Las Palmas de Gran Canaria, sino que también competía con otras empresas eléctricas del momento y llegó a formar parte de la fusión que daría lugar a Unión Eléctrica de Canarias (UNELCO) en los años treinta.



