“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Una imagen para el recuerdo: “El Colegio Pueris”

En estos dias me ha llegado esta foto.

Data de 1.962 y veo a muchos a los que reconozco: Eva, Juan Carlos, Pimpina, Luis, Gonzalo, Antoñito, Elenita, Silvia y Elisa, Tino, Paquito, Tony, Elsita, Lucre y Tato.

Con algunos sigo manteniendo contacto, más o menos continuado, más o menos esporádico. De otros nada se, y de otros ni tan siquiera me acuerdo. Claro, es que han pasado muchos años desde entonces.

Recuerdo el entorno, el antigüo Colegio Pueris, “el colegio de Teresita Alonso” para todos. Ubicado en la casa familiar de la calle Sargento Llagas, pared con pared con la casa donde, entonces, vivía.

Recuerdos del colegio de Teresita (Fräulein Teresita); recuerdos llenos de tristeza, de lágrimas, de penas. Recuerdos de estar penado, debajo de la escalera, donde estaba el teléfono. Recuerdo de castigos físicos, de cómo Miguel Antonio sólo imponía su autoridad pegando, con la regla en la mano. Es horrible.. busco algún recuerdo feliz de mi estancia en el colegio y no lo encuentro. Contínuos castigos físicos, que si ahora un bofetón, que si ahora de rodillas mirando para la pared, que si ahora “extiende la mano con la palma para arriba, para pegarte con la regla” ¿Te acuerdas Miguel Antonio? ¿Te acuerdas Francis?

Que lejanos y superados, afortunadamente, tiempos aquellos, en los que el ordeno y mando del profesorado se imponía a golpe de mano, a golpe de palo. Donde el principio de “la letra con sangre entra” se imponía aún sobre niños de tan corta edad, donde la disciplina era impuesta a golpe de palo.

Pero no guardo rencor, guardo solo esos recuerdos, tristes pero recuerdos de mi niñez, al fin y al cabo. Quizá debía haber guardado los recuerdos de cuando jugábamos en la azotea, o de cuando salíamos del colegio, pero no.. los recuerdos de entonces me trasladan a esa lúgubre época, donde “los profes” nos trataban peor que a animales y donde los niños solo eramos “animales salvajes” a los que había que domesticar y someter, sea cual fuere el método utilizado.

He olvidado, con el paso del tiempo, las caras de otros profesores del colegio, la Srta. Aida, Lola (la del microbús), quizá las caras amables, las caras de aquellos que te daban una sonrisa o que te regañaban con ternura. Pero la que no he podido olvidar nunca es la de Miguel Antonio, a quien, por cierto, nunca más volví a ver.

Pero lo bonito que me dejó ese colegio fue el placer de conocer a todos a los que aún recuerdo, y el poder tropezarme con ellos, 40 años despues, y reconocernos.

Y es que en estos 40 años, mucho no hemos cambiado.

Tomás Valdivielso

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