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Un mar de huellas.

Cae la tarde y el agua sigue retrocediendo. El mar y el muro se distancian. En medio queda un amplio pasillo de arena por el que pululan desde hace horas todo tipo de pies. Unos caminan sin apenas pisarla, como si levitaran, mientras otros se hunden en el barro, dejando a su paso una huella plúmbea. Aquellos corren hacia el Auditorio o La Puntilla, y en su galope salpican sin querer a otros pies que, solos o acompañados, recorren la playa. Un par de pies enamorados pasean sin prisa, y al besarse sus huellas su cruzan y confunden. Un pie diminuto ha tropezado, y frente a él dos manitas han quedado grabadas en la arena; un pie adulto se ha prestado a levantarlo del suelo, y el peso de ambos ha hecho la huella más profunda.

Un poco más arriba, unos pies negros tratan de pasar desapercibidos, sin saber muy hacia dónde dirigir sus pasos. Otras huellas delatan el andar cansino de los mayores, que aún no faltan a su cita diaria con la playa. Tras ellas, los pies de una pareja se han separado repentinamente, como si una discusión imprevisible les hubiera sorprendido en medio de una conversación intrascendente. A la altura de la Peña de la Vieja, un pie de mujer ha vuelto sobre sus pasos de forma apresurada, buscando sin duda algo o a alguien.

Varios metros más allá, dos pies se han parado frente al mar, y lo miran ensimismados, no se sabe bien si añorando su fuerza o meditando sobre su vida. Tan concentrados están que siquiera han notado la presencia de los pies atléticos de un adolescente, ni las huellas de las patas de su perro que, saltándose incomprensibles ordenanzas municipales, rodean al dueño en círculos concéntricos. Mirando con detalle la arena, se descubren pies de formas imposibles, que van o vienen, cada uno con su razón para bajar a la playa.

Los que huyen de las penas entierran los dedos al pisar. A otros, sin embargo, les faltan las extremidades. Un mar de pies soberbios, festivos, deprimidos, reflexivos, xenófobos, enamorados, beodos, tolerantes, enfermos o emocionados quedan sobre la arena cruzados al azar, hasta que la marea sube y borra las huellas, y miles de pies vuelven a bajar y nacen nuevas huellas, que tapan otras olas, y rescriben otros pies. Sobre la arena. La huella. El mar.

Marta Cantero

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