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Tarde de playa, sale el sol, calimosa

De cuando la Playa de Las Canteras mitigó mi mal de amores

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Hace ya muchos años de este sucedido. A decir verdad, tengo para mí que demasiados, y, no sé por qué, conservo todavía ese mínimo prurito de vanidad masculina que me impide aún cuantificarlos. Pero bueno, fuera disquisiciones y vayamos a los hechos sin mas dilación. La cosa fue que…

Una vez concluidos con “singular aprovechamiento” mis estudios de Bachillerato y Preuniversitario, me llegó el largamente esperado ‘momento Universidad’ (que diría el peculiar personaje televisivo) .

Recuerdo un verano frenético. Preparativos, búsqueda de alojamiento, compras, miles de consejos y admoniciones de mis mayores, múltiples despedidas… Todo parecía indicar que partía para la Guerra de los 100 Años, pero, llegado el gran momento, encaminé mis pasos un poco más cerca y marché hacia la Ciudad de los Adelantados, San Cristóbal de La Laguna, sede de la mejor Universidad de toda Canarias (las cosas han cambiado un poco desde entonces) . Con millones de hormigas rondándome por dentro ante la nueva, desconocida y excitante aventura de volar solo por primera vez, con la inexperiencia (diría casi que inocencia) de los 16 años, pero con la ilusión y la fuerza propias de dicha edad, comencé ¡al fin! la carrera.

Pasados los primeros días, con el obligado peaje de las inefables novatadas en el Colegio Mayor, me adapté prontamente a mi nuevo status, y los tres primeros cursos transcurrieron con absoluta normalidad. Asistía a clase, estudiaba, hacía nuevos buenos amigos, me divertía, crecía en todos los aspectos y, para colmo, aprobaba sin mayor dificultad. En realidad, no se podía pedir mas.

Pero aquel estado de cosas iba a cambiar. Y de qué manera. En el verano de 3º a 4º año, tocando ya casi a su fin mis vacaciones estivales en Las Palmas, sucedió algo imprevisto. Conocí a una chica, y, con ella, el amor. Había tenido (a que negarlo) mis “escarceos” juveniles con el otro sexo, pero nunca me sentí transportado al séptimo cielo como en esta ocasión. Fue algo maravilloso, que nunca he sido capaz de expresar con palabras. Supe que había encontrado a la chica de mi vida, y, no me pregunten por qué, supe también con absoluta certeza que jamás podría haber otra. Lo supe, sencillamente. Así que, compuesto y con novia, acabé mis vacaciones y regresé a La Laguna dispuesto a reanudar mis tareas académicas. Iba a comerme el mundo, pero…

Una vez allí, quedó claro desde el primer momento que todo había cambiado. Ella, mi chica, lo ocupaba todo. Mi corazón, mi alma, mi cerebro…, y todas y cada una de las páginas de mis libros de texto y apuntes de clase. En las aulas, ella era siempre el profesor, y, cuando intentaba estudiar no veía ni una letra. Solo la veía a ella, porque en todas y cada una de las páginas, solo estaba ELLA.

No daba pie con bola. Las comunicaciones de todo tipo entre las islas eran propias del medievo (prácticamente, se reducían al género epistolar), los días parecían siglos, y resultaba harto evidente que aquello no podía continuar así. En suma, no sabía qué hacer.

Hasta que una buena noche, mientras intentaba (en vano, claro) estudiar algo ¡eureka!, se me encendió la bombilla. Subí a la azotea de mi casa lagunera, oteé el horizonte, y lo vi con absoluta nitidez. En efecto, allá en la lontananza, divisé el resplandor de la Playa de Las Canteras, de su brillante iluminación.

Aquello fue fantástico. Es obvio que el ejercicio de imaginación fue importante, pero contemplando aquel resplandor único, me hacía la ilusión de que mi chica, única también, se encontraba allí y yo la estaba viendo. Necesitaba sentirla cerca, y lo conseguí. A partir de ese momento todo volvió a su cauce.

Por razones de índole meteorológica, la contemplación de aquel (para mí) mágico resplandor no era factible todos los días. Cada vez que lo veía, digamos que recargaba las pilas hasta la siguiente oportunidad. Por suerte, cuando se acercaban las fechas de los exámenes finales (Mayo, Junio) y había que hincar los codos a base de bien, la bendita meteorología me era realmente propicia. La visibilidad era perfecta, prácticamente a diario, tenía la oportunidad de contemplar aquel resplandor y (¡bendita imaginación!) a mi chica en él. De más está decir, que los resultados académicos fueron inmejorables.

Han pasado los años, y no todo ha salido como lo soñé. Mi chica (no ha sido nunca un “mi” posesivo, ustedes ya me entienden) sigue siendo mi chica, pero hace ya algún tiempo que no está a mi lado. Y…, bueno, por utilizar un eufemismo, digamos que no lo llevo bien.

He intentado casi todo, pero ya lo decía líneas atrás. No hubo otra en mi vida, no la habrá nunca, y, la verdad, empiezo a pensar que no me va a ser posible seguir así mucho más tiempo. Porque, tomando prestada la frase ajena, “su ausencia es más hambre que el hambre, y más sed que la sed peor”.

Por todo ello, he tomado una penúltima determinación. Volveré a La Laguna, subiré a mi azotea de antaño (providencialmente aún está en su sitio, en una ciudad donde ya nada está donde solía), y me pasaré horas mirando ‘mi’ resplandor. No sé qué sucederá, pero la Playa de Las Canteras no me falló en aquel entonces, y creo que tampoco lo hará ahora. Sabe que la necesito más que nunca.

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