“En el mar no hay pasado, presente o futuro, sólo paz”. Jacques Cousteau

Calor y algo de calima. Mar como un "plato"

El celacanto (Relato)

Los celacantos son los parientes más cercanos del grupo de peces del que surgieron los anfibios.

Aparecieron en el Triásico, hace la friolera de 200 millones de años. Andaban todavía por la tierra a finales del Mesozoico, aunque fuese creencia común que ya se habían extinguido.

Un celacanto en singular estaba vivito y coleando en 1938, cuando un pescador de las islas Comores, cerca de Madagascar, lo recogió con sus redes.

No sé si era el del 38 u otro más tardío el que me miraba con sus ojos de asombro, desde una lámina enmarcada, en el vestíbulo de la casa de mi tía Antonia.

La casa de mi tía Antonia tenía un olor extraño. Era una mezcla de alcanfor, colonia de afeitado y  agresivos productos de limpieza e higiene.

A lo mismo olían las mejillas y las ropas de su marido, siempre que te acercabas a darle un beso.

Cuando por primera vez conocí su casa (ellos vivían tan lejos de nosotros que tardé mucho en hacerlo)  me pareció que el celacanto que presidía el hogar era mucho más que un cuadro.

Era el emblema de un estilo de vida quieto y perdido.

Y el estupor de la mirada del pez era también semejante a la de aquel tío Ernesto que asistía con rabia al espectáculo de un mundo cambiante.

Formaban una de esas parejas silenciosas en las que la mujer profesa una devoción singular por el hombre.

Para Antonia, la hora de la lectura era un momento sagrado que nunca se hubiera atrevido a quebrar, a menos que  el edificio ardiera en llamas. Lo mismo puede decirse de la siesta o de aquellas tardes en las que al varón le acometía una ligera indisposición estomacal.

La tía Antonia era una buena mujer que sólo miraba por los ojos del su marido.

El marido, inflexible, no toleraba un montón de cosas. Por ejemplo, que ella se retrasara cinco minutos cuando habían quedado en algún punto de la ciudad desde el que pensaban volver juntos a casa.

Tampoco soportaba las modas que hacían que los chicos llevaran el pelo largo, ni las músicas estridentes, ni la liviandad moral, ni, lo que él llamaba, el cine y la literatura modernos.

– A picar piedra mandaba yo a todos esos – decía de todos los jóvenes despreocupados con los que se cruzaba.

Presumía de protestar con conocimiento de causa y recuerdo que, con una sonrisa traviesa, me contaba que había comprado un disco de los que  “ahora gustan tanto “.  Decía que lo había escuchado y, acto seguido, lo había lanzado por la ventana.

Vivía en un piso séptimo.

La tía Antonia se divertía con las ocurrencias de su estricto cónyuge.

Ella tenía unos ojos hermosos y una risa cantarina.

Todas las tardes iba a ver a su hermano y allí me decía a mi  lo que ya me sabía de memoria. Que, a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos….

Me lo decía con la cara encarnada que la hipertensión le encendía.

Con el mismo nerviosismo con el que, cuando se acercaba la hora de la cita, miraba el reloj.

Después, a menos de cinco o diez minutos, no atinaba a ponerse la chaqueta. Su andar adquiría, entonces, un aire vacilante y torpe.

Pero parecía feliz. Una de esas mujeres que a la vida no le piden demasiado y, tienen, por tanto, la impresión  de que le bastan y sobran los motivos de dicha.

El tío Ernesto, además de coronel en la reserva, era coleccionista de sellos. Todas las tardes se iba a algún sitio a intercambiar ejemplares, hacer pesquisas o regodearse en la visión de aquellas estampillas inalcanzables o raras.

A la hora del encuentro estaba siempre ya allí.

Yo creo que tenía la precaución de llegar cinco minutos antes para poder mortificarla por su leve tardanza.

Allí estaba siempre mirando el reloj, con gesto  grave; caballero perfecto.

Si la mirada del celacanto me recordaba a la suya; en general, el tamaño diminuto del dibujo era el de la tía Antonia.

Cuando iban juntos por la calle resultaban una pareja chocante.

El, extremadamente alto y enjuto. Ella, de estatura baja, colgada ligeramente de su brazo como una niña que teme enojar o causar molestias a sus mayores.

Las navidades que la tía Antonia murió fueron ciertamente tristes. Hacía mas frío del habitual y mi padre maldijo a la vida y sus traiciones. 

Inmediatamente, y a pesar del dolor propio, todos pensaron en la soledad del viudo.

Yo imaginaba al celacanto de la entrada más oscuro y perdido que nunca; suspendido en un absurdo mar de papel.

Pero aquel pez que formaba parte de la memoria de la tierra no tardó en desaparecer.

Lo quitó, una buena mañana, la modista de mi tía.

Era la nueva señora de la casa.

Tenía veinticinco años menos que Antonia y había sido, durante mucho tiempo, aquel sello que todas las tardes el coronel buscaba con ahínco.

Este texto está extraído del libro “Fieras y ángeles, un bestiario doméstico” de Dolores Campos-Herrero, publicado por el Centro de la Cultura Popular Canaria

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