“Surfear es bailar con las olas”. Gerry López

Los brazos en cruz (Relato)

La gaviota planeaba contra el azul limpio del cielo. Su trayectoria, que parecía perfecta, se había detenido de pronto en aquel extremo de la playa. Cualquiera habría pensado que aquella solitaria ave marina lo contemplaba.

Justo debajo de la gaviota estaba él; absorto en el simple ejercicio de flotar. Los brazos en cruz y una decidida voluntad de dejarse zarandear por las olas. Sin pensar en nada. Aquel baño lo empezaba a sentir como el bautismo de un recién nacido.

Estaba claro lo que hacía allí: huir de las multitudes del domingo. Olvidarlo todo. Hacerse el muerto.

Y la gaviota, la gavina, decían en algunos sitios, ¿cómo conseguiría  ese vuelo?

Parecía, de repente, quieta, suspendida en el aire, como si estuviera prendida de unos hilos…

Una gaviota, o la marioneta de una gaviota, eso se le antojaba.

El resto de la bandada se había convertido ya en un dibujo que moteaba el horizonte.  Los característicos chillidos todavía   resonaban en el aire.

La que lo miraba no parecía una gaviota muda. Si es acaso cabía encontrar semejante accidente, tal rareza en aquellas volátiles de especie más noble que las vulgares palomas.

El ave seguía allá arriba y temió un escupitajo o un excremento, pero, por el momento, no hubo ningún gesto de ataque.

Voló en círculo sobre él como si estuviera trazando los límites de un confinamiento ilusorio.

¿Se había cansado de él?

– Si te dijera lo que me pasa, no me entenderías-dijo en voz alta y le entró un buche salado en la boca.

Sólo a él podía ocurrírsele algo tan tonto como ponerse a conversar con un bicho que se alimenta de pescado y no tiene más ocupación ni oficio que surcar los cielos y los mares.

Cerró los ojos y siguió dejándose arrastrar blandamente.

Desde la orilla, el hormigueo de gente era apenas un bramido inmóvil.

Le llegaba una mezcla confusa de voces y, si se esforzaba en mirar la franja de arena, veía aquel mercado multicolor de sombrillas.

Debajo de una de ellas, Pura estaría ya atacando la ensaladilla rusa o bebiéndose a morro una Dorada.

-Extiéndeme el bronceador por la espalda-le dijo, antes de que él se levantara, perezoso, de la esterilla verde que le cosquilleaba las nalgas.

Fue obediente y le aplicó la crema solar por aquella piel ya dura como de elefante, curtida de soles y veranos antiguos. Y lo hizo sin la suavidad de antaño, de aquella forma mecánica que era su vida juntos.

-Juan, no tardes-pidió ella y después añadió algo que ahora se le antoja absurdo.

– Si ves al vendedor de helados, mándamelo.

Lejos, muy lejos de la orilla, se suele estar solo. No hay chiquillos que chapoteen, ni esbeltas jovencitas de las que se bañan en pareja, ni vendedores de helados, ni mirones, ni tarzanes, faltos de imaginación, que aprovechan un baño para pedirles a las chicas agraciadas que le cuiden la ropa.

La vida, pensó, es una enorme playa en donde todos vamos y venimos. Buscamos un hueco lo más amplio posible para nuestra toalla y pensamos que un día de sol va a ser un don eterno.

La vida no es una playa, rectificó. La vida es una tontería-

-Este año tenemos que ir a Italia- había dicho su mujer el sábado.

-¿Qué se te ha perdido en Italia?-respondió él.

-Todas mis amigas han estado en Roma y en Florencia y en Venecia-se quejó Pura.

Sus compañeros de oficina también viajaban a Italia a los fiordos noruegos y a Turquía y al sur de Alemania. Pero a él lo que le gustaba era esto. La playa y los domingos. Meterse en el agua y flotar con los brazos en cruz. El sol picajoso que le hacía caricias leves.

Con los brazos en cruz sintió el primer escalofrío. Abrió los ojos y se dijo que ya era hora de volver.

En la orilla estaría Pura haciéndose visera con las manos y diciendo lo de siempre.

-¿Cuándo piensa volver este majadero? ¿Por qué tiene que irse tan lejos?

-Ya voy, Pura, ya voy-dijo en voz alta y estaba a punto de respirar resignado cuando la gaviota  le volvió a salir al encuentro.

Creyó ver un pico rosado y un par de ojillos como alfileres. Graznó o chilló o se quejó levemente y extendió las alas como si le copiase. Como si intentase ser ella también una figura blanda, igual que un muñeco hinchable que en el agua se deja mecer mimosamente. Una figura con forma humana.

Empezó a nadar en dirección a la playa y el viento y las corrientes lo mantuvieron estancados en aquel círculo mágico que hacia apenas un rato la gaviota le había trazado.

-Te prometo que te llevaré a Italia-dijo como si bastara un anuncio tan simple para conmover al cielo.

Era un buen nadador y la cuestión era mantener la calma.

-Pura, no pierdas los nervios- le pedía siempre a su mujer, tan dada ella a zarandearse y sofocarse por asuntillos de cuñados, de te dije, me dijiste; por el recuerdo de viejas rencillas y de herencias.

Siguió nadando y ya le parecía la orilla más próxima y más estruendosa la algarabía de voces y de ruidos.

Miró hacia las sombrillas y hacia los cuerpos que se movían de un lado a otro y casi escuchaba ya la cantinela del vendedor de polos, helados, ais crim. No he perdido condiciones, pensó un momento antes de darse cuenta de que seguía en el mismo lugar, en el centro del círculo maldito.

La gaviota parecía vigilarlo. Inmóvil pero dispuesta a picotearle la cabeza de pelo abundante y todavía oscuro.

-Jodido bicho-imprecó y, como cuando recibía un bofetón de su madre por una mala palabra, sintió un súbito calambre.

Comenzaba a sentirme entumecido, pero el sol le daba fuerzas y, después de todo, la orilla no estaba tan lejos.

Algo pasajero, pensó y evito mirar al cielo y a la impertérrita que ahora era como una centinela incómoda.

La larga brazada le había hecho avanzar un cierto trecho cuando un dolor agudo le recorrió la espina dorsal y la cintura. Miró alrededor. Ninguna barquilla, Ninguna zodiac de la Cruz Roja. Ningún otro nadador imprudente. Levantó los brazos. A veces ocurre. Alguien mira como al descuido hacia el mar y descubre un gesto, un signo de socorro, una alerta, una súplica.

A lo mejor Pura y su mano derecha, a modo de visera. A lo mejor- se dice- ya esta caminando hacia el puesto de vigilancia o llamando – atacada de los nervios- la atención de otros bañistas.

-Hace media hora. Estaba comiendo ensaladilla y caí en la cuenta, Juan lleva media hora en el agua. O a lo mejor, se ha quedado dormida; el gusto amargo de la Dorada en la lengua que trabuca palabras. La culpa es siempre del calor y la cerveza.

La vida- se repite- no es una playa llena o vacía. Es nadar.

Nadar hacia donde mueren las olas y se multiplican las sombrillas.

O hacia adentro. Hacia ninguna parte- se teme.

Al país de las gaviotas que nunca viajan a Italia.

Dolores Campos-Herrero.

“Veranos mortales”:  libro publicado por la editorial Baile del Sol.

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