“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

En la boca del pez dorado (Relato)

Se había impuesto como disciplina (¿o acaso cabía entender aquello como una penitencia?) recorrer, cada día, dos veces la playa. De extremo a extremo, sin trucos ni trampas. Desde la Puntilla hasta el Auditorio. Los pies ensalitrados, notando la dureza de la arena mojada.

En los días desapacibles apenas se cruzaba con nadie. Un joven luchador. Un jubilado, embutido en un chándal azul marino. Un ama de casa, convencida de las virtudes de la vida saludable. Un juez, cuyo rostro veía, a veces, en los informativos de televisión.

Todos ellos formaban ya una especie de curiosa hermandad.

Se saludaban. Era un “buenos días” o una sonrisa o un simple movimiento de cabeza.

Cuando vio aquello en la orilla, se preguntó qué demontres sería. Después de todo ya no era tan joven y aquella noche, como casi todas las anteriores, había dormido poco.

Se había acostado tarde, fascinada por los relámpagos que abrían en canal el oscuro cielo. Después llegaba el trueno y atendía devotamente al chapoteo de la lluvia. El inusual espectáculo de la tormenta la mantuvo insomne.

Se acostó tarde y se despertó a la hora acostumbrada, a las seis y media. Pero dio media vuelta en la cama y cerró de nuevo los ojos.

A las ocho de la mañana adivinó que el día estaría nublado y su pereza le dijo que se quedara un ratito más entre las sábanas.

Si no hizo caso a la voz fue porque en ese momento el teléfono comenzó a sonar.

Ya no le asustaban las llamadas intempestivas, porque, al fin y al cabo, estaba sola pero tampoco esperaba que detrás de cualquiera de ellas se escondieran las agradables sorpresas que a veces nos traen los días

Puso los pies en el suelo, obligada por el sentido del deber que todavía le quedaba.

Cuando llegó al salón, el objeto chillón se había quedado mudo.

A lo mejor era del trabajo, la temida inspección médica.

Nunca había sido deshonesta en ningún aspecto de su vida, pero sabía que se había comportado teatralmente en la última visita a su centro de salud.

Al médico de la Seguridad Social le resultó sincera cuando le explicó que no dormía, no comía, tenía un nudo constante en el estómago y ganas de llorar y tirarse a la marea.

A lo mejor era que su sentido del deber no le dejaba admitir que aquello era una crisis. No sabía lo que tenía ahora, pero se decía que, fuera lo que fuese, tendría que llamarse síndrome del caracol…

Caminaba por la orilla del mar todas las mañanas pero, después, corría a casa y se encerraba, temerosa de que el mundo viniera a buscarla, a zarandearla, a ponerle la vida patas arriba.

No era demasiado joven ni demasiado feliz.

También esto tenía que pasarle a ella.

Vio aquel bulto que el vaivén de las olas alejaba y acercaba constantemente. Y primero, pensó en un bebé de esos que dramáticamente aparecen una noche en un contenedor de basuras. Después, conforme se fue acercando, le pareció un traje de baño amarillo de los que pierden algunos domingueros jugándoselas con las olas.

Un trozo de tela, lastrada de sebas, aguavivas y alquitrán. Precisamente junto al hueco de las huellas que sus pies iba dejando en la arena, estaban también las bolitas negras, el piche, de los barcos de mercancías y pasajeros.

Cuando se acercó, vio que aquello era algo vivo que boqueaba. Un enorme pez dorado que la miraba con ojos melancólicos. Un pez del tamaño de su antebrazo que se comportaba como una ballena varada.

O como un perro fiel herido que te mira y te pide cosas misteriosas sin que sepas comprenderlo muy bien.

Era raro mirar aquellos minúsculos dientes afilados. La boca en forma de o. Una vocal de agonía. Un último suspiro que iluminaba su resbaladizo cuerpo de oro.

El pez la miró como pidiéndole compasión.

Y ella, que al principio, sintió cierta repugnancia, no pudo evitar, más tarde, pasar los dedos por su alargado cuerpo escamoso.

A lo mejor venía a ajustar cuentas del pasado con ella, aunque no se parecía a ninguno de aquellos habitantes de charcos, (cabosos se llamaban) que capturaba, de niña, con un balde de color rojo y un palito.

El cubo de playa se quedaba después debajo de la escalera que daba a la calle hasta que el fétido olor de la descomposición le recordaba su trivial tarde de pesca.

No le hubiera extrañado que el pez hubiera hablado. Eso era lo que solían hacer en todos los cuentos. Pero el pez amarillo, el pez color arena, estilizado como una joya de orfebre, daba coletazos. Intentaba desengancharse de un anzuelo que no existía.

La mujer miró a su alrededor y no había nadie.

No estaba el juez para levantar acta, ni el joven luchador, ni el ama de casa con su cuerpo redondo de aceituna.

Estaba sola cuando metió los dedos en aquel círculo inquietante de la boca del pez.

Fue su dedo índice y no el anular el que consiguió el milagro.

Encajó perfectamente en el viejo anillo que tiró al mar cuando tenía 15 años. Su padre, el mejor nadador de la ciudad, acababa de casarse de nuevo.

“Siempre estaré a tu lado”, le había prometido. Sin embargo, seis meses más tarde le había fallado.

Le gustaba la vida, el riesgo, la velocidad. Estaba, por tanto, casi predestinado a morir tempranamente y en accidente de tráfico.

Ella arrojó sus cenizas al mar. Lo hizo justo enfrente de la peña de los perros y todavía no sabe muy por qué.

Era una leyenda del deporte y su necrológica salió en todos los diarios. Qué extraña su expresión en aquella fotografía que publicaron. Una foto de juventud, el padre joven, rubio y guapo como un príncipe nórdico.

Las noticias entonces contaron que fue precisa la intervención de los bomberos para liberar su cuerpo, aprisionado entre los amasijos de hierro de lo que le parece que había sido la brillante carrocería de un Ferrari…

¿O iba, tal vez, en un deportivo de otra marca, fabricado en Bremen o en Odense, o en cualquier otra ciudad maravillosa?

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