“Cuando dos caminos se separan… toma aquel que se dirija a la playa”. Hannah McKinnon

Ambiente agradable

La invención de la playa

Ponerse un bañador o un bikini, coger una toalla y tumbarse en la arena de la playa es una de las formas más comunes de disfrutar de la naturaleza y del aire libre. Es una costumbre saludable. Una forma de ocio aconsejable cuando se dispone de un poco de tiempo libre.

Pero esa imagen que cualquier día del año es tan frecuente en Las Canteras, la de una multitud tostándose al sol o dándose baños de mar, es enteramente moderna.

Dicen que la playa la inventaron los ingleses; que también, por cierto, inventaron el fútbol, el tenis y algunos otros deportes.

Naturalmente es una tontería decir “la playa se debe a esta o aquella otra nación” porque a nadie se le escapa que esos terrenos llanos con suelo de arena a la orilla del mar son hermosos accidentes geográfico. Lo que los ingleses consiguieron fue poner de moda los balnearios y los baños de mar; es decir la prehistoria de lo que, a partir de los sesenta del pasado siglo, sería el paraíso del turismo de masas.

Las playas durante siglos fueron lugares solitarios. Allí donde iba a morir el océano. Un lugar considerado enigmático por la antigüedad clásica. Descifrar los misterios del mar era una forma de descubrir las claves del universo y del mundo. El mar era también una fuente de dolor para los sabios. En el siglo diecisiete se repetirá, sin que nadie llegue a creérselo del todo, que Aristóteles se había suicidado por no haber sabido resolver la compleja cuestión de las corrientes de un estrecho, el Euripo, situado entre las antiguas Eubea y Beocia.

Los viajes que emprenden Eneas o Ulises no vienen marcados por la atracción del mar, que, en realidad, se percibe como un elemento de la naturaleza temible. La navegación es casi un desafío a la divinidad. Un rito iniciático. Una superación de pruebas. Porque es el anhelo de dominar las riberas lo que simbólicamente les incita a embarcarse.

“En la época antigua, las riberas alimentan el sueño fundador prescrito por los dioses o focalizan la esperanza del regreso”, explica el ensayista francés Alain Corbin.

Las riberas, las orillas y la inmensidad del mar poseerán, hasta bien entrado el siglo diecisiete, un claro carácter demoníaco.

Son lugares infectos, focos de temibles enfermedades, espacios habitados por las fuerzas del Mal.

Es por eso que los mareantes dedicarán no pocos esfuerzos a poner de su parte a esas energías desconocidas.

Los marinos portugueses y españoles del siglo XVI sumergen reliquias en las olas. Están convencidos de que la tempestad no puede apaciguarse por sí sola y que es precisa la intervención de la Virgen o de San Nicolás. “Imponente resulta a este respecto la figura de Cristo aplacando las olas del lago Tiberiades y reprochando a sus aterrorizados apóstoles la fragilidad de su fe”, explica Alain Corbain.

El mar es vida pero, también, reflejo de la muerte. La visión del océano que se tiene hasta el siglo diecisiete, convive con otra muy distinta, la que se deriva de los viajes misioneros de San Pablo facilitando la difusión de la fe.

No podemos olvidar la idea generalizada, y presente en el imaginario colectivo, de que el mar es un abismo insondable, un territorio inexplorado y temible, pero tampoco que la expansión de Grecia y Roma se debió buena parte al poderío de sus flotas. La navegación y los conocimientos en esta materia no se detienen.

Un hito, a la hora de historiar el cambio de mentalidad que nos lleva desde el temor a las simas abisales hasta la invención de la playa, lo encontramos en uno de los más significativos emperadores romanos.

Tiberio se construye su villa de descanso en la bahía de Capri, frente al Mediterráneo y mirar el horizonte marino se le antoja una fuente de placer.

Pero la batalla no está ganada sino todo lo contrario. Las invasiones normandas y sarracenas en Europa, el itinerario de la Peste Negra, y las fechorías de los piratas, unidas a las de los contrabandistas y bandidos de las playas, “marcan con nefasta impronta la imagen del litoral, hasta que las grandes guerras marítimas del siglo XVII acaben erizando las costas del Canal de la Mancha con un doble cinturón de piedra. Para el viajero del siglo XVIII, la apreciación de una ribera, rada o puerto pasa primero por la medida de sus defensas”, nos recuerda el ya mencionado Corbain.

Antes de que el siglo de las luces reconsidere los prejuicios de sus antecesores y analice la totalidad de las cosas, a la luz de la lógica, comienza a producirse un vuelco que dará paso a una nueva manera de mirar el mar.

Entre 1660 y 1665, los estudios de oceanografía realizados en Inglaterra echan por tierra muchos prejuicios y mitos. En el mar no habita Leviatán ni los monstruos que los bestiarios medievales recogían. Los misterios del océano dejan de serlo.

Surge, además, la llamada teología natural. Se trata de un movimiento que abanderó el escritor francés Bernandin de Saint Pierre. Este autor que alaba las bellezas de la naturaleza y de las riberas como extensión de la bondad de Dios.

De improviso, además, se pone de moda entre la clase acomodada europea la costumbre de viajar a Nápoles para admirar su bahía. Una admiración nueva que se extiende a otros países como Holanda, una nación que todos consideran bendecida por Dios. Los holandeses han tenido la audacia de ganar terrenos al mar y han decidido no vivir de espaldas a su costa.

Un siglo más tarde, en el diecinueve, la emoción que el mar suscita en los poetas románticos será una baza importante para redefinir la relación del hombre con la naturaleza marina.

Esta emoción coincide en el tiempo con la teoría médica entonces en alza que celebra los beneficiosos efectos del mar sobre la salud de los jóvenes.

Pero el gran salto se dará con las riadas de bañistas hacia el litoral que comienza alrededor de 1750. Lo último en materia de ocio y descanso serán los balnearios, que desde Inglaterra, Alemania y Holanda se extenderán por toda Europa.

Las playas de Brighton, Scarborough o Eastbourne, en Inglaterra, se convierten en el ideal de lugar de vacaciones de las familias acomodadas. Cuando en 1831, se construye el primer ferrocarril en Reino Unido, la población puede desplazarse de un lado a otro con facilidad, sin tener que depender de tediosas jornadas de diligencia u otros medios lentos de transporte. Gracias al nuevo medio de locomoción no serán solo las clases altas urbanas las que pueden disfrutar de la playa.

Sin estos primeros bañistas no existiría hoy la potente industria turística que se mueve en torno al sol y la playa.

Otro hito importante en cuanto a lo que denominamos la invención de la playa, lo tenemos en los multitudinarios flujos turísticos desde el Norte de Europa a las playas meridionales, a la costa de Francia, Italia o España. Una corriente que comienza en los años sesenta del siglo veinte.

La moda y la playa han tenido en los últimos sesenta años una relación estrecha. Cuando en la década de los 50 se inventa el “dos piezas” se le pone el nombre de un atolón del Pacífico sobre el que en 1946 se habían realizado pruebas nucleares. El bikini, lo sabía su creador, iba a ser otra bomba.

La invención de la playa también ha alterado el concepto de belleza moderna. La tez blanca pasó de moda y los cuerpos rotundos han dejado paso a las estilizadas figuras a las que favorecen los trajes de baño o el mono bikini. Pero esa, la del canon estético y sus cambios, es ya, desde luego, otra historia….

Dolores Campos-Herrero fue poeta, narradora y articulista. Entre sus libros publicados se encuentran “Otros domingos” de la editorial Baile del Sol y “Fieras y ángeles, un bestiario doméstico” del Centro de la Cultura Popular Canaria

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