Ayer y hoy del Parque Santa Catalina por José Ferrera Jiménez

En mis recuerdos juveniles del barrio de Santa Catalina, no podía faltar la evocadora estampa del Parque Santa Catalina, céntrico y cosmopolita lugar de nuestra capital, y sobre todo antesala y escaparate del Puerto de la Luz. Tras su reciente reforma su estampa ha recobrado una modernidad y belleza con sus terrazas.

Desde que inicié mis primeros años de bachillerato en el Colegio Sarmiento en la esquina de General Vives y Nicolás Estévanez (bajo la dirección de los profesores don Marcos Jorge y don Francisco Vega Araña), el Parque fue siempre punto de reunión de los que estudiábamos en dicho centro docente. Eran los años finales de la década de los treinta y primeros de los cuarenta.

Siempre recuerdo las terrazas de los populares bares, Niceto (posteriormente Casablanca y Biarritz), La Peña, Central, Guanche, Bar América (antes Central); luego seguía la Peluquería La Única, un estanco cuyo nombre no recuerdo y la terraza del Bar Di Napoli donde posteriormente» se abrieron as oficinas del Banco Hispano Americano antes de pasar a su moderno edificio de la calle Nicolás Estévanez, dando fachada también a la de Franchy Roca.

El Parque Santa Catalina era el ágora de las tertulias de la gente porteña y de cuanto visitante de otras islas llegaban a bordo de los «correillos» de la Compañía de Vapores , Interinsulares Canarios, después de Trasmediterránea. Por allí se veían a los primeros turistas ingleses, los «chonis» de los «Yowas» (Yeoward) que atracaban en el Muelle Santa Catalina, los cuales venían a pasar sus vacaciones de invierno en los hoteles Metropole, Santa Catalina y Atlántico de Ciudad Jardín, en el “The Towers” de la playa de Las Canteras llamado primero “Fargers” (hoy Comandancia Militar de Marina) y los modestos hoteles Central y El Rayo.

En efecto lector, lo que hoy constituye el cosmopolita centro turístico de la capital de Gran Canaria se libró de ser un masificado conjunto de cal y cemento gracias a las casas inglesas del contorno al proporcionarnos las mismas el agradable recreo visual de sus jardines. Las compañías británicas, como el inglés en sí, siempre procuraron rodearse de espaciosos lugares cultivados, si fuera posible.

Cuando se instalaron las primeras compañías en aquellas inmediaciones, los alrededores eran inhóspitos, desolados, desagradables. Los terrenos pertenecían al doctor Apolinario. Al contribuir económicamente las casas carboneras a la fundación del Asilo de San José, el médico, sabiendo el anhelo de los británicos por hermosear los contornos de sus negocios y en reciprocidad a sus generosas aportaciones-porque aparte del inicial donativo siguieron las firmas suministrando gratuitamente el carbón que precisaba el hospital, les regaló los solares colindantes al sector mercantil de los británicos, “sólo con la única condición que en ellos se levantaran zonas ajardinadas”. Revocaría don Bartolomé su ofrecimiento si su donación se aprovechaba para la instalación de cualquier tipo de negocio. Como era lógico, se respetó la voluntad del altruista galeno. Legados oficialmente a la Junta de Obras del Puerto, la institución los transfirió posteriormente al Ayuntamiento de Las Palmas para que el recinto pudiese ser declarado Parque Municipal y contará con el mantenimiento preciso. Las casas inglesas aportaron gran parte de la ornamentación floral, trayendo de África y trasplantando de sus fincas del interior las palmeras, los laureles de indias y otros diversos ejemplares. Fue también lugar de los conciertos de la Banda Municipal de Las Palmas dirigidos por el maestro don Agustín Hernández y el clásico lugar de paseo de la juventud porteña. Luego, al construirse la Avenida de Las Canteras en 1940, el clásico Paseo de Santa Catalina casi desapareció, y en los años de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial volvió a recuperarse como lugar de tertulia. Allá por los años finales de la década de los treinta, se establecieron los primeros carrillos en el pasillo de la calle Ripoche, entre la farmacia de don Bartolomé Apolinario y la tabaquería de Juan Márquez. Recuerdo que el pionero fue Miguelito, al que siguieron sus hijos y nietos, los “Grosso” y el de Pepito, el de las novelas.

El Parque Santa Catalina, junto con los bares El Rayo, de los Padrón Villarreal y Los Tilos, de la familia herreña hermanos Hernández Gutiérrez, los cines Pabellón Santa Catalina e Ideal Cinema constituían el núcleo animado de este sector porteño. Recuerdo los últimos Carnavales del año 1936 que se celebraron en el Ideal Cinema y en el Teatro Hermanos Millares del Puerto.

Otras vivencias y recuerdos del Parque Santa Catalina fueron sus personajes populares, cuya protagonista principal fue Lolita Pluma “Gilda”, que vivía permanentemente en el Parque vendiendo chucherías, y alimentando a sus gatos.

Con la llegada del “boom” turístico, las terrazas del Parque Santa Catalina volvieron a ser lugares animados, sobre todo en las terrazas de los bares Biarritz, Guanche, Derby y Rio.

Otro rincón que fue adquiriendo inusitada animación fue junto a la Dulcería Alemana, donde se celebraban los campeonatos de ajedrez, dominó y otros juegos lúdicos. Hoy, estos se han ubicado en el parque Fataga junto a la Casa del Turismo. Mucho se podría escribir del Parque Santa Catalina, y debemos citar al escritor grancanario Orlando Hernández, que hace ya muchos años escribió una novela titulada «Catalina Park», donde nos describió con su peculiar y personal estilo este lugar y sus alrededores, como la calle Ripoche.

Estas líneas sirvan de evocación nostálgica de lo que fue remanso de paz y lugar de encuentro obligado en otros tiempos de nativos y foráneos, en contraste con su degradación actual.

Esperamos con optimismo, que las futuras obras de remodelación del Parque Santa Catalina, le vuelvan a recuperar su animado y cosmopolita ambiente internacional.

Capítulo perteneciente al libro de José Ferrera Jiménez titulado » Gran Canaria, puente entre civilizaciones»

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