“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

El regalo del mar (Cuento).

A Pacuco Bello

Llegó el verano, inundando la playa de chiquillos que asustaban a las gaviotas con sus juegos y alegría.

Fiel a su cita de todos los años, acudió el grupo de primos y amigos, dispuestos a pasárselo en grande. Todos menos Federico, que había tenido la “polio” y andaba con muletas.

Los niños tenían un amigo en la playa: Antonio, el viejo pescador que les contaba historias. Su mujer también las contaba; pero no de naufragios ni de sucedidos maravillosos. Ella hablaba del mar: conocía las mareas, el viento, la vida y costumbres de cada ser que latiera por allí. A los niños les gustaba mucho escucharla, mientras se asombraban (inesperadamente asustados, sin saber por qué), con las tonalidades de sus ojos verdes, que parecían llenos de mar y de misterios.

Por su parte, los mayores hacían comentarios acerca de la mujer de Antonio, no muy agraciada pero con unos ojos extraordinarios.

A causa de su impedimento, Federico permanecía solo la mayor parte del tiempo, sentado en la arena, mientras los otros chicos nadaban o se iban a explorar las peñas.

Aquella tarde, Federico estaba especialmente deprimido; rumiaba sus penas, viéndose solo e inmóvil durante días, meses enteros… Total, una eternidad.

Antonio, el pescador, vino a sentarse a su lado.

-¿Te gusta e1 chocolate bien espeso?

Claro que a Federico le gustaba el chocolate bien espeso.

Pues vamos a mi casa-, dijo Antonio

Vivía en una choza frente al mar, al otro lado del lugar conocido como La Puntilla. Y allá se fueron los dos, pasito a pasito. Después de merendar, Federico esperaba oír alguna historia de la mujer de Antonio, del mar y sus habitantes. Pero fue ésta una distinta de las que solía contar.

“Hace muchos años vivía en este lugar la viuda de un pescador con sus dos hijos, Manuel y Carmen. Un día, la madre conoció a un marinero con nombre de vikingo, que huía de los fríos mares del Norte. Y por allí encontró sol y familia, casándose con la viuda. Fue un buen padre para Manuel y Carmen, y vivían felices. Al año siguiente la familia aumento con otro niño, que los lleno de alegría. El pequeño Gunnar era el retrato de su padre: blanco y rubio como un dios nórdico. Y pronto se hicieron inevitables los comentarios de amigos y vecinos: comparados con Gunnar, Manuel y Carmen, de piel muy morena, eran “renegríos” y “feúchos”.

Crecían los tres hermanos, y el gran deseo de Carmen era tener los o,1os como los de Gunnan verdes y azules, azules y verdes como el mar en movimiento. Quería mucho a su hermano pequeño, pero se había convertido en una niña solitaria siempre a su sombra convencida de su fealdad.

Con el tiempo, Manuel y Gunnar dejaron la casa familiar y se marcharon en busca de mejores oportunidades. Los padres murieron y Carmen se quedo sola en la choza, entregada a su gran pasión: el mar.

-¿Por que no te casas. Carmen?-, era la frase cotidiana de los vecinos.

-Todavía eres joven, y puedes pensar en tener tu propia familia-, añadían otros.

Pero ella permanecía en su choza, observando el mar y todo lo que contenía.

Con el tiempo, los ojos de Carmen empezaron a cambiar de color; tanto miraba al mar que el mar la miro a ella, reflejando en sus ojos sus tonalidades. Así le agradecía el viejo mar el amor y devoción que siempre le había demostrado”.

La mujer de Antonio callo, y Federico que la escuchaba en silencio, pensaba en la historia. Por fin pregunto:

-¿Y que paso con Carmen? ¿Se caso?

-SÍ, sí se casó-, respondió ella, mirando a Antonio con sus ojos verdes, que de pura alegría se llenaron de chispitas doradas, como los rayos del sol en el mar.

Aquella noche, en su casa, Federico pregunto a su madre si sabía como se llamaba la mujer de Antonio, el pescador.

-Pues no me acuerdo, la verdad….Roberto-, dijo llamando al padre-, ¿sabes como se llama la mujer de Antonio, el de la playa?

-Carmen, me parece…-, contesto el padre-. SÍ, se llama Carmen.

-¡Claro!…, pensó Federico. Y su soledad interior se vio inundada por una chispeante ola verdiazul que lo lleno de compañía.

Y le dejo un remoto sabor a chocolate.…..

Este cuento forma parte de la colección “Cuentos a la orilla del mar”. Inscrito en el registro de la Propiedad Intelectual de Las Palmas de Gran Canaria

Remitido.

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