“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

La calle del río Zambeze (Cuento)

Era un mastín de aspecto fiero. Algunas mañanas despejadas lo veías tumbado en la puerta de una vieja casa de la calle Galileo; él se quedaba adormilado bajo el sol más tibio, mientras yo iba desganado hacia la parada de la guagua.

Adiós, Paquito, adiós- decía mamá, con un gesto repetido, desde el balcón de casa. Yo dejaba atrás la playa y repetía varias veces el nombre de Caimán. El nombre que inventé para el perro flaco

Lo había bautizado con el nombre de Caimán, porque aunque era un animal cansado, se veía que había sido un guardián temible.

Por la mañana, lo veías con los ojos cerrados como si estuviera soñando con el paraíso de los perros. Pero no necesitaba mucho para abandonar su sopor; de repente con un salto descomunal se abalanzaba sobre la verja y me ladraba.

Nos ladraba a todos los que teníamos caminábamos por la acera que bordeaba la casa. Daba igual quien fueras. Colegial, caco o cobrador de la luz. El venía en una galopada furibunda a lanzar sus airados ladridos y tanto le daba si andaba por allí en ese momento un pacífico paseante, una anciana frágil o una niñita delicada.

Te aullaba igual que si fueras el más negro bandido.

Yo le llamaba Caimán porque cuando enseñaba los dientes uno tenía la impresión de estar asomándose a las terribles fauces del más terrible de los reptiles: el cocodrilo gigante del río Zambeze.

-Cállate Caimán – le ordenaba cuando se ponía como un loco, únicamente porque yo pasaba por delante de aquel zaguán.

– Que te calles te digo – le repetía, pero, la verdad es que jamás conseguía que se calmara.

Nunca me hizo caso, el muy perro.

No sé que nombre le darían los dueños que vivían en aquella casa terrera, cerca de la playa. Ni si premiaban realmente tanta fidelidad. A mí, más de una vez, me hizo gritar de puro susto.

Es más, hubo una ocasión en la que del sobresalto estuve a punto de caerme de la acera. Caerme al asfalto mismo, a la vía estrecha por donde pasaban los automóviles para enfilar deprisa la calle Portugal.

– Te la habrías ganado Caimán – le amenacé.

Lo peor era cuando se juntaba mucha gente para atravesar al mismo tiempo aquel espacio tan vigilado.

Caimán parecía loco de atar y siempre había alguna pandilla que le hacía cuchufletas y le gritaba de tal forma que yo pensaba que, el día menos pensado, atravesaría con sus colmillos la garganta de alguno.

Después de haber saltado, claro está, como si tal cosa, por encima de la verja alta.

– Ay qué perro tan tonto – decía con un deje meloso un hombre negro que paseaba con las manos en los bolsillos.

Andaba erguido como un emperador y fumaba uno de esos cigarrillos que tienen el color de los puros.

Recuerdo que una vez Caimán le puso tan furioso que le tiró una colilla. El perro se quedó un momento en suspenso para después volver, con más furia, a repetir su amenaza.

Pensé que al sabueso esa vez sí que le daba un ataque porque yo nunca lo había visto tan frenético.

Otro día escuché que un repartidor de leche, que había estado en Bandama, había vuelto a perder la razón por culpa del perrazo.

Harto de oírlo sin parar, una mañana sacó una pistola y se puso a dar voces. La pistola era de fogueo pero el lechero tuvo que volver al sanatorio de sus desdichas. Mientras tanto, Caimán siguió ladrando como si tal cosa.

Casi me parto de la risa la vez que pasaba un tipo con pinta de estar en una secta. Alargó el índice hacia el morro de Caimán como queriéndolo hipnotizar. Es verdad que dejó de ladrar por un momento pero yo creo que de puro desprecio.

– Caimán, menuda bestia- me decía yo para mis adentros…

En clase siempre estaba despistado, Paquito que si esto y que si lo otro, me decía la seño.

Y yo lo único que quería era que me dejara en paz y que se callara un rato para tratar de imaginarme por qué aquel perro estaba tan empeñado en que nadie entrara en la casa.

– Paquito estás siempre en las musarañas -decía la profe. Y los energúmenos de mis compañeros se reían y algunos enseñaban las muelas cariadas y los granitos de la cara se les ponían afrutados, y todo de la misma risa.

-Cómetelos, Caimán -pedía yo para mis adentros.

Y, después, me quedaba muy tranquilo; feliz.

Más tarde, no sé qué día (esa mañana también me imaginé al mastín dando buena cuenta de los animales de mi clase) pasé por delante de la casa y nadie me ladró.

Qué raro, dije. Volví a pasar. Parecía un borracho porque andaba y desandaba lo andado. Iba de un lado a otro de la verja y no escuchaba nada. Como si estuviera mareado.

Me puse de malaleche. Y, al cabo del rato, el malhumor se me volvió tristeza. Me entretuve por el paseo, miré el reflejo del sol en los charcones y remoloneé por donde los helados de la Peña.

Después, llegué a casa tarde y mohíno. ¿Qué te pasa?, preguntó mi hermana. Y a ti ¿qué mierda te importa? -le grité.

Comí sin apetito y, cuando estaba sentado en el sofá aguantando el rollo de la tele, me dio por mirar el periódico.

– Jorge Javier, ¿qué cuentan esta semanas las revistas del corazón?, decía en la tele una presentadora petardo.

Miré a la presentadora con cara de desprecio pero, claro, ella ni se enteró

Mi madre y mis hermanas se bebían todas sus palabras con sonrisas de obispo o de cardenal en los labios.

Por aburrimiento cogí el periódico y entonces comencé a leer lo de Caimán.

Que sus dueños llevaban un año, muertos.

Había una fotografía del chalet y un rollo escrito en el que se decía que la policía había tenido dificultades para sacar los cuerpos de la casa.

Por culpa -escribía el estúpido periodista de aquel día – de un animal rabioso que tuvo que ser sacrificado.

-Lo siento Caimán, lo siento-dije con esa cara de hombre duro que ponen en la series de Ley y orden. La cara que ensayo tantas mañanas. Además de poner cara del chico de la película, creo que también lloré.

Y que juré no pasar nunca más por delante de aquella verja.

Dolores Campos-Herrero es escritora y periodista. Autora de libros como Siete Lunas, Otros domingos o Fieras y ángeles, un bestiario doméstico.

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