“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Mi abuelita de Barlovento. (Cuento).

A veces, el aire nos trae el perfume de lo mágico en medio de la ruina en que vivimos… Así me sentía yo una tarde de octubre, tras un mediodía sofocante, cuando bajé a mis hijas a la Playa de las Canteras, buscando un poco de frescor a la orilla del mar. Aquel día, la gente se agolpaba en las toallas, los ruidos de los niños se entremezclaban con las músicas de radiocasete y un olor insoportable de bronceadores iba penetrando en mi interior hasta que decidí cerrar mis ojos -al borde de la locura- y soñar con algo más genuino que pudiera conectarme con otros sentidos. Lo intenté, pero me era imposible entrar por las puertas de mi paraíso perdido, imposible. Creo recordar que aquella tarde, cualquier acceso estaba cortado, hasta las ventanas y las rendijas más abiertas del castillo estaban sitiadas y un mundo de bestias parecía golpear en mi piel más que nunca. Ante mí misma, el puente cerrado, y el combate esperándome allí fuera. Me arañaban y no había escapatoria.

A lo lejos vi a mi hija María bañándose con Ámbar. Parecían dos sirenas en medio del océano, coqueteando con las olas al ritmo de una danza infantil, jugando al escondite por encima de la espuma de un mar ya enamorado y vencido a sus encantos. Cuerpos de adolescentes anunciaban su belleza de mujer mientras él se dejaba rascar la espalda y lo besaban. Montaban como jinetes intrépidos las olas de su nuca rizada y él no decía nada, ¿qué podía hacer? Untaron de aceite de zanahoria su cuerpo y sus crines hasta el atardecer, era un espectáculo, todo un juego taurino de roces… y sin rechistar. A esa edad, sólo un mar dulce y tierno puede comprender el juego amoroso que desde niñas sentimos en nuestro interior, ardiente como una pequeña llama que nos despierta a la pasión por la vida. Es el mar el que palpita en todo corazón, y las madres no hemos olvidado este sentimiento, nos acerca más a nuestras hijas en sus primeros pasos, nos dirige a las pendientes más profundas del delirio y del placer… Hay que entenderlo para seguir.

Discurrían así mis cábalas y remolinos cuando vi acercarse entre las gentes de la orilla a una anciana de pelo blanco con reflejos dorados, un pelo increíblemente hermoso. En medio de un bullicio de ruidos y colores, aquella mujer que después pasaría a ser mi abuelita de Barlovento, caminaba en silencio, saludando a todas las personas que iba encontrando a su paso. Era evidente que era especial. Tan especial que su blanca desnudez en simple braga y sujetador me resultaba deliciosamente natural y bella.

Tengo la certeza de que cuando se pide algo con fuerza, algo sucede en nosotros -o a través de nosotros- que envuelve la atmósfera de un halo de luz, facilitando la llegada de lo inesperado a las tierras de asfalto en las que vivimos. Llegan los cambios, y eso es bueno, aunque lleguen mezclados con cizaña. Y eso mismo sentí al ver cómo se acercaba la anciana de mis sueños, como el hada del cuento, como una maga buena salida del Bosque de Brocéliande, que nos traía noticias de otros mundos con su brisa. Espacios intangibles que parecen estar fuera de nuestro alcance, mundos de fantasía antes sólo reservados a los poetas y a los músicos, afloran, están. Son para todos. Mi viejita traía semillas de bondad en sus manos de arena, iba sembrando por aquí y por allá, derramaba ternura en los cubos de los niños, regalaba antídotos para la nostalgia en las cestas del muro de los parados, auroras en los pozos profundos, chistes para jóvenes y ancianos en su desamor, colocaba pañuelos blancos de paz y esperanza en las sombrillas que ondeaban al viento como banderas de libertad… La sentí llegar como un viento caliente que iba traspasando las barreras cerradas de mis sentidos, tocaba una fuente de agua que fluía en mi interior. Alguien había llamado a mi puerta. Yo no abrí. ¿Y quién le abrió? ¿Y tú quién eres? Quiero saber. Yo no lo sabía. Era ella. No sé quién eres, pero yo no te suelto hasta que me hayas bendecido, pensé.

Entender esta situación desde los estratos de mi razón académica me resultaba imposible, pero entonces sucedió lo mágico, lo inesperado, en un instante, único. Una realidad hermosamente desordenada iba más allá de la lógica de mi pensamiento. La anciana se paró frente a mí y me miró con una mirada larga y distendida, dulce como un cálido abrazo que me conmovió de los pies a la cabeza: aquella mujer era mi madre, mi hermana, mi amama. De pronto, fui la niña y la abuela que me crió, fui los años felices de mi tierra natal, fui yo, la de siempre, y, sin dudarlo, le lancé una mirada tan profunda que irradió mi luz más bella. Al llegarle mi rayo, ella, como un imán, se sentó a mi lado. Yo tenía la sensación de que era un precioso regalo. Ondas que ascendieron al cielo como un aroma de incienso y tocaron los blancos pies de una madre que siempre escucha y atiende a sus hijos. Mientras tanto, ahí fuera, todos seguían gritando, ausentes, nadie podía adivinar el milagro.

Empezamos a hablar como antiguas conocidas, con esa franqueza que se adquiere con el paso de los años cuando sabes que no tienes nada que ocultar porque ya todo está dicho. El que no tenga miserias que lo aparten al limbo. Además, ¿qué podía yo ocultar a una mujer tan venerable? En realidad, tenía el aspecto de una hechicera, una maestra de cualquier civilización antigua, celta, inca, india… Pero su sabiduría no estaba tanto en sus palabras –la más pura sencillez canaria- como en sus silencios, en el tono amoroso de su voz, en la caricia de sus gestos. Toda ella era un abrazo que me acunaba cada vez más y me iba llevando al fondo de mí misma, por encima de los fosos, atravesando los muros del castillo donde gritaba, cautiva, la niña preciosa que un día decidí encerrar para no sufrir más la incomprensión de los hombres.

Empezamos a hablar de su tierra, La Palma, y del pueblecito donde se crió frente al mar, Barlovento. Aquel nombre me traía resonancias del mar, de un lugar lejano donde el fuego se unió con el agua para crear una isla misteriosa al borde del océano. El pueblecito de su infancia se me apareció de repente como una nave surcando el océano con sus velas tendidas al viento, gobernada por gentes de rostro sincero y valiente, y ella, allí, en medio, como el ave que guiaba el rumbo. El viento la había traído hasta aquí para enseñarme que la sabiduría había bajado a la playa y se refugiaba en lo sencillo, en las manos arrugadas de una mujer buena que se llamaba Bernarda. Cuentos de hadas, cuentos de hadas… Han pasado muchos años, pero en varias ocasiones mis hijas me han preguntado si las hadas existen. No lo sé, sólo puedo decirles que he creído ver algunas en los momentos más intuitivos de mi vida. También fueron los más duros. Pero no las busquen, sólo espérenlas. Entonces, llegarán.

Teresa Iturriaga Osa

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