“Hombre libre, siempre querrás al mar”. Charles Baudelaire

Un istmo para el siglo XXI por Eduardo Martínez de la Fe

Yo me crié en la Playa de las Canteras, en los tiempos en que el turismo era escaso e inglés. Mi primera novia fue una inglesita de 7 años que se llamaba Vanessa. Eran tiempos diferentes en los que primaba la naturaleza sobre la economía.

Mi padre, que en paz descanse, recordaba a Unamuno paseándose por la orilla de la playa, cabizbajo y meditabundo. Nadie le entendía, pero el genio y figura hasta la sepultura simbolizaba lo que Canarias representaba entonces: un lugar apartado y al que enviar a los incómodos a morir en paz. Un lugar al que Pérez Galdós ya había detestado señalando esta singular especialización de las islas.

Durante todo el siglo XX, el istmo de las Canteras sufrió profundas transformaciones, algunas desafortunadas. El aspecto que tenía a finales de los noventa desvelaba una playa integrada en la globalización, con la economía dominando sobre los demás intereses. Este cambio ha tenido un impacto urbanístico, ecológico y humano brutal, pero no es el peor de todos, si lo comparamos con otros espacios turísticos del globo, ya irrecuperables.

Como resultado de esta globalización, las Canteras se ha llenado de turistas de muchos países diferentes, y también de inmigrantes rebosantes de vida e iniciativa. También ha conocido episodios culturales universales y, sobre todo, se ha consagrado como espacio de encuentro en el que los ciudadanos de Las Palmas buscan alivio a la presión urbanística.

Este descubrimiento de Las Canteras como espacio de encuentro ciudadano es importante porque hasta mediados del siglo XX Las Palmas vivía de espaldas al mar. El disfrute de la playa era practicado entonces sólo por muy pocas familias porque la cultura playera estaba restringida a la zona de La Isleta, particularmente en función de su actividad pesquera, y no se generalizó sino gracias al turismo a partir de los años sesenta.

Ahora ha comenzado otro siglo, que anuncia cambios profundos a los que Canarias, y muy especialmente el istmo de Las Canteras, no podrá escapar. Como tendencias recurrentes de los próximos 50 años se aprecia por un lado una duda razonable sobre la continuidad del actual modelo turístico, derivada de la evolución de la actividad y de los mercados asociados a esta industria.

Por otro lado, es previsible un incremento de la presión demográfica derivado de la inmigración incontrolada (que opta preferentemente por Canarias en vez de por el Estrecho de Gibraltar) y de la concentración urbana, lo que afectará aún más a la distribución de los espacios.

Por último, y para mí lo más preocupante, es más que probable un incremento del nivel del mar, si bien las estimaciones sobre su magnitud varían en el seno de la comunidad científica. El aumento del nivel del mar se deriva del cambio climático global, aunque durante mis estancias en las islas no observo que esta hipótesis esté siendo considerada adecuadamente a nivel político.

Lo que debemos esperar al respecto es que el mar inunde paulatinamente espacios naturales, como la playa de las Canteras, y determinadas zonas urbanas costeras de las diferentes islas, a lo largo del presente siglo. Los cambios, geográficos y de otro tipo, que originarán estos procesos inevitables, serán contundentes.

Escenarios de complejidad

Las diferentes propuestas que se han formulado para optimizar el istmo de las Canteras no puedo separarlas de estos previsibles escenarios de evolución. En general me parecen buenas ideas, que se corresponden con los diferentes modelos que se derivan de la globalización, pero la tecnología ya aporta soluciones que pueden configurar un futuro más acorde con las probabilidades de un cambio en el modelo turístico, en la arquitectura demográfica y en las superficies costeras disponibles. Doy por supuesto que Grimshaw, Pelli, Ferrater, Berkel, entre otros muchos colaboradores posibles de Canarias, conocen estas tecnologías que pueden ser aplicadas a entornos como el de Las Canteras.

Una de las grandes aportaciones de la ciencia del siglo XX es la complejidad. Aplicada a los posibles modelos de Las Canteras, significa que es preciso integrar diferentes perspectivas en el diseño de los futuros posibles. Las arquitectónicas son fundamentales, pero hay que considerar también las económicas (de qué va a vivir la gente que usa la playa), las demográficas (quiénes serán los playeros de los próximos cincuenta años) y qué playas podrán sobrevivir al cambio climático. Hay metodologías que permiten diseñar posibles escenarios de evolución que sirvan a la adopción de las mejores opciones en el presente.

Sé que es difícil pensar a tan largo plazo, pero es nuestro deber intentarlo para cumplir con las generaciones que ya nos acompañan (aunque todavía estén en la primera infancia) e incluso con las que están a la espera de compartir con nosotros la experiencia humana.

Cuando yo era niño y margullaba en torno a la Peña del Pastel o la del Pico (hoy prácticamente desparecida) daba por supuesto que disfrutaba de un entorno propio (aunque compartido) e inmutable. Creo que nuestros hijos y nietos están creciendo también con esa suposición y debemos hacer lo posible para no defraudarles, ya conservando los entornos naturales, ya preparando adecuadamente los cambios que vendrán.

Para mí, estos cambios no son una fatalidad, sino una oportunidad para aumentar nuestra capacidad de adaptación, ya acreditada históricamente. Recordemos por ejemplo la agricultura, para la que ingeniamos terrazas de cultivo sobre picón, destilación de tarosada a través de techos planos e inclinados, cultivo de vides protegidos del viento. Estamos en otra época, pero somos el mismo pueblo. Por eso estoy convencido de que entre todos superaremos los desafíos de los cambios que se avecinan y que Las Canteras será siempre el emblema de la ciudad.—

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